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| 12/7/2002 12:00:00 AM

Luz roja a ventas ambulantes

Para contrarrestar la invasión a semáforos y andenes la Alcaldía quiere sacar de las calles a los informales. ¿Está en peligro la recuperación del espacio público?

Los semaforos de las principales avenidas de Bogotá se han convertido en centros comerciales informales donde se pueden adquirir desde un paquete de cigarrillos hasta las tarjetas prepago de telefonía móvil. Mientras los vendedores ambulantes siguen su propagación por los cruces de la ciudad el Concejo Distrital aprobó en primer debate una serie de medidas de control a esa actividad. ¿Tendrán algún efecto para frenar este fenómeno creciente?

El espacio público ha sido uno de los caballitos de batalla de las últimas tres administraciones de Bogotá. Al lado de temas como la cultura ciudadana o el transporte masivo, la recuperación de andenes, avenidas y alamedas no sólo ha tenido una presencia constante en la agenda de los alcaldes sino también promovió la creación en 1999 de una entidad especializada: la Defensoría del Espacio Público. Según datos de esta última, entre los años 2000 y 2002 se han recuperado más de 1,2 millones de metros cuadrados tanto por acción del Distrito como por decisión voluntaria de la ciudadanía. Además, el despeje de casetas, carros y ventas ambulantes ha revitalizado zonas enteras de la ciudad. Un ejemplo para resaltar es el centro, donde se redujeron en un 42 por ciento los delitos contra el patrimonio económico.

Las ventanas rotas

Para las autoridades la recuperación del espacio público obedece a la teoría de la 'ventana rota'. Según esa metáfora el deterioro comienza cuando una ventana rota en un edificio produce el destrozo de otras más y así hasta la pérdida de un barrio entero. Es lo mismo que está sucediendo con los vendedores informales en los semáforos.

Ante esta situación la administración Mockus introdujo en el proyecto del Código de Tránsito un articulado para combatir esta modalidad de invasión. La intención de la Alcaldía era la prohibición de las ventas ambulantes en los semáforos, andenes y separadores mediante drásticos castigos como el decomiso total de las mercancías.

Sin embargo un nuevo factor ha complicado el panorama: la entrada de redes que distribuyen productos de empresas reconocidas de los medios de comunicación, la telefonía y los alimentos. Uniformados y organizados los vendedores informales ampliaron de la mano de estas redes la gama de productos que ofrecen en el espacio público. Para la Alcaldía prohibir terminantemente las ventas en los semáforos implica golpear estas exitosas redes de distribución que le reportan ganancias a las empresas, los intermediarios y los propios vendedores.

Derecho al trabajo versus espacio publico

Ni los concejales tenían en claro su posición frente a una problemática tan compleja. Por un lado, la administración Mockus no da su brazo a torcer en la política de recuperación del espacio mientras que, por el otro, la aprobación de unas medidas drásticas contra unos vendedores ambulantes detrás del rebusque podrían ser demasiado impopulares. Para muchos capitalinos la persecución a los vendedores vulnera su legítimo derecho al trabajo ya que el Estado no es capaz de garantizarles uno. Otros afirman que "es mejor que vendan en un semáforo a que roben o asalten". Es indudablemente, un drama social en potencia.

Es innegable que la venta en los semáforos y andenes es el modo de subsistencia de miles de desempleados y desplazados que sin esa actividad caerían en un desamparo absoluto. Pero se ha reportado en varias ocasiones la existencia de 'mafias' de intermediarios que controlan las calles de zonas enteras de la ciudad y deciden quién y qué se vende.

Los opositores a las ventas ambulantes hablan de una "privatización" del espacio público, es decir, que particulares aprovechan las calles para hacer negocio. "Es más rentable vender en el espacio público que desde la formalidad. Hay que evitar la competencia desleal", afirma el concejal David Luna. De otra parte, los partidarios de estas ventas destacan la generación de empleo de las redes de distribución y que el uso de uniformes dignifica su trabajo. No es un dilema fácil de resolver ya que se enfrentan el derecho al trabajo contra la recuperación del espacio público.

Una cifra considerable

Otro aspecto para tener en cuenta en este debate es la cantidad de personas que viven de la actividad informal. Según el Dane, para junio del 2000 un 57 por ciento de la población bogotana era considerada informal. Además se calcula que unas 100.000 personas están vinculadas directamente al comercio informal.

Ante tal volumen de afectados los esfuerzos de la administración distrital, por más intensos que sean, parecen paños de agua tibia. El Fondo de Ventas Populares, ente encargado de las ventas ambulantes, ha invertido desde 1998 más de 30.000 millones de pesos y atendido a unas 23.000 personas. Maneja programas de reubicación en centros comerciales, líneas de crédito, capacitación y asesorías para que los vendedores que se acojan formalicen su actividad comercial.

No obstante, para muchos informales la calle sigue siendo más atractiva que la formalidad en una caseta popular . El Fondo ha invertido 16.000 millones de pesos en construir 25 proyectos comerciales y otros seis están en trámite. A pesar de esto, de las 3.825 soluciones sólo el 66 por ciento está efectivamente ocupado por los ambulantes. Es difícil para una persona acostumbrada a la calle el tránsito a una economía formal y la reubicación, según las directivas del Fondo.

Aunque el Distrito ha destinado recursos para los proyectos comerciales, es una verdad de a puño que no alcanzan para solucionar el problema. El Concejo aprobó en primer debate unas medidas contra las ventas que sancionan a las empresas y castigan la reincidencia con el decomiso irrevocable. Sin embargo ya algunas empresas han recibido mensajes de concejales que piden plata a cambio de tumbar esos artículos. El debate en la plenaria no está aún ganado para los partidarios de castigar la informalidad. Ante las limitaciones del Fondo de Ventas Populares queda la duda de si se debe estimular aún más el camino a la informalidad que quizá solucione el rebusque de hoy pero puede convertir el espacio público de la ciudad en un inmenso y caótico mercado persa.
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