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| 11/19/1990 12:00:00 AM

Mal negocio

Estudio de Miguel Urrutia sostiene que económicamente el narcotráfico no representa nada para Colombia.

Colombia ha sido mostrada como una isla en medio de la crisis económica que ha golpeado a sus vecinos en las dos últimas décadas Para explicar ese fenómeno, han hecho carrera dos hipótesis que el manejo de las autoridades es el más ortodoxo de la región, y que la bonanza ha sido impulsada por el auge del narcotráfico, que coincide con ese mismo período de tiempo. Precisamente esta segunda teoría se ha convertido en algo así como un mito, especialmente por los analistas extranjeros. Pero nada puede estar más alejado de la verdad.
Al menos eso es lo que asegura uno de los más serios y connotados estudiosos de la economía nacional, Miguel Urrutia. Tras un minucioso análisis de los diversos sectores del devenir económico, concluye que el narcotráfico ha sido muy perjudicial y advierte que "por esa razón el gobierno no puede abandonar la lucha contra ese negocio". Mucha tinta ha corrido sobre el tema. Hay quienes aseguran que mil millones de dólares e incluso más ingresan anualmente a Colombia como producto del narcotráfico. A pesar de gruesos estudios académicos y de cifras cruzadas por una y otra parte, nunca ha podido precisarse con contundencia cuál ha sido la injerencia de la droga en la economía nacional. Uno de los estudiosos técnicos de la Cámara Colombiana de la Construcción, Camacol, Fabio Giraldo Isaza, aseguró a principios de 1990 que "la narcoeconomía ayudó en el pasado a mejorar la situación en la balanza de pagos, la posición de las reservas internacionales, el ritmo de crecimiento económico, el nivel de empleo; y ayudó a aplazar las medidastendientes a reformar la actividad política y a mejorar la distribución del ingreso". Para él, el proceso de crecimiento económico no puede verse con total independencia de los dólares del narcotráfico ya que si éstos no hubieran estado presentes, el desarrollo capitalista alcanzado desde 1975 sería otro. Hace sólo dos meses la prestigiosa revista inglesa The Economist sostuvo que el narcotráfico le ayudó a Colombia a obtener tasas de crecimiento económico relativamente buenas.
Sin embargo, Miguel Urrutia sostiene algo diametralmente opuesto. Y no es la primera vez que lanza su teoría. Hace un año presentó una primera versión del asunto ante el Wilson Center en Washington D C, en donde su tesis fue recibida con escepticismo por los expertos extranjeros que estudian los asuntos colombianos en Estados Unidos. Recientemente lo hizo ante el Institute of the Americas en San Diego, California, y la tesis comenzó a tener gran eco entre los asistentes. Para Urrutia el cambio de actitud tiene que ver con los acontecimientos ocurridos en el país después de un año de guerra contra el narcotráfico desatada a raíz del asesinato de Luis Carlos Galán.
Esos sucesos, un enfrentamiento con varios cientos de muertos, carros bomba, secuestros, muerte y captura de cabecillas de la actividad ilegal, demostraron tres cosas: en primer lugar, que la lucha contra el narcotráfico no llevó a una recesión económica ni a una reducción notable en los ingresos de cambio exterior. En segundo lugar, que ningún grupo de la sociedad colombiana se declaró, al menos abiertamente, contra la guerra y que el triunfo electoral correspondió al candidato que mostró la posición más fuerte contra el tráfico de drogas. En tercer lugar, ningún grupo económico pidió detener el combate para impedir traumatismos en la economía. Asi las cosas, concluye que los beneficios del negocio ilegal son más negativos que positivos. Incluso su impacto impide en muchas ocasiones el buen manejo de la política económica por parte de las autoridades nacionales.
Urrutia advierte que sólo una pequeña proporción de los dineros del narcotráfico entra en Colombia en forma de divisas, porque las grandes porciones del ponqué se quedan en el exterior en depósitos a término, cuentas corrientes o finca raíz. Las pocas utilidades que ingresan a Colombia lo hacen de tres formas como transacciones de cambio exterior a través del sistema bancario, como importación de billetes de dólar, o como contrabando (el cual se compra con el dólar del narcotráfico en el exterior y se vende localmente en pesos). Esta última actividad es la que más les genera pesos a los "narcos" en Colombia.
Pero el contrabando acaba con la industria nacional con la cual compite en pie de clara desigualdad y disminuye la demanda interna por bienes industriales. A estas alturas, como el ingreso de dólares no llega a engrosar las reservas internacionales del país, con las divisas ilegales no puede pagarse la deuda ex terna, ni pagarse la importación de materias primas, bienes intermedios o bienes de capital del sector productivo. En últimas ni siquiera el llamado "mercado negro" de dólares es bueno para el país. Una de las formas primordiales en que entran esas divisas a Colombia es a través de las subfacturación de importaciones. Sin embargo, el gobierno no puede tolerar esa actividad porque se disminuyen sus ingresos tributarios (lo que más le duele al Ministerio de Hacienda) y se genera una competencia desleal a los productos nacionales (lo que disgusta en grado sumo al Ministerio de Desarrollo).
Urrutia demuestra también que el mito de la "ventanilla siniestra" quedó revaluado hace ya un tiempo, porque en verdad por allí ingresan muchos dineros provenientes del turismo y de trabajadores y estudiantes en el exterior (unos 500 mil en EE.UU. y Venezuela) y no como se ha especulado de dólares del narcotráfico. Analizando esas variables puede verse cómo la única forma de canalizar las divisas es a través del mercado paralelo y de allí los dineros van aparar a actividades agropecuarias y de construcción que han vivido la bonanza, en detrimento de la industria. ¿Por qué? Porque según Urrutia las divisas del narcotráfico fluyen a Colombia cuando el país no las necesita, y dejan de fluir o se van cuando se avecina un problema cambiario (como el de 1983). Por lo tanto los industriales no pueden disponer de dólares para financiar sus importaciones o inversiones.
Para completar, la coca no puede ser una industria para todos los colombianos. Como se ha demostrado, sólo beneficia a unos pocos, que ni siquiera pagan impuestos. En cambio perjudica a otros sectores de la industria. En el ejemplo más claro, al de las flores, debido a las demoras de requisa en las aduanas y a los altos costos de seguridad. Y el efecto más negativo lo produce sobre la inversión. La incertidumbre, las bombas, los muertos, los secuestros y la violencia en general impiden que alguien tome la decisión de poner a funcionar una industria. Y al final de cuentas, además de que el narcotráfico logró desestabilizar la estructura jurídica, social, política e ideológica de Colombia, además de que creó toda una cultura de la violencia, también logró vulnerar en forma grave muchos aspectos de la economía.
Por eso para Urrutia no hay duda: "un análisis serio de los costos y beneficios del narcotráfico para Colombia, necesariamente lleva a la conclusión de que el país no puede darse el lujo de tolerar esa actividad. El gobierno tendrá que continuar la lucha contra el tráfico de estupefacientes hasta cuando se resuelva que es más rentable surtir la dernanda de Estados Unidos y Europa desde un país en que los beneficios del narcotráfico sean mayores". Puede que no todos estén de acuerdo con Urrutia, pero los hechos parecen estar dándole la razón.
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