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| 7/13/2003 12:00:00 AM

María Mercedes

Juan Gustavo Cobo Borda recrea su visión de María Mercedes Carranza, quien falleció la semana pasada.

Era entusiasta y temperamental. Fervorosa y malgeniada. Conservaba el ademán olímpico de su padre, el gran poeta Eduardo Carranza, a cuya poesía dedicó su tesis de grado en filosofía y letras en la Universidad de los Andes (1985), y sobre todo su fe indeclinable en la poesía como el único espacio propicio para que todos se sintieran aludidos.

Gran batalladora, nació en 1945, y se había formado bajo los mejores maestros, cuando su padre bebía en España cerca de Vicente Aleixandre y Salvador Dalí, Dámaso Alonso y Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo y los jóvenes poetas colombianos que admiraban el arrogante magisterio lírico de Carranza: Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus. Todo ello lo ha contado muy bien José Manuel Caballero Bonald en sus dos tomos de memorias: Tiempo de guerras perdidas (Anagrama, 1995) y La costumbre de vivir (Alfaguara, 2001). Amó a dos poetas españoles: Félix Grande y más tarde Juan Luis Panero, el hijo de Leopoldo Panero, quien con Luis Rosales formaban el dúo de amigos españoles más cercanos a Eduardo Carranza, todos ellos franquistas militantes. Las memorias de Juan Luis Panero, Sin rumbo cierto, publicadas por Tusquets en Barcelona, la dibujan con justa mirada.

Con ella no había términos medios: o se la amaba o se la detestaba. Por ello nos pasamos la vida queriéndonos y odiándonos. Trabajando juntos y polemizando. Al estudiar en Los Andes renegábamos del latoso Eduardo Camacho Guizado y su interpretación sociológica de la poesía de don Jorge Manrique y Garcilazo. Un día, escapándonos de clase, y al ver en la carrera séptima frente al Murillo Toro un edificio en ruinas, no se nos ocurrió nada mejor que subirnos a él y comenzar a recitar poemas nuestros y ajenos. Se trancó el tráfico, impedimos felizmente que la gente perdiera el tiempo trabajando, y al día siguiente, fotos y periódicos registraron ese primer bautismo lírico, con el público arremolinado. Ella -según dijimos- se llamaba Labioastro y yo Astrolabio.

Más formalmente, su trayectoria registra una primera y generosa página literaria que con el título de Vanguardia apareció en El Siglo entre 1967 y 1968 y donde reseñamos eufóricos todo el boom literario latinoamericano y donde 'la generación sin nombre' afiló sus primeras armas.

Era una buena lectora y tenía, como su padre, una indudable vocación política que la llevó a estar cerca del poder por la vía de la poesía. Trabajó con dedicación junto a Carlos Lleras Restrepo y Luis Carlos Galán en el semanario Nueva Frontera y fue constituyente en el 91. Pero donde mejor encauzó la vehemencia de su carácter y la capacidad de convocatoria fue en torno a la Casa de Poesía Silva, que fundó en mayo de 1986 en La Candelaria, donde mantuvo una eléctrica energía en torno a la palabra viva y la imprescindible tertulia literaria. Vuelto todo ello algo mucho más perdurable en la revista, que ya ha llegado a sus 15 números, y en el útil volumen que coordinó en 1991: Historia de la poesía colombiana.

Sin olvidar, por cierto, su campaña, literalmente mundial, para que de México a Buenos Aires, de Madrid a París, infinidad de desinformados escucharan la penumbrosa música de un suicida vate bogotano: José Asunción Silva.

Reaccionaba así, con furia, en contra del muladar de muertos en que se había convertido el país y peleaba con denuedo contra los burócratas que le recortaban el presupuesto. Nada la animaba más que una buena polémica, frentera y decidida, contra la administración distrital como me lo comentó el lunes 7 de julio de este año cuando nos reencontramos. De buen humor y con ganas lograba imposibles metafísicos, como hacer que 11 poetas estuvieran juntos y compartieran algunas de sus justas campañas en pro de ese sinónimo de poesía llamada Paz compartida y mesa bien servida.

Llevaba consigo el drama de ser hija de un poeta célebre y a la vez intentar escribir poesía. Quizá por ello, su propia creación era como un antídoto en contra de la exaltación lírica de su padre. Se burlaba y compadecía a la vez de los héroes patrios y la cantidad de paja inútil en que los colombianos gastan sus días pero más al fondo había una dolorosa asunción de su condición femenina en una ciudad cruel, como Bogotá, donde prisionera de su destino, como en un poema de su leído Kavafis, se sabía sola e incapacitada para salir del espejo delante del cual envejecía. "Soy extranjera por estas calles íntimas".

Con las palabras en crisis, y aferrada a la lealtad de sus pocos y probados amigos, daba vueltas en torno a ese torvo sino que hacía desaparecer a sus amigas y que mantenía secuestrado a su hermano Ramiro, sin saber a ciencia cierta si continuaba vivo. Demasiado dolor para resistirlo. Al escribirle a su hija Melibea, en el intento imposible por explicar su suicidio, hacía conmovedora confidente a quien llevaba el nombre de la más dulce y apasionada heroína de las letras españolas. Aquella que murió de amor, al arrojarse de la torre más alta.

Los títulos de sus libros son elocuentes sobre su concepción de sí misma y de la poesía: Vainas (1972), Tengo miedo (1983), Hola, soledad (1987), Maneras de desamor (1993), El canto de las moscas (1998). Un dolorido monólogo nostálgico de quien mide el hueco-tumba que ha dejado el amante en su fuga. El verso de Manuel Machado que ponía como epígrafe daba el tono de ese silencio cada vez más vasto en torno suyo: "Sé que voy a morir / porque no amo ya nada".

Pero el desgarrón balbuceante de su poesía nos obliga a pedir cariño y respeto sobre su tumba. En su poema titulado La patria ya lo había dicho de modo terrible: "En esta casa todos estamos enterrados vivos".
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