Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/03/11 00:00

¡Mamola!

Aunque Horacio Serpa ganó ampliamente la consulta liberal, mostró debilidades que le auguran muchas dificultades en la campaña presidencial.

Horacio Serpa se sentía triunfador cuando fue a votar en la mañana del domingo acompañado de su primer nieto

Las informaciones iniciales eran poco alentadoras para la campaña del precandidato liberal Horacio Serpa. El senador Rafael Pardo, contra todos los pronósticos, superaba al archifavorito en la mayoría de los primeros boletines de la Registraduría Nacional. Pero, con el paso de las horas y el ingreso de los votos de la Costa Caribe, el panorama cambió y se impuso la lógica política. Y ya a las 8 de la noche era claro que Serpa iba a repetir por tercera vez como el candidato presidencial del Partido Liberal. Finalmente, no hubo sorpresa. Desde hace varios meses se daba como descontada una victoria serpista y el domingo se confirmaron esos guarismos.

No obstante, el triunfo de Serpa no generó el entusiasmo de las consultas de 1990 y 1994, cuando el ganador se perfilaba como seguro Presidente. Eran otros tiempos de mayorías liberales. Hoy queda poco para celebrar. Serpa vio caer su caudal de fervientes seguidores y fue incapaz de ganar en Bogotá, Medellín y Cali. No es exactamente un buen augurio para las elecciones presidenciales de mayo, en las que sus contrincantes no serán tres desconocidos por la opinión pública. Con Álvaro Uribe, el Presidente más popular de la historia de Colombia y Carlos Gaviria, el fenómeno electoral y mediático del momento, la batalla será a otro precio. Se corre incluso el peligro de quedar de tercero.
En la historia reciente el Partido Liberal nunca había arrancado una campaña presidencial con tan poca gasolina en el tanque. Desde cualquier ángulo, los números no cuadran. Aunque en la consulta la participación podría llegar a ser de tres millones, quedan serias dudas sobre si se podrá repetir ese resultado en los comicios de mayo. Más si se tiene en cuenta que las listas liberales sólo obtuvieron millón y medio de votos en las del Congreso. ¿Cuántos de esos votos eran de uribistas?

Este domingo fue la cuarta vez que los colombianos tuvieron la oportunidad de votar por Horacio Serpa para Presidente. Si bien no son comparables una consulta partidista con una elección presidencial, debe por lo menos inquietar al candidato y a su campaña que sólo un poco más de un millón de colombianos optaron por marcar su nombre en el tarjetón. La imagen inevitable es que va en picada: en 1998 había superado los cinco millones, y en 2002, los tres y medio.

Es un triste final para uno de los líderes más populares que ha tenido el Partido Liberal. Durante su carrera política, Horacio Serpa demostró una coherencia ideológica tan escasa en esta época en que el transfuguismo y el oportunismo político son pan de cada día. Ha sido un defensor a ultranza de la social democracia y de las causas populares y un representante digno del ala izquierda del partido. Pero de esa imagen hoy queda muy poco. Para la gran mayoría de los colombianos, Horacio Serpa es un político anclado en el pasado.

Serpa nunca pudo zafarse de las secuelas del proceso 8.000 ni de ser visto como el responsable de las derrotas liberales de 1998 y 2002. Y ahora se prepara para afrontar lo que podría ser el peor descalabro electoral de su vida pública. Invirtiendo las palabras de Francisco Maturana, para Serpa haber ganado es perder mucho.
Frente a este negativo panorama, no se vislumbra una salida a esta disyuntiva para el partido. Serpa es el candidato elegido y ninguno de los otros candidatos mostró suficiente fuerza para justificar que se planteara su renuncia a favor de uno de ellos. A Rafael Pardo le fue mejor de lo esperado. Ganó en las tres capitales más grandes y alcanzó a asustar a Serpa. Es evidente que le sirvió mucho el miniescándalo de enero.
El senador Rodrigo Rivera demostró tener un importante electorado fuera de su zona de influencia –el Eje Cafetero–, gracias posiblemente a la mejor campaña publicitaria y mediática de los aspirantes liberales. Pero ser segundo o tercero en una consulta liberal hoy ya no es lo mismo que antes y menos frente a un candidato debilitado como Serpa. La realidad es que Serpa era derrotable, mucho más incluso que Antonio Navarro. El desempeño de Pardo y Rivera no es comparable a la hazaña de Carlos Gaviria. No pudieron convencer a un electorado liberal de que uno de ellos era la mejor opción. Y eso, en política, cuesta.

Les queda el consuelo de tontos de que quedaron de primeros en la fila india de un partido debilitado y en la peor crisis de su historia. Es difícil prever cómo el partido saldrá de esta disyuntiva. Una opción, no descartable, es que busque rehacerse a través de los caciques políticos, que en esta elección están con Juan Manuel Santos y el Partido de la U. Un escenario negativo para alguien como Rafael Pardo, que tiene poca acogida y empatía en la clase política tradicional. Mientras para Rivera, un giro en ese sentido no sería del todo malo. Rivera tiene maquinaria y como ex presidente del Congreso, manejo.

Pero 2010 está aún muy lejos. Primero tendrán que apoyar la candidatura de Serpa. Y eso acarrea riesgos. Por un lado, deben mostrarle lealtad a un aspirante que hasta hace pocos días atacaron. El asunto es particularmente difícil para Pardo que en su intento por ganar votos de independientes, generó enfrentamientos agrios con el ungido candidato liberal. Causó especial malestar su campaña publicitaria de invitar a los colombianos a no repetir el duelo Uribe-Serpa. Para muchos serpistas, las credenciales liberales de Pardo están aún por confirmarse.

Al tiempo que apoyan a Serpa por disciplina, tanto Pardo como Rivera deberán evitar que el liberalismo encarne un antiuribismo tan virulento que haga imposible al partido recuperar el centro, que está hoy con el Presidente. Tampoco es buena política lanzarse del precipicio.

Cuando se instituyó de nuevo la consulta el año pasado, se pensó que serviría para unir al Partido Liberal, renovar su liderazgo y fortalecer sus posibilidades ante Uribe. Aunque públicamente nunca se reconoció, era también una manera de derrotar a Serpa, quien había mostrado en 1998 y 2002 su poder en los congresos cerrados partidistas. No fue así. Para el electorado liberal, Horacio Serpa Uribe sigue siendo el rey. Lo triste es que su reino es cada vez más pequeño.

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