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| 12/8/2007 12:00:00 AM

Lucho, antes y después

El Alcalde de Bogotá se acerca al final de su mandato. Ya no es el sindicalista rumbero y combativo de su juventud. Ahora le apunta a la Presidencia de la República.

El primero de enero, cuando deje de ser alcalde, Luis Eduardo Garzón empezará a sentir lo que ningún dirigente colombiano de izquierda ha sentido en la historia: la satisfacción de haber gobernado la capital del país.

Aún no sabe qué implicará ello para su futuro político, pero sí es consciente de lo que significó para él mismo la experiencia de gobernar. Porque ese hombre 'izquierdoso', humilde y común, desconfiado y resentido, que enfrentó las circunstancias de tiempo y lugar que la vida le puso por delante, que ganó las elecciones de la capital del país y que asumió como alcalde de una ciudad de ocho millones de personas, nunca volverá a ser el mismo.

Poco a poco, Lucho se convirtió en un político pragmático con sentido de autoridad, que exige resultados y que sabe comunicar con efectividad sus mensajes al público. Hoy, ya investido como presidenciable, empieza una nueva batalla ideológica dentro de su partido, el Polo Democrático. Quiere darse la pela por una izquierda que ya puso, con su paso por el gobierno capitalino, la primera piedra para crear una opción real de poder para los años que vienen.

Este proceso que recorrió Garzón, para algunos es una virtud, y para otros, una traición. Muchos amigos de antes dejaron de serlo y muchos de sus antiguos enemigos son sus amigos. Quienes le temían, ahora lo quieren, y quienes lo querían, hoy no son correspondidos. Se alejó de un sector de la izquierda y se acercó a otro de la derecha. Desechó prejuicios viejos y dejó entrar nuevos. Hoy es más coqueto que crítico con el establecimiento porque de sindicalista, se convirtió en estadista.

Hoy se habla del Lucho de antes de la alcaldía y del Lucho de después. Lo ven así todos los que lo han rodeado. Desde los empresarios que negociaban con él año tras año el salario mínimo, hasta los amigos de la USO que cuando tenía 24 años, lo vieron entrar al sindicato.

El cambio

En una entrevista suya publicada antes de posesionarse en la Alcaldía de Bogotá, Lucho afirmaba que su vida era parecida a la del gato Garfield. "Me gusta dormir y comer", decía orgulloso.

Pero el 24 de abril de 2004, cuando una máquina recicladora de cemento cayó sobre un bus escolar y mató a 21 niños del Colegio Agustiniano, el Garfield que había en Lucho desapareció. Además de la tragedia, a Lucho le cayó encima la sombra de la destitución. La ciudad reclamaba responsables por el hecho y resultaba fácil imaginar que la novatada del Alcalde no le permitiría reaccionar. Pero se puso al frente de la tragedia y logró sobreaguar la crisis. Después se encerró a llorar por tres días. Cuando volvió, era otro.

Lucho exageraba al compararse con el gato buenavida de las caricaturas. Desde niño se levanta a las 4 de la mañana y hace años que tiene por costumbre leer tres o cuatro horas al día. Y cuando supo a las malas que las sacudidas de esta ciudad eran descomunales, el reto de gobernarla, y de hacerlo bien, se le metió en los poros.

Para entonces, Lucho ya había recorrido el camino de dos campañas, una fallida, la presidencial, y otra exitosa, la de la alcaldía, en la que perfiló su talante de líder político. Y el proceso de formación del Frente Social y Político y luego del Polo Democrático Alternativo lo habían entrenado para responder la pregunta inevitable: ¿Qué hace un partido cuando llega al poder?

Contaba con 800.000 votantes a los que les había prometido hacer un gobierno social. Bogotá, que deslumbraba por los avances en el urbanismo, era para Lucho una bomba a punto de estallar. Así lo había detectado en la campaña y así lo comprobó cuando se dedicó de tiempo completo a estudiar la capital. Hablar de lo social era un lugar común en el discurso de la izquierda, pero con la alcaldía a la vista, la teoría se debía convertir en realidad. Luego de tres meses de estudiar profundamente la capital, recibió las llaves del Palacio Liévano. "Mijo, ya habló mucho, ahora le toca ponerse a trabajar", le dijo doña Eloísa, su madre y la protagonista de su vida.

"Todos aquí son sus enemigos", advertían a Garzón y a su equipo las voces que replicaban el sentir de los funcionarios del Distrito. La sombra de Enrique Peñalosa, la cara opuesta del Lucho recién llegado, se sentía en todos los despachos. Y por lo tanto, no eran pocos sus copartidarios que, empujados por la euforia, le recomendaban despedir a todo el que no fuera de izquierda. Pero Garzón entendió que la ciudad tenía que funcionar, así que no hubo despidos masivos ni ideológicos.

La transformación comenzó a verse por la vía más ligera. Su resistencia a usar corbata convirtió sus apariciones en público en una referencia obligada sobre su modo de vestir. Con su buzo de cuello tortuga fue aceptado en los clubes y pronto se hizo visible su esfuerzo por perder peso. Hoy, tiene casi 20 kilos menos, no come harinas, hace ejercicio y es un experto en dietas y calorías.

Para Lucho fue todo un descubrimiento reconocer como Alcalde la ciudad que había recorrido tanto como bohemio conocedor de la noche y de la rumba. Volvió al barrio Galán, a Kennedy, caminó por donde andaba de niño y empezó a convertirse en una máquina política que preguntaba por cada cosa de esa capital que ahora sentía más propia que antes. Adquirió la conciencia de que la responsabilidad de gobernar no tiene horarios, y concretó una disciplina personal que hoy lo tiene lejos de la parranda, del trago y de los trasnochos.

En lo que no ha cambiado es en su mal carácter, quizá su mayor defecto. Tiene por costumbre terminar amistades sin dar explicaciones y borrar instantáneamente de su celular el número de un amigo al que no le interesa volver a llamar. De los 'compañeros' de antes, el único sobreviviente es Enrique Borda, su secretario general y quien le ha resistido iras e histerias. Lucho no pide perdón y es rencoroso y sus maneras no siempre resultan amables, se hace el de la vista gorda cuando sabe que se le va la mano, y hace parecer insignificante el traspié. Su personalidad ha sido difícil de interpretar para sus amigos en la izquierda, donde el trato personal es la camaradería eterna. Unos opinaron que el poder se le subió a la cabeza, y otros, que simplemente Lucho aprendió a mandar y a priorizar.

De hecho, durante décadas enteras le dio más importancia al debate ideológico que a la resolución de los problemas. En la CUT un tema podía durar 10 años sin resolverse sin que nada pasara. Pero en una ciudad que va a mil por hora sin descanso, aplazar una decisión es la antesala del caos. Garzón se propuso obtener resultados y eso le enseñó la importancia del trabajo ejecutivo. Por ahí derecho se reconcilió con los yuppies y con los que antes descalificaba como tecnócratas.

A los primeros consejos de seguridad del Ejército se negó a asistir. Los mensajes que llegaban desafiantes de los altos mandos indicaban que no podían estar bajo las órdenes de un comunista. La paranoia alimentada por los prejuicios de lado y lado era el pan de cada día. Lucho sentía que más que cuidarlo, sus escoltas lo espiaban, que sus teléfonos estaban intervenidos, incluso temía la muerte.

Por eso, invadido por los temores de ser estigmatizado como parte de un eje revolucionario que partía de La Habana, pasaba por Caracas y aterrizaba en Bogotá, cometió errores políticos. El primero se presentó cuando negó haberse reunido con el presidente de Cuba, Fidel Castro, quien lo recibió en La Habana como invitado especial antes de la posesión. Y sólo aceptó a un medio de comunicación anticastrista de Miami que había visto accidentalmente al viejo líder y que estaba "decrépito".

Para su partido, ese mensaje resultó difícil de tragar, y en Cuba aún no se lo perdonan. La coherencia de Lucho con los ideales de la izquierda se convirtió en un motivo de debate constante. No cabía en la cabeza de muchos, y aún no cabe, que hubiera nombrado a Juan Manuel Ospina, un conservador de pura cepa, nieto del presidente Pedro Nel Ospina, en un cargo como la Secretaría de Gobierno, el más importante en la política del Distrito. Para los militantes, ese puesto debía corresponder a un miembro de su partido, pero no se daban cuenta de que quien lo nombró fue el Lucho pragmático, el mismo que reconocía el factor de poder que es la Cámara de Comercio de Bogotá.

Esto lleva a la pregunta sobre si Lucho dejó de ser un hombre de izquierda. Algunos de sus colaboradores piensan que sigue siéndolo, sólo que reemplazó el pensamiento 'contra', por el 'pro' necesario para gobernar. Lucho hoy cree que con el Estado que existe es posible construir equidad social. Para él, la revolución quedó atrás, y llegó la reforma.

A mediados de este año, el comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, soltó una frase que dejó fríos a sus contertulios. Comentó que el mejor sucesor de Álvaro Uribe podría ser Luis Eduardo Garzón. Para entonces se comentaba que Lucho tenía buenas relaciones con el Presidente y se reunía con él en la Casa de Nariño.

Aunque no es verdad que hoy Lucho sea uribista, una de las buenas prácticas que aprendió en el gobierno fue convivir con el Presidente. Tanto, que su relación con el uribismo empezó mal y termina de maravilla. Siempre entendió cuál era su lugar y cuál el de su vecino, a pesar de estar metido de narices en temas nacionales como el apoyo al acuerdo humanitario. Su campaña abierta y pública sobre ese tema tuvo como cierre estelar la invitación que le hizo al profesor Gustavo Moncayo, el caminante padre de un soldado secuestrado, a acampar como huésped de la Plaza de Bolívar.

Lucho Hoy

Esta semana Luis Eduardo Garzón se roba el show de la política nacional. Lanza su segundo libro, en el que cuenta su vida, pero esta vez, contrario al primero que apenas se conoce, la primera edición será de 50.000 ejemplares.

Mucho más refinado, ahora se viste con buenas marcas. Y acaba de anunciar que se casa con Ángela Giraldo y que se irá de luna de miel a Argentina. Ella es una joven y bonita mujer, hermana de uno de los diputados asesinados y conocida por trabajar desde Cali en la liberación de los secuestrados de las Farc.

Con las decenas de invitaciones que ha recibido a eventos internacionales donde Bogotá ha tenido algún reconocimiento, hoy es mucho más cosmopolita. Y ya está acostumbrado a cenar en múltiples ocasiones en las casas de los ricos empresarios que jamás se hubieran sentado a manteles con un sindicalista que, para empeorar las cosas, fue comunista.

Sale tranquilo de la alcaldía. Las encuestas lo ubican como uno de los personajes con mejor reconocimiento por la opinión pública desde 2004 hasta hoy y, como remate de su administración, entrega el gobierno a un sucesor de su mismo partido que llega a la alcaldía con una votación récord en la historia.

Con su nueva vida a cuestas, Lucho mira a un futuro presidencial que ha sido esquivo para los últimos alcaldes de Bogotá. El debate que empieza esta semana con su libro de entrevistas a Julio Sánchez Cristo resume su nuevo objetivo: reconquistar su partido y provocar una reingeniería que lo modernice para ponerlo en condiciones de ganar las elecciones de 2010.

Sólo una vez un dirigente de izquierda había sido alcalde de Bogotá. Fue Diego Montaña Cuéllar, quien reemplazó interinamente a Jorge Eliécer Gaitán. Y fueron tan radicales los decretos que alcanzó a expedir, que lo sacaron a los tres días. Lucho terminó su período y aunque pudo haber hecho más, estos cuatro años significarán, quizá, el inicio de una nueva democracia. Una en la que todos quepan. Incluidos los hijos de las empleadas del servicio.
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