Jueves, 19 de enero de 2017

| 2006/03/04 00:00

Más que playa y almacenes

San Andrés tiene fama de estar en la olla. Todavía afronta graves problemas pero no todo está perdido. Ahora debe decidir entre turismo chancleta o de más alto perfil.

El comercio informal es una de las alternativas que tienen los isleños para sobrevivir.

Cuando el avión clava su nariz hacia el mar y busca la pista del aeropuerto, San Andrés aparece de pronto como una inmensa ballena encallada en una trampa multicolor bordeada de arrecifes que frenan en seco el ímpetu de las olas. Pocos segundos más tarde, el avión bordea el flanco occidental, agreste, una masa de roca coralina gris oscura donde las olas que revientan dejan estelas de plata que se mezclan con el verde intenso de la vegetación.

Después de aterrizar, los viajeros pasan por un control de inmigración que busca impedir que las personas que llegan del continente se instalen en la isla. Con respecto a esta medida nadie se pone de acuerdo. Algunos, como Juan Guillermo Ángel, consejero para San Andrés de la Presidencia de la República, consideran que el mecanismo sí ha servido porque el crecimiento de la población ha sido acorde con las tasas normales de nacimientos y muertes. Los isleños sienten que no funciona. Pero ¿cuántos habitantes tiene el archipiélago de San Andrés y Providencia? Cincuenta y pico mil, según el censo. Otros dicen que por los menos 80.000. Otros más hablan de 120.000 porque al menos 100.000 fueron al concierto de Jorge Barón en la playa... Mucha gente: según el censo de 1973, la isla tenía 20.000 habitantes, y en 1951, dos años antes de convertirse en puerto libre, apenas 4.000.

En San Andrés nadie parece estar de acuerdo con nadie. Y menos de acuerdo se ponen cuando se toca el álgido tema de los raizales y los 'pañaman', como llaman los isleños a quienes llegaron del continente. Que contratan trabajadores del interior y no les dan trabajo a los isleños, que los isleños trabajan la mitad y cobran el doble... Además, ¿quiénes son los verdaderos raizales? En San Andrés son muy frecuentes combinaciones de apellidos mestizos del tipo Álvarez Newball o Hooker Rodríguez.

La vuelta a la isla permite ver varios sanandreses a la vez. El original, con sus casas típicas de madera, algunas que se caen a pedazos, otras relucientes, pintadas de colores vivos. El de los palacetes traquetos devorados por la vegetación. El de jardines casi silvestres al lado de solares donde se oxidan chasises y carrocerías. El de edificios imitación Miami y Bocagrande. El del turismo informal de la Cueva de Morgan y el Hoyo Soplador con ventas de artesanías, cocoloco y derivados de yoni. El de los pequeños hostales escondidos que atraen buceadores y personas que buscan un ambiente de paz lejos del comercio y los recreacionistas.

San Andrés no es el paraíso de la naturaleza prístina y del esplendor de las culturas nativas. La isla padece problemas enormes: desempleo, exceso de población (una densidad de más de 2.000 habitantes por kilómetro cuadrado, tres veces más que Barbados, una de las islas más sobrepobladas del Caribe), escasez de agua potable, disminución dramática del recurso pesquero.

Pero está muy lejos de la imagen de decadencia extrema, invasión de basuras, hoteles en ruina, manglares exterminados, derrames de petróleo en la bahía y economía en recesión. En estos días de temporada baja, San Andrés es un mar de obras. El gobernador Álvaro Archbold señala que se han restaurado las vías, se está terminando un paseo peatonal que une el puerto con el extremo norte de la playa. Poco a poco se ha ido renovando la infraestructura hotelera. El terminal marítimo está en proceso de renovación. En el emplazamiento de la antigua termoeléctrica, tristemente célebre por sus derrames de hidrocarburos y aguas calientes que por poco aniquilan la reserva de manglares de Old Point, se construye el nuevo hospital departamental.

También está casi lista una nueva red de acueducto y alcantarillado, y se prevé la construcción de un emisario submarino que evacúe las aguas servidas de la isla a un sistema de corrientes 500 metros mar adentro, en el flanco occidental de la isla. Ángel señala que en total se han invertido 80.000 millones de pesos adicionales al presupuesto regular del departamento. Además, se proyecta la construcción de un muelle para recibir cruceros, y un centro de convenciones. Según Rodolfo Gallardo, gerente general de San Andrés Port Society, el muelle ya está diseñado y tiene un costo de 500 millones de pesos. Pero antes se debe dragar el canal de acceso y profundizarlo a unos 30 pies para que pueda recibir estas embarcaciones.

Una temporada baja que en realidad no es tan baja. De acuerdo con las cifras que maneja Juan Carlos Osorio, gerente de Cotelco, en la tercera semana de febrero el 52 por ciento de la capacidad hotelera de la isla estaba ocupado, contra 48 por ciento de Cartagena y 12 por ciento del Eje Cafetero. En las playas, decenas de turistas. Los alemanes exhiben con orgullo sus calvas enrojecidas coronadas por franjas de pelo canoso. Los italianos leen Il codice Da Vinci. Los canadienses lucen gorras con emblemas de su país para que no los confundan con gringos... y casi todos con el brazalete del hotel que les ofrece el plan todo incluido. Los isleños tratan de sacarles alguna migaja ofreciéndoles collares, aceite de coco, masajes y trenzas, en las playas; gafas de sol en las esquinas, y bicicletas, motos y carros de golf que alquilan en varios sitios de la zona hotelera.

La isla se debe abrir a un turismo más sofisticado que no sólo busque playa, brisa y mar, sino que también se interese por el buceo, deportes extremos, ecoturismo, y por descubrir la cultura isleña. Ya es posible participar de las cabalgatas y caminatas que organiza Caribbean Horses en la zona de Sound Bay. La ONG Afrosai Women organiza jornadas con familias que muestran las distintas tradiciones (religiosas, musicales, gastronómicas) y la posibilidad de pasar una o varias noches en posadas nativas.

Coralina, la entidad encargada de la conservación y el manejo sostenible de los recursos de la isla, desempeña un papel determinante. En 2000 Unesco declaró a San Andrés como Patrimonio de la Biosfera. Es la primera vez que se le otorga esa categoría a un sitio tan poblado e intervenido. Old Point, la principal reserva de manglares, y Johnny Key ya son parques regionales. No sobra recordar que gran parte del territorio del departamento está en el océano. Para evitar la destrucción de los recursos marinos, Coralina ha delimitado áreas donde está prohibida la pesca, otras donde sólo se permite la pesca artesanal y otras donde no se permite la entrada.

Para Elizabeth Taylor, directora de Coralina, es necesario captar un turismo no necesariamente más masivo, sino un poco más sofisticado, que busque algo más. "San Andrés ya está muy estudiada, agrega Archbold, y lo que necesita es encontrar un tema relacionado con la tranquilidad y los deportes acuáticos". La otra gran apuesta es atraer el turismo de eventos, para lo cual hace falta construir el centro de convenciones.

Pero también hace falta consolidar un comercio especializado que ha comenzado a tomar forma. Los almacenes rediseñan sus vitrinas, se especializan en productos y marcas, y aún hoy muchos de ellos resultan mucho más baratos que en el resto del país, como por ejemplo dulces y chocolates, perfumes y licores. Como señala Randy Bent, director ejecutivo de la Cámara de Comercio de San Andrés, el fuerte de la isla (televisores, equipos de sonido) dejó de ser competitivo, pues ya no son 80 sino apenas 20 por ciento más baratos que en el continente.

El gran cuello de botella de San Andrés es el transporte. Salvo un vuelo diario de Copa que llega de Panamá, la isla está casi aislada del resto del mundo. Cada semana aterriza un chárter de Canadá. Los cruceros llegan esporádicamente y fondean frente a The Cove, pero los turistas sólo pueden bajar a la isla si el mar no está picado. Varios de los entrevistados consideran que San Andrés necesita que al menos lleguen cuatro cruceros semanales y por eso insisten en la necesidad de que sea dragado el canal de acceso al puerto.

Muchos proyectos e ideas por debatir, muchísimos problemas por resolver. Pero lo importante es que el encanto de la isla aún sigue intacto. Para sentirlo basta caminar por las onduladas calles de La Loma con sus casas separadas unas de otras por jardines, solares y huertos; sentarse en una esquina a oír a dos o tres isleños que discuten en creole; caminar por los senderos que conducen de Sound Bay a Pepper Hill, de La Loma a la laguna de Big Pond; escuchar los himnos religiosos que salen de alguna de las iglesias bautistas; basta algo tan sencillo como ver el mar de seis colores desde lo alto de cualquier colina, verlo por última vez desde la ventanilla del avión que acaba de despegar.

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