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| 4/21/2014 12:00:00 AM

María Fernanda Cabal y el infierno

La congresista uribista que insultó la memoria de Gabo y su visión del origen del paramilitarismo.

Poco a poco el país ha ido identificando a las mujeres y hombres que llegaron al Congreso de la República cabalgando sobre la inmensa popularidad de Álvaro Uribe Vélez. La más mencionada hasta ahora es María Fernanda Cabal, quien lleva cuatro días continuos en la picota pública por su insulto a la memoria de Gabriel García Márquez, el colombiano más universal de todos los tiempos, fallecido el Jueves Santo.

Minutos después de enterarse de la noticia, la electa representante a la cámara dijo públicamente que Gabo se iría al infierno junto con su amigo Fidel Castro. El comentario de la nueva parlamentaria por instantes incluso fue más leído en las redes sociales que el adiós eterno del escritor. Ella entonces decidió expedir un comunicado a manera de excusas, pero en el que vuelve a insistir en su ofensa.

Otra vez la oleada de trinos se hizo sentir. “Llega al Congreso herida la curul de la doctora Cabal, será una curul perdida. Nadie puede legislar con la mente de la doctora Cabal”, escribió, por ejemplo, el periodista Julio Sánchez Cristo.

Esta, sin embargo, no es la primera controversia generada por Cabal y con certeza no será la única. Es más, no es la primera vez que las palabras García Márquez, infierno y su nombre se cruzan. ¿Por qué? El cuento es el siguiente. En una entrevista que le concedió al periodista Edgar Artunduaga para el portal KienyKe, Cabal justificó el origen del fenómeno del paramilitarismo en Colombia.

“La historia de la violencia y las víctimas no es lo que recoge la memoria histórica. Son miles, miles y miles que no tienen quién los represente. Aquí se han soslayado 50 años de matanzas, de las FARC y del ELN, y vino a ser importante la muerte de campesinos cuando empezaron los paramilitares a actuar”, dijo Cabal en ese dialogo periodístico.

El entrevistador incluso le interrogó si defendía a los paramilitares, a lo que la hoy congresista electa respondió: “Usted se defiende si lo van a asesinar”. Luego argumenta: “Si lee las historias de horror, la gente termina teniendo reacciones de defensa para proteger su vida. La autodefensa original, que se crea incluso en comunidades de base, Comunidad de Ortega, Cauca, que es indígena; incluso la original que se crea en el Magdalena Medio es auténtica, lo que pasa es que todo lo que no tiene un control legítimo del Estado se desborda”.

SEMANA publicó un artículo titulado 'El huevo de la serpiente'. Este es un viaje a la memoria de Puerto Boyacá en donde se gestó el paramilitarismo del Magdalena Medio. En el reportaje se cuenta que, mientras en el resto del país Belisario Betancur (1982-1986) impulsaba los diálogos con la guerrilla y juraba que durante su gobierno no se iba a derramar una gota de sangre, a lo largo y ancho de Colombia se pintaban millones de palomitas de paz, donde se desbordaban los ríos de sangre.

En este pueblo, que por entonces tenía 30.000 habitantes, coincidieron los más diversos dirigentes políticos, comerciantes, miembros de la Iglesia y del Ejército, a quienes los unía su rechazo absoluto a cualquier cosa que oliera a izquierda. Algunos de los propietarios de los mejores predios pertenecían a miembros de Tradición, Familia y Propiedad, que organizaba fogosas marchas contra los comunistas; los militares del Batallón de Infantería Número 3 Bárbula, de la XIV Brigada, llegaron con una rígida formación en la Doctrina de la Seguridad Nacional que, en términos sencillos, se proponía exterminar como fuera la amenaza comunista. Y el empresariado creía que la propiedad privada se iba a acabar.

La Texas Petroleum Company, que durante años explotó los ricos campos petroleros de la zona, no vaciló en prestar la sede de la compañía para que todos los anticomunistas decidieran qué hacer. En cuestión de meses se formó el huevo de la serpiente que cambió el país para siempre.

Con la dirigencia unida, ahora se necesitaban las armas. El Ejército entregó las primeras a la naciente autodefensa. La edición de agosto de 1987 del periódico Puerto Rojo dice: “Las armas se adquieren en la Brigada XIV, indudablemente por todas las personas que las necesiten...”. ‘Luis Ramírez’, uno de los más sangrientos jefes de las autodefensas de la época, dijo en la televisión en su momento: “Nosotros lo que hicimos fue unirnos a las Fuerzas Armadas de Colombia”. “Las autodefensas de hoy son oficiales, creadas por el gobierno y el Ejército. Por eso las llamamos paramilitares”, respondió entonces el máximo ideólogo de las FARC, Jacobo Arenas.

Un vistazo a los periódicos refleja el horror de lo que pasó en la década de los 80 en Puerto Boyacá y sus alrededores: “Los cadáveres bajan por el río como troncos a la deriva. Navegan tan putrefactos y desfigurados y son tantos, que el comandante de la base fluvial de Barrancabermeja y varios alcaldes de pueblos ribereños decidieron no recoger más muertos del río”, escribió Germán Santamaría en El Tiempo.

“Fue horrible”, recuerda un nonagenario ganadero, “pero ganamos, no dejamos ni un solo guerrillero en Puerto Boyacá. Por eso levantamos el muro con orgullo”. Se refiere al muro que hizo historia a la entrada del pueblo: “Bienvenido a Puerto Boyacá. Tierra de paz y progreso. Capital Antisubversiva de Colombia”. Al puerto llegaban paramilitares de otras partes. Por ejemplo, Iván Roberto Duque, alias ‘Ernesto Báez’, uno de los ideólogos de las AUC. Vino a Puerto Boyacá y fundó el movimiento Morena, en otro intento de los grupos armados de extrema derecha de allanar el camino para hacer política.

De un momento a otro, ese ejército victorioso de autodefensas, compuesto por campesinos convertidos en guerreros sanguinarios, se encontró, además, con la financiación de los capos de la droga: José Gonzalo Rodríguez Gacha -alias el ‘Mexicano’- y Pablo Escobar Gaviria hicieron su aparición y convirtieron a esos muchachos en sus ejércitos rurales. Fundaron en este escenario las escuelas de sicarios. El ‘Mexicano’, aliado con Ramón Isaza, trajo al mercenario israelí Yair Klein para organizar un ejército privado con el que se propuso exterminar a la Unión Patriótica, ejecutar masacres a lo largo y ancho del país y amedrentar al Estado. De aquí salieron algunos de los asesinos de los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Luis Carlos Galán, así como varios de los autores de las masacres de La Rochela y Segovia.

Esta coyuntura se presentó, entre otras razones, porque el pueblo tiene una ubicación que está sintetizada en la carta de presentación para atraer turistas: “Puerto Boyacá, cerca de todo”. En efecto, aquí se abre paso hacia los Santanderes, Caldas, Antioquia y Cundinamarca.

Al tiempo que los asesinos salían en sus camionetas a disparar, aquí y en los pueblos adyacentes se vivían días de asombro y delirio. Por ejemplo, en Puerto Triunfo, a una hora en carretera de Puerto Boyacá, Pablo Escobar dictaba las leyes. Inclusive, Virginia Vallejo, la diva del momento de la televisión colombiana, sobrevolaba estas tierras en helicópteros privados junto al capo. El más fogoso e inteligente líder del liberalismo, Alberto Santofimio, navegaba también por las aguas del Magdalena en lujosas lanchas junto a Escobar, como lo testimonian varias fotos.

Y, mientras los símbolos sexuales del país se paseaban por aquí, los presidenciables les hacían venia a los capos del narcotráfico y la población estaba extasiada ante el surgimiento del nuevo paraíso donde había jirafas, hipopótamos, leones, leopardos y avestruces.

A Pablo Guarín, quien se vanagloriaba de sus acciones paramilitares en los recintos del Congreso ante la mirada silenciosa de la dirigencia del Partido Liberal, lo asesinaron en una carretera, en 1987. Gonzalo Pérez fue abatido en julio de 1991 por un patrullero de las autodefensas que había cometido una falta y a quine él mismo iba a matar, aunque muchos juraron que fue un encargo de Escobar. A Henry, 12 días después de la muerte de su padre, lo encontraron en el atrio de la iglesia con una veintena de hombres desarmados. Los disparos se confundieron con la pólvora que señalaba el comienzo de las fiestas del pueblo.

Entonces apareció otro hombre de revólver caliente: Ariel Otero. Tomó el liderazgo de los paras y anunció, a través de una emisora, que se vengaría de Escobar Gaviria. El capo le ganó la partida y lo mató seis meses después. Isaza, entre tanto, entró a una guerra frontal también con Escobar, por Puerto Triunfo, donde los visitantes alucinaban con el naciente edén.

¿Qué era todo esto? El mismísimo infierno. Y es aquí donde aparece Gabriel García Márquez, quien en El Espectador escribió: “Los distraídos habitantes de las ciudades hemos comprendido que el infierno no está más allá de la muerte –como nos lo enseñaron en el catecismo–, sino a sólo cuatro horas por carretera de los cumpleaños de corbata negra y los torneos retóricos y las fiestas de bodas medievales de las sabanas de Bogotá”. Un infierno que para María Fernanda Cabal, electa congresista del uribismo, parece tener un origen “auténtico”.
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