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| 4/17/2013 12:00:00 AM

Martin, el símbolo de la tragedia de EE. UU.

Inmenso dolor por la muerte del pequeño de ocho años en los atentados de la maratón de Boston.

A Martin Richard, de 8 años, le encantaba treparse en los árboles y disfrazarse como Woody, el personaje de la película 'Toy Story', con un sombrero de vaquero, una placa de alguacil, jeans y una amplia sonrisa. Pero también lo hacía muy feliz correr y correr, como a la mayoría de los norteamericanos.

Millones corren a todas las horas del día y en todas las ciudades del país. “Corrían ya cuando nadie más en el mundo se atrevía y, como tantas otras cosas, nos contagiaron a los demás esa afición, -dice el diario español El País en un reportaje sobre la importancia para Estados Unidos de este deporte-. Inventaron el ‘footing’, el ‘jogging’, los ‘sneakers’ y las carreras populares. Con toda razón, tienen derecho a reclamar esa actividad como un ejemplo de su identidad”.

Un testigo de la tragedia en Boston recordó que hace unos años, en un día lluvioso, corrió en una carrera de cinco kilómetros con la familia Richard. Dice que Martin se salía del cochecito, que su madre empujaba, para saltar, como un poderoso atleta, en los charcos que se encontraban a lo largo de la ruta.

Por eso, entre otras cosas, el dolor gravita tan profundamente hoy en Estados Unidos. Este niño, uno de los tres muertos en las explosiones en la mítica maratón de Boston, dimensiona la magnitud de la tragedia. La vida perdida de un inocente en uno de los actos que más adoran los estadounidenses. “Las bombas de Boston son, por tanto, un ataque más contra el estilo de vida norteamericano, contra sus costumbres y su carácter”, argumentan los analistas.

En efecto, el niño fue a la maratón como lo hacía desde cuando sus padres lo llevaban en el coche de bebés. Estaba en la línea de meta, esperando que su padre llegara para poder abrazarlo. La onda explosiva lo destrozó p?r completo. Las esquirlas hirieron, además, de extrema gravedad, a su mamá, Denise Richard, y a su hermanita, Jane, de seis años. “Ellos estaban mirando entre la muchedumbre, mientras llegaban los corredores, cuando estalló la bomba”, dijo un testigo.



El padre de los niños, Bill, es el director de un grupo comunitario local, y ávido corredor y ciclista. Era un infaltable de la maratón y encontraba en sus hijos sus mejores motivadores para semejante esfuerzo. Su madre trabaja como bibliotecaria en la escuela Neighborhood House Charter School.

Las dos bombas, hechas con ollas exprés y rellenas de metralla, tuecas y tornillos, explotaron con diez segundos de diferencia y a unos 90 metros de distancia, en Boylston Street, donde estaba instalada la meta de la maratón más antigua y de mayor tradición del mundo, en la que en esta ocasión tomaron parte 27.000 corredores.

En la acera quedaron sin vida tres personas. Entre ellas, el pequeño Martin. Su mamá está en estado crítico mientras su hermanita, aunque salvó su vida, le fue amputada una pierna.

Estados Unidos aún se pregunta sin tener respuestas: ¿Quién lo hizo? y ¿Por qué? El FBI tiene abiertas todas las posibilidades: que sea una organización o un individuo solitario, que sea extranjero o que sea norteamericano. En cualquier caso, el culpable, o los culpables, siguen sin tener rostro.

¿Una filial de la red de Al Qaeda? ¿Un nuevo grupo de terrorismo islámico? ¿Una organización supremacista blanca irritada con la posibilidad de una próxima legalización de indocumentados? ¿Una milicia ultraderechista que quiere pronunciarse contra el control de las armas de fuego? ¿Un simple loco, otro loco? Aún no hay claridad. Solo dolor por la tragedia de Martin y su familia.
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