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| 3/6/2017 4:48:00 PM

Masacre en un bar de Fontibón: ¿robo o venganza?

Las autoridades se debaten entre las dos versiones, contrariadas por la sevicia con la que se ejecutó el asesinato de cuatro personas. Los vecinos describen a los muertos como gente amable y sin enemigos.

Los habitantes del barrio San José, en Fontibón, intentaban regresar a la calma pero el ambiente seguía extraño. Los transeúntes paraban frente a la puerta del bar Oxígeno para señalarlo como el lugar de la masacre. Los voceadores de prensa hacían su agosto. Cada vecino quería comprar el periódico Q‘hubo, donde el relato de los hechos del día anterior ocupaba la primera plana. "Lleve la prensa con la noticia de Fontibón", gritaba uno de los tres voceadores que, desde las 5 a.m., recorrían las calles aledañas con un bulto de periódicos encima.

Mientras las actividades normales en el barrio se encauzaban, los investigadores de la Sijín analizaban la escena del crimen, a la par que en los laboratorios de Medicina Legal estudiaban los cuerpos. Los agentes de la Policía Metropolitana ven dos hipótesis posibles sobre los móviles de la masacre: hurto o venganza. La primera está sustentada en que el dinero de las ventas del bar desapareció. La segunda se cimenta en la sevicia con que ejecutaron el crimen, y en el hecho de que algunos objetos de valor no fueron hurtados.

Por ahora, la atención de los investigadores está concentrada en recolectar todas las pruebas posibles. Este lunes, en compañía de los hermanos del dueño del bar, entraron al negocio a recorrerlo una vez más. Pese a los años que algunos llevan atendiendo homicidios, los agentes no pudieron evitar sorprenderse ante la brutalidad de la escena que encontraron en el segundo piso del edificio, donde funcionaba la discoteca.

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La masacre ocurrió en la madrugada del domingo pero solo fue descubierta al mediodía. En la mañana, Virgelina Olaya fue la primera en alertarse. Ella trabajaba como niñera en la casa de los dueños del negocio y era la madre de uno de los meseros. Cuando notó que no habían llegado al amanecer, como solían hacerlo cada domingo, llamó a uno de los hermanos de su jefe, quien se desplazó hasta el bar y, al no poder entrar, llamó a la Policía. Con los uniformados descubrió la dolorosa escena.

Franklin Caicedo, el dueño del bar, había salido de Bocas de Santinga (Nariño) hace 10 años. En la ciudad conoció a Graciela Trujillo, procedente del Huila. Se casaron, abrieron la discoteca y tuvieron dos hijos. Y de la mano de ella llegó Dúver Trujillo, su primo de 18 años, quien trabajaba con ellos desde hace un mes. Él y Luis Córdoba, un joven chocoano, eran los meseros. Todos fueron asesinados con armas blancas. Los policías los encontraron tirados en el suelo, con las manos atadas. Y en un sofá, recostado y malherido, estaba José David, el DJ de la discoteca, un muchacho de 18 años que llegó hace poco desde Venezuela.

Las mesas y las sillas del local estaban ordenadas y había productos de aseo regados por el local. El ataque se produjo hacia las 3:00 de la madrugada, cuando el bar cerró sus puertas y los empleados hacían la limpieza y cuadraban las cuentas de las ventas del sábado, en el que el bar, hacia la medianoche, alcanzó a estar a tope de clientes.

Los vecinos dicen que no percibieron nada extraño en la madrugada del domingo. El sector es solitario a esas horas, cuando los clientes de los bares que pululan a lo largo de tres cuadras ya se han ido. Eso sí, los habitantes del San José siguen asustados con la noticia. La violencia allí no había pasado de las esporádicas peleas de borrachos y de los hurtos de bicicletas.

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Los investigadores ya tienen en su poder algunos videos de las cámaras de seguridad, y están buscando más, los de las rutas de acceso y salida del sector. Eso sí, la pieza clave para resolver el caso estaría en los testimonios del único sobreviviente, quien intenta recuperarse de las 17 puñaladas que recibió, mientras la Policía lo custodia en un hospital.

Para algunos investigadores, la crueldad del ataque, y el hecho de que objetos como el computador del negocio no hayan sido hurtados, indican que la masacre pudo tratarse de un ajuste de cuentas. Sin embargo, en el barrio coinciden en que "los caleñitos", como conocían a la pareja, no tenían líos con nadie, que eran gente amable, aunque poco se relacionaban con los vecinos. En ese mismo sentido, sus familiares dicen que la pareja no había recibido amenazas.

Sus amigos más cercanos, los propietarios de los bares del primer piso del edificio, llegaron muy temprano al lugar. Se abrazaban entre ellos y, claramente afectados, decidieron no abrir las puertas de sus negocios ni tocar el tema con extraños. Apenas hablaron para pedir que las autoridades atrapen rápido a los asesinos.

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