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| 12/30/2016 7:20:00 PM

El año retrógrado que termina

El 2016 resultó ser un año de transición. Sólo que en dirección contraria a la que muchos esperaban. ¿Qué pasó?

Ya se sabe, el mundo siempre marcha hacia delante, pero no en línea recta, sino en espiral. Tiene sus retrocesos. Y una de esas mecidas hacia atrás parece haberse dado este año. Según un buen amigo, todo se debe a Mercurio, el planeta que en 2016 estuvo más retrógrado que de costumbre. Cuatro veces en lugar de tres. Mercurio rige la lógica, la comunicación y las ideas. Todas ellas en ascuas. Me gustaría creer que esta es, por lo menos en parte, la explicación para que trogloditas de todas las layas hayan hecho de este su gran año. 

También me gustaría creer que por fin se cumple la profecía marxista de que el capitalismo engendra su propia destrucción y que el auge de nacionalismos y populismos son el principio del fin de un sistema envenenado con la pócima de desigualdad, la segregación y la insolidaridad que él mismo ha cocinado en las brasas del libre mercado.  Pero ni el pensamiento mágico ni las teorías de las conspiraciones políticas son suficientes. El 2016 es apenas el año en el que han quedado al desnudo procesos que se venían gestando un tiempo atrás. Fue un año retrógrado pero revelador.

Me gusta mucho la metáfora que usó alguna vez el escritor ruso Alexander Herzen: vivimos como una viuda embarazada. Tiempos en los que sabemos que algo ha muerto, un régimen, una creencia, pero la nueva aún no ha nacido. Está apenas engendrándose. Algo así creo yo que nos deja el 2016. La certeza de que las instituciones liberales, la quimera de la fraternidad, la libertad, la paz y la igualdad, en últimas de la democracia, ha sido una promesa tan incumplida como lo fue la del socialismo en el siglo pasado. Ha llegado el desencanto con la globalización y con el liberalismo. 

Pero hay que ser justos: el Brexit, el triunfo de Trump, la derrota del Sí a la paz en Colombia y el auge de gobiernos delirantes como el de Filipinas, o la explosión de los núcleos terroristas en toda europa no deberían sorprendernos. La clase política y los gobiernos, las corporaciones y en últimas las élites han tensado demasiado la cuerda. Con razón algunos ensayistas, como el británico Owen Jones, ven en este 2016 la estela de la crisis económica de 2008. Es la cuenta de cobro al establishment  que terminó por proteger los abusos del capital financiero en el mundo. Que durante dos décadas alentó las guerras para asegurarse el petróleo.

Muchos creyeron que ante la crisis vendría una rebeldía de indignados, que lanzaría el péndulo del mundo hacia la izquierda. Grecia fue un espejismo de ello. La verdad nos ha dado en la cara: los indignados, se han desparramado como arena en el desierto, y lo que ha terminado por imponerse son los populismos de la derecha. El votante se aferra a la añoranza del pasado, evitando la incertidumbre de un mundo que se transforma a una velocidad tal que le hace perder toda seguridad. Lo viejo ya no lo representa, lo nuevo no ha llegado.

Y la guerra. No hay que olvidar que este año murieron 7.000 personas en las aguas del Mediterráneo, huyendo de un conflicto que tarde o temprano será reconocido como el genocidio de esta década.

Pero 2016 ha sido también un año paradójico. Como lo recuerda Jhon Carlin en El País, este año disminuyeron como nunca la pobreza, la desigualdad, el hambre, incluso las guerras. En el planeta hay una guerra menos, dijo Juan Manuel Santos en Oslo, cantando victoria de manera prematura.

En clave colombiana

Para  Colombia no ha sido un mal año. Se acabó una guerra. Es cierto. Y eso no es poco. Desde 1974, cuando finalizó el Frente Nacional, no teníamos un año más pacífico en cifras gruesas de muertes, secuestros, desaparecidos. Fue un año de acuerdos entre enemigos acérrimos (las Farc y el Estado), en el que palabras sin estrenar empiezan a ser usadas: justicia, pluralismo, territorio, perdón y verdad.

Como año retrógrado, ese paso hacia delante ha sido costoso y creó nuevos campos de batalla políticos e ideológicos. En la dialéctica del cambio, toda evolución engendra su propia resistencia, y este fue un año de oro para la derecha colombiana. Volvieron a estar en la palestra debates que parecían superados cuarenta años atrás, desde la demonización del socialismo, hasta los prejuicios sexuales. Sectores oscuros actuaron a la luz del día asesinando a decenas de líderes. Tan campantes como siempre. También resucitaron de entre las cenizas líderes conservadores que parecían petrificados en el pasado. Cuando lo nuevo no ha nacido, lo viejo es como la tabla para el náufrago. 

Tanto el desenlace de este año en Colombia como en otros lugares del mundo, permite reflexionar sobre lo que será el tiempo inmediato por venir. Más que la crisis de la instituciones liberales, a las que se les pondera con demasiada generosidad en estos días, es la política misma la que se ha devaluado en 2016. Mírese el continente que se mire, la realidad es inquietante. La primera pregunta sin respuesta es ¿quién nos representa? 

Presidentes asesinos que son aplaudidos por las masas (verbigracia Filipinas); locos de atar al frente de las grandes potencias (Trump) o pueblos que cercenan su futuro a conciencia (Brexit) son más que la muestra de que algo va muy mal en cuanto a la representación política. Ello por no hablar de presidentes que se autoproclaman monarcas (Ortega en Nicaragua), países que se hunden sin remedio ante los ojos del mundo, como Venezuela, o presidentas que son sacadas a sombrerazos de sus cargos de manera inmerecida, como Dilma en Brasil.

Sospecho que ni 2017, ni 2018 traen una buena respuesta. Colombia, por ejemplo, se lanza a una implementación de los acuerdos bajo una puja politiquera, con una paz sin proyecto ético, sin líderes capaces de inspirar a las nuevas generaciones, y peor aún, en medio de una campaña electoral signada por el engaño, el resentimiento y los coscorrones.

La segunda pregunta que habría que hacerse es entonces ¿qué viene después de la democracia representativa? ¿Qué viene después de que las élites han tensado la cuerda al límite? 

La respuesta fácil es el retorno al pasado. La difícil es la imaginación. La imaginación moral, como dice Jean Paul Lederach, y sobre todo la imaginación política. Porque gústenos o no, la política, con todo y sus detractores, es el más poderoso instrumento de transformación social. 

Es la política la que permite dar saltos hacia delante, y salir del atolladero. La política como ejercicio de diálogo, de construcción de acuerdos, de imaginación colectiva de un futuro. La tarea de re-significar la política exigirá volver a escuchar al ciudadano, ver la realidad con otros ojos e interpretar los reveses del 2016 con espíritu crítico. Sin complacencias ni respuestas de cajón. Se necesita pensamiento abierto, diálogo amplio, y mirar hacia delante. Nuevos liderazgos e inspiración.

En ese sentido, este ha sido un año retrógrado, pero no perdido. Es el año en el que, por lo menos para Colombia, se inició la gran transición hacia la paz. La hoja de ruta está trazada. Una parte importante del país mira hacia delante y está dispuesta a empujar los cambios que ésta necesita.

Lo viejo va quedando atrás, y lo nuevo está engendrado. Pero su parto será más difícil de lo que imaginamos.  

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