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| 12/6/2011 12:00:00 AM

Marchemos por ellos

Hay que hacerles saber a los violentos y al mundo entero la indignación que sentimos los colombianos.

Los colombianos están hastiados de la guerra. Así como los españoles y los gringos han salido a la calle a expresar su indignación con la corrupción del sistema económico, y en Chile los estudiantes se volcaron a la calle exigiendo equidad en la educación, en Colombia la gente saldrá a marchar este martes 6 de diciembre contra la barbarie. Esta vez es contra las Farc, como reacción al asesinato de cuatro miembros de la fuerza pública que estaban en cautiverio: el coronel Édgar Duarte, el mayor Elkin Hernández, el sargento José Libio Martínez y el intendente Álvaro Moreno. Durante más de una década vivieron en campos de concentración en la selva, hasta que hace una semana fueron fusilados por sus carceleros. Unos se lanzaron de frente a sus verdugos, pues estos los habían engañado y pedido que corrieran hacia ellos en caso de que se presentaran combates con el Ejército, según ha contado el único sobreviviente, el sargento Luis Alberto Erazo. Otros intentaron resguardarse entre los árboles. Pero carentes de energías y de orientación fueron cayendo uno a uno, como animales entrampados en una cacería.

El crimen ha causado dolor y rabia, y salir a manifestarla a la calle es lo mínimo que puede hacer la sociedad.

No es la primera vez que las guerrillas sublevan el alma colectiva del país. El 4 de febrero de 2008 una marcha histórica demostró qué tan aisladas están las Farc del sentimiento nacional. Aquella fue una movilización de dos millones de personas contra el secuestro, azuzadas por las terribles fotografías que se revelaron como pruebas de supervivencia de los rehenes (tanto civiles como militares) encadenados y humillados por el grupo insurgente.

Entonces, como ahora, la muerte acechaba a las víctimas. Ya en 2003 habían sido asesinados en cautiverio el gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, el exministro de Defensa Gilberto Echeverry y ocho soldados. Lo mismo ocurrió en 2007 con 11 diputados del Valle, liquidados a mansalva por los guerrilleros. En total 26, personas que otrora llevaban el mote de 'canjeables' han sido muertas en absuluta indefensión, casi siempre en medio de intentos de rescate.

Hoy permanecen en cautiverio 11 militares y policías, todos con más de una década como prisioneros y cerca de 300 civiles, según la Fundación País Libre, y 79, según Fondelibertad.

El secuestro es de lejos el delito que más repudio genera entre los colombianos y el que degradó por completo a las guerrillas. A pesar de que en todas las guerras se cometen horrores, y en el conflicto colombiano todos los actores los han cometido, el secuestro es considerado por esta sociedad el más agraviante de todos, el que más deshumaniza, el más intolerable.

Indignarse y salir a la calle es un desahogo colectivo. Una manera de recordar que hay un acuerdo básico en la sociedad, y que ciertos límites no se pueden traspasar. Ni en nombre de la revolución, ni en el de la justicia social, ni en el de la defensa del orden. Porque la sociedad también ha expresado su indignación ante crímenes como los 'falsos positivos', cometidos por militares; o por las matanzas de los paramilitares y narcotraficantes, que parecen no tener fin.

Pero indignarse, aunque necesario, no es suficiente. Después de las marchas, la misma sociedad que sale a las calles a elevar su voz de protesta, emocionada y resentida, tendrá que asumir con serenidad el dilema más importante que tiene hoy el país: cómo se le pondrá fin al conflicto.

La semana anterior, mientras el presidente Juan Manuel Santos les respondía a las Farc con un vehemente "no nos crean tan pendejos" después de que este grupo culpó al gobierno por los fusilamientos, en el Senado se aprobaba en tercer debate una reforma constitucional que servirá de marco jurídico para la paz futura. Este proyecto, considerado de alta prioridad por el propio Santos, demuestra que por lo menos en la Casa de Nariño se piensa que este conflicto está llegando a su fin.

Cada vez más analistas coinciden en que la guerrilla es una fuerza derrotada en lo político y en lo militar. El exconstituyente Otty Patiño dice, por ejemplo, que "la guerra ya se acabó" y que lo que queda es un conjunto de violencias residuales -incluida las de las Farc- que son propias de todas las posguerras. Él cree que desde 2008 la guerrilla entró en una etapa irreversible en lo militar.

Sin duda, la brecha entre las fuerzas del gobierno y la insurgencia es cada día más profunda: mientras los unos están literalmente en el siglo XXI, con aviones no tripulados, satélites que ven hasta las hamacas en los campamentos, y tienen el tiempo de la guerra y la política a su favor, los otros están de regreso al siglo XIX: comunicándose por medio de estafetas, aislados del mundo y apostándole todo a la superviviencia como grupo en la selva.

Estudios sobre la dinámica del conflicto, como el realizado por la Fundación Ideas para la Paz este año, demuestran con cifras que la guerrilla perdió la iniciativa y hoy tiene presencia en la mitad del territorio que tenía hace una década. En el último lustro sus combatientes se han mantenido alrededor de los 8.000 y han visto morir a gran parte de sus cuadros más importantes; incluidos cinco miembros del Secretariado, casi todos en bombardeos de alta precisión, que fueron posibles gracias a que sus propios hombres los delataron.

Políticamente están peor que nunca. El proyecto bolivariano de Chávez, que les había abierto las puertas en América Latina, naufragó por inviable, y en todo caso el gobierno de Venezuela es un aliado en ciernes del gobierno de Santos para ponerle punto final al conflicto en Colombia.

Tampoco se puede ignorar que un exguerrillero acaba de ganar la Alcaldía de Bogotá, quizás el cargo de gobierno más importante del país después de la Presidencia. Gustavo Petro y, en buena medida, su círculo íntimo del M-19 lograron en las urnas lo que las Farc no pudieron con las armas: el poder. Adicionalmente, se convierte en prueba fehaciente de que en el país se ha consolidado un pluralismo político que en el pasado había sido esquivo y muy traumático.

En medio de este panorama, la carta que le envió Timochenko a Santos después de la muerte de Alfonso Cano es reveladora. A pesar de su tono mesiánico, no es más que una súplica: no ser humillados en la derrota. "Esta gente lleva medio siglo en esto, Santos. Algunos, de cabeza blanca, cuentan historias de sus días en Marquetalia. Otros hablan de los años en el Guayabero, de los primeros diálogos cuando Belisario. Hasta afirman que si entonces el gobierno hubiera pensado mejor, las cosas en el país hubieran sido muy distintas", se lamenta.

Pero la carta también deja en claro que las Farc no se rendirán, y que no buscan perdones judiciales, sino un reconocimiento como revolucionarios. Algo que la sociedad colombiana que esta semana se volcará a las calles difícilmente les otorgará.

El gobierno, por su parte, ha sido cauto. En el campo militar continuará buscando a los jefes de la guerrilla y debilitando así su sólida burocracia y su moral. Seguirá intentando, según anunció el comandante del Ejército, rescatar a los secuestrados, corriendo el riesgo incluso de su muerte. Así se rompería uno de los nudos gordianos del conflicto, que ha sido el intercambio humanitario.

Si la guerrilla sigue matando a los secuestrados, pierden las víctimas, las familias y las Farc. Pero a estas alturas muy pocos se atreven a cuestionar al gobierno por esa decisión. Porque se ha demostrado que así como en el caso de Caquetá el desenlace fue fatídico, en otros, como las operaciones Jaque y Camaleón, ha sido exitoso. Esta, sin embargo, no deja de ser una ruleta rusa, en la que el juego estratégico está por encima de la vida de las personas, como señaló el arzobispo de Cali, Darío Monsalve, en un duro comunicado el martes pasado.

Se mantiene entonces el garrote, pero eso no quiere decir que de manera más discreta se esté trabajando en la zanahoria. Santos está abriendo varios frentes para un proceso de paz futuro. La reciente visita a Venezuela para estrechar aún más los lazos con Hugo Chávez puede tener efectos para el conflicto: o bien se facilita la captura de los jefes de las Farc que se resguardan allí, o Chávez podría tenderles puentes para que se muevan de sus tercas posiciones. No en vano se presume que tanto Timochenko como Iván Márquez están en ese país.

De otro lado, el empeño en garantizar un fuero militar amplio busca darles a las Fuerzas Armadas la garantía de que un Ejército victorioso no terminará en los estrados de la justicia ordinaria, aunque hayan cometido excesos en el contexto de la guerra.

Y quizá lo más importante es que ha tomado la precaución de trabajar en favor de un marco para facilitar la desmovilización de quienes están en armas, para que no haya obstáculos jurídicos en una negociación futura. Esta iniciativa, que ha sido liderada por Roy Barreras en el Congreso, tiene un amplio consenso entre los partidos, y ha sido votado tanto por la izquierda como por los congresistas de la derecha uribista.

Con este marco se abre la posibilidad de que en un eventual proceso de paz se seleccione a los principales responsables de los crímenes de lesa humanidad y se les juzgue solo a ellos. Y que incluso se les pueda suspender la pena si es que las leyes que lo reglamentan lo permiten. Eso significa dejar atrás el sistema kafkiano de justicia y paz, donde todos los combatientes y todos los delitos pasan por un tribunal.

En términos filosóficos lo que busca el gobierno con esta ley marco es un punto de equilibrio entre la justicia necesaria para satisfacer a las víctimas y la justicia posible para lograr la paz. En últimas, darles a las Farc un incentivo para abandonar las armas. Y abrirles una puerta a los militares que han cometido delitos atroces para que cuenten la verdad y reciban un trato diferenciado, como parte de un proceso de reconciliación.

Tiene razón el alto consejero para la Reintegración Alejandro Eder, cuando dijo esta semana que la sociedad tendrá que tragarse "muchos sapos" si quiere disfrutar alguna vez de un país diferente al que les tocó a las dos últimas generaciones, bañado en sangre.

¿De qué tamaño será el sapo? Ese es el acuerdo que toda sociedad debe construir para poder salir de la guerra. Posiblemente no habrá una negociación, y el gobierno opte por consolidar su presencia en la Colombia rural profunda, hacer algunas reformas que modernicen las instituciones y mantenga una ventana abierta para el diálogo. Tendrá, eso sí, que trabajar duro para resolver la profunda inequidad del país. "Que los empresarios aprovechemos el momento económico no para enriquecernos sino para redistribuir", dice el empresario Carlos Enrique Cavalier, presidente de Alquería.

Lo que deben entender las Farc es que mientras más tiempo continúen en armas, menos tolerante será la sociedad con ellos. La gesta que Timochenko reivindica como revolucionaria quedará sellada en la memoria colectiva como los malos tiempos en los que una horda de bárbaros fue derrotada en la selva por los militares, y en las calles por los ciudadanos.

Esa parece haber sido la conclusión a la que ETA llegó en octubre. Después de que todos sus dirigentes fueron capturados, de ver a miles de españoles, incluso de izquierda, en las calles contra ellos y de que sus propias bases políticas del País Vasco les dijeron un día"la violencia no va más", ellos mismos tuvieron que deponer las armas.

Aunque estos son días de indignación, en realidad Colombia está entrando, como lo hizo España en los años recientes, en un tiempo en el que necesita que la sociedad contribuya más activamente a configurar un cerco democrático contra las Farc, pero también contra todos los que están involucrados en la guerra y su degradación.

Como dice el profesor Medófilo Medina "Las llaves de la paz no están ni en el mar ni en el bolsillo de Santos, sino que las tiene la sociedad civil". Es ella, y solo ella, la que podrá persuadir a la guerrilla de que su tiempo ya pasó. Y decidir cómo cargar en el futuro con el legado de dolor que han dejado tantas décadas de violencia.

Y para eso, aunque la indignación no basta, es un principio.
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