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| 4/18/2004 12:00:00 AM

¿Mala suerte?

Más que fruto de la fatalidad, los errores militares ocurridos en las últimas semanas demuestran que pueden estar faltando reglas claras del combate y un mejor entrenamiento de las tropas.

El Ejército ha tenido este mes una mala racha. En las últimas semanas ha sido protagonista de tres errores que han dejado como saldo a 19 personas muertas -10 militares y nueve civiles-, un número de víctimas tres veces mayor al que se registró en todo el año pasado por este tipo de episodios.

El primero de estos incidentes ocurrió en Guaitarilla, Nariño, el 29 de marzo, cuando una patrulla del Batallón Boyacá disparó contra quienes creía eran delincuentes. Pero los muertos resultaron ser siete agentes del Gaula de la Policía y cuatro civiles. Este caso, lleno de verdades a medias, se ha convertido en un rompecabezas para el gobierno, que encima ahora tendrá que investigar dos nuevos y trágicos episodios.

El sábado 10 de abril en la noche un grupo de soldados del Batallón Pijaos le disparó a una joven familia que bajaba por una carretera rural del municipio de Cajamarca, en el Tolima. De las cinco personas que murieron, tres eran menores de edad, uno de ellos, un bebé de apenas 6 meses.

Los soldados dicen que dispararon convencidos de que se trataba de guerrilleros de las Farc, pues la misma guerrilla les había prohibido el tránsito a los civiles por esa carretera en la noche. De inmediato el Ejército salió a reconocer su error y a explicar los múltiples factores que crearon confusión en la tropa: el clima, la presión de las Farc y la inminencia del combate.

El presidente Álvaro Uribe viajó hasta la zona para presentarles condolencias a los familiares y enterarse de primera mano sobre lo ocurrido. No había terminado de explicarle al país que se había tratado de un accidente cuando en Puerto Gaitán, Meta, tres soldados del Batallón Serviez caían bajo las balas de sus propios compañeros por un error de comunicación.

Aunque los mandos militares dicen que el episodio de Cajamarca fue un hecho fortuito, en el de Puerto Gaitán ya fueron destituidos tres oficiales que resultaron responsables de un falla letal: no reportarles su ubicación al resto de los militares que estaban en el operativo.

Aunque cada caso tiene sus propias explicaciones y amerita investigaciones separadas, tantos errores en tan poco tiempo no pueden atribuirse a la fatalidad.

Mucha adrenalina

Durante el último año las operaciones militares de las Fuerzas Armadas se han incrementado al punto que han marcado un quiebre en la tendencia de la guerra. Un reciente estudio realizado por Michael Spagat y Jorge Restrepo, para el Royal Holloway College de la Universidad de Londres, sostiene que hoy hay más operaciones militares que en los últimos 15 años. De ahí que crezcan las posibilidades de cometer errores. Es decir que no se están cometiendo más fallas, sino que estas se hacen más visibles por el ritmo con el que se está combatiendo.

Un segundo factor que puede estar incidiendo en las equivocaciones de la tropa tiene que ver con el entrenamiento. El Ejército pasó de 170.000 a 200.000 efectivos en el último año, y los combates se han incrementado en 20 por ciento. "Ante la cantidad de misiones, tal vez no está quedando tiempo para el reentrenamiento de la tropa", observa el general en retiro Manuel José Bonnet.

Cada soldado debe ser reentrenado cada tres meses. Eso le permite actualizarse y manejar el estrés inherente a la guerra pues en muchas situaciones, como una emboscada, es el soldado quien finalmente toma la decisión de disparar. Es claro que en el caso de Cajamarca los nervios pesaron más que el análisis objetivo de la situación. Cuando el primer soldado disparó, los demás hicieron lo mismo, convencidos de que estaban siendo atacados.

Algo similar ocurrió en Puerto Gaitán, donde un grupo de soldados llegó hasta una casa donde debían estar las Farc y al encontrarla vacía, se sentaron a descansar en ella. Se relajaron tanto, que se les olvidó comunicarle a la otra patrulla que habían llegado al sitio sin novedad. Por eso el segundo grupo de soldados, al ver hombres uniformados en el sitio, abrió fuego.

Aunque la oficina de instrucción del Ejército dice que está cumpliendo con la metas fijadas en materia de instrucción, varios militares consultados coincidieron en que la debilidad del entrenamiento -y del reentrenamiento- salta a la vista.

Un tercer factor, el más importante, es que al Ejército colombiano le faltan reglas para enfrentar el combate. Aunque existen unas normas generales, los soldados deben tener mayor claridad en cada operación acerca de cuándo disparar, sobre qué objetivo y con qué intensidad. Esto es lo que los norteamericanos llaman "rules of engagement" o "reglas de enfrentamiento" y aunque los asesores de ese país les han insistido a las Fuerzas Armadas colombianas en la necesidad de implementar estas reglas, fuentes del gobierno reconocen que los esfuerzos en ese sentido no son suficientes.

Estas reglas de combate se diseñan tomando en cuenta el derecho internacional, pero también de acuerdo con la geografía, idiosincrasia de la población y el objetivo de la misión.

"En el Ejército de Estados Unidos cada operativo tiene sus reglas. En Irak los soldados pueden dispararle al enemigo -un fedayín- aun sin ser atacados. Pero en Haití sólo se podía atacar en defensa propia o para defender a la población civil. Entonces abrir o no fuego depende de cada misión", le explicó a SEMANA un miembro del comando sur de Estados Unidos. Aunque estas reglas no evitan ciento por ciento los errores, sí los disminuyen y permiten aprender de ellos.

Maestra vida

Que las fallas son una buena escuela lo sabe la Fuerza Aérea de Colombia después del incidente de Santo Domingo. Aunque la FAC no reconoce todavía su responsabilidad en la muerte de 17 civiles en un bombardeo realizado en Arauca en 1998, este episodio se ha convertido en un caso emblemático que cambió las prácticas de esta fuerza.

Según la oficina de Derechos Humanos de la FAC, desde hace cuatro años se creó el Centro de Comando y Control que justamente se encarga de las reglas de enfrentamiento. Ahora las decisiones operativas no las toma el piloto -afectado por la emoción y adrenalina del combate- sino que cada operación es minuciosamente preparada y se actúa con un guión tan preciso como si se tratara de una obra de teatro en la que cada cual tiene su repertorio. Uno de los resultados de este cambio es que han disminuido sustancialmente los daños sobre la población civil.

El otro caso emblemático, ocurrido en el año 2000 en Pueblorrico, Antioquia, donde el Ejército disparó contra un grupo de niños y mató a siete de ellos, también ha dejado lecciones. Una de ellas, que es mejor reconocer los errores que ocultarlos. En aquella ocasión el Ejército les atribuyó las muertes al ELN y su mentira funcionó como un bumerán en su contra. Por este episodio el Ministerio de Defensa pagó la indemnización más alta en toda su historia: 1.000 millones de pesos.

La reacción del gobierno al reconocer los recientes errores, si bien abona el camino para que las investigaciones sean más transparentes y que las familias reciban la reparación a la que tienen derecho, no apunta a establecer los problemas de fondo. Más bien deja la sensación de que en toda guerra hay errores inevitables y fortuitos. Pero la repetición de los casos muestra que algo está fallando y que no se trata sólo de una racha de mala suerte.
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