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| 3/20/2008 12:00:00 AM

Masas y poder

¿Qué significan para Colombia las gigantescas manifestaciones de los últimos meses?

Los colombianos parecen haber descubierto en carne propia que no hay grupo armado ni gobierno más poderoso que el pueblo mismo. El 16 de marzo pasado, los artistas convocados por Juanes a un concierto en la frontera colombo-venezolana le dieron un nuevo impulso al sentimiento civilista que se viene cocinando a fuego lento entre la gente desde el 4 de febrero (4F).

Ese día, por primera vez, más de dos millones de personas se volcaron a las calles de las principales ciudades para protestar contra la violencia de las Farc. Las infames condiciones de cautiverio que están sufriendo los secuestrados, y que se conocieron por las pruebas de supervivencia, tocaron por fin la conciencia humanitaria de una sociedad que ha convertido la guerra en parte del paisaje de su cotidianidad. Una sociedad pujante que seguía adelante pero con resignación e impotencia frente a la barbarie. La marcha se convirtió en un acto histórico de rechazo no sólo a las Farc, sino a todos los victimarios.

Ese valor civil se volvió a manifestar un mes después, en la marcha del 6 de marzo (6M). La protesta fue convocada para recordar que no sólo las guerrillas han desangrado al país, sino que los paramilitares han dejado su huella indeleble de ignominia, y hasta miembros del Estado han violado los derechos humanos. En realidad, esta manifestación del 6M se convirtió en un masivo respaldo a las víctimas, y en un espacio para hacerlas visibles, ya no para llorar con ellas, sino para reivindicar sus derechos.

El nuevo capítulo de este despertar del pueblo se vivió en Cúcuta, con el concierto Paz sin fronteras. La idea del concierto nació en medio de la peor crisis regional, en la que no se descartaba un incidente militar, ni un escenario de guerra entre Colombia y Venezuela, Ecuador y Nicaragua. Aunque la crisis se había conjurado por el camino diplomático, Juanes y los demás cantantes reconocieron que sigue habiendo una situación tensa y un complejo juego de intereses políticos y geoestratégicos entre los países. Por eso reafirmaron, con canciones, la necesidad de poner por encima de las diferencias de los gobiernos, la histórica afinidad y el afecto entre pueblos que hablan una misma lengua, tienen una historia común y los mismos problemas. El telón de fondo de toda la crisis también es la larga y triste guerra interna colombiana.

Resultó especialmente significativo que Fernán Martínez, el empresario de Juanes, llamara personalmente al presidente Álvaro Uribe y le pidiera que no asistiera al concierto, menos aun con todos los ministros y el alto mando militar. El interés de los artistas, como lo ratificaron Juanes, Miguel Bosé, Alejandro Sanz, José Fernando Velasco y los demás cantantes era hacer un acto eminentemente ciudadano, civil, en el que no se tomaba partido por ninguno de los gobiernos de la región. Creado para mantener viva la llama de la sensatez en la gente de estos países.

El concierto fue un hecho histórico. Como dijo ese día monseñor Luis Augusto Castro, "la música ennoblece el corazón humano". Si bien ni las canciones ni las marchas paran la guerra, sí hacen parte de la creación de una conciencia colectiva que en el largo plazo moldea la política y el destino de los pueblos mucho más de lo que los mismos gobernantes creen.

La política y la cultura, aunque caminan a ritmos diferentes, se condicionan mutuamente. Sólo cuando las sociedades empujan con su espíritu vienen las grandes transiciones políticas. Y al revés, los grandes hitos de la política desencadenan con frecuencia manifestaciones colectivas impredecibles.

Basta recordar cómo el mundo bipolar y restringido por la geopolítica de la guerra fría desencadenó un movimiento libertario y contracultural como el del Mayo del 68, que nació en Francia y que tuvo expresiones en todos los continentes. Este movimiento de jóvenes rebeldes e idealistas que salieron en masa a la calles terminó cimentando los pilares de la sociedad moderna, como los derechos civiles y políticos o la lucha por la igualdad de género. La revolución sexual, el gran movimiento por los derechos de los negros, el surgimiento del ambientalismo y hasta la emancipación del rock - cuyo gran templo fue Woodstock- fueron fruto de unas sociedades que encontraron su voz política por fuera de los partidos. Y, casi siempre, en la calle.

¿Está ocurriendo algo así en Colombia? Posiblemente. Las marchas y el concierto de la frontera le han devuelto a la gente el sentimiento de que la acción colectiva tiene un poder que no tienen ni los partidos, ni los ejércitos, ni los gobiernos. En el país, las manifestaciones siempre ha estado mediadas por las organizaciones y los grupos de presión como los sindicatos o los maestros. Muchas huelgas y paros cívicos realizados en los años 70 y 80 estuvieron liderados por poderosos sindicatos, por partidos políticos o, en el peor de los casos, por organizaciones armadas. Vino a ser en los años 90 cuando se creó un movimiento de resistencia contra la guerra, alentado por organizaciones civiles.

Primero, los indígenas que ligaron esta resistencia a la defensa de sus territorios y su cultura. Luego los estudiantes, a comienzos de los 90, con su movimiento de la séptima papeleta, quisieron presionar un cambio luego de la 'época del terror' de finales de los 80 y el magnicidio de Luis Carlos Galán por parte de la mafia. Y lo lograron: la Constitución del 91. Luego nació un vigoroso movimiento por la paz, promovido por instituciones con mucho peso en la vida nacional, como la Iglesia, o por coaliciones de ONG, como ocurrió con el Mandato por la paz hace una década.

Sin embargo, hay mucho trecho entre las marchas de los 90 que culminaron en una papeleta electoral de respaldo a una negociación política y, por ejemplo, la marcha que se tiene planeada para junio en la que se busca el rescate civil de los secuestrados.

La diferencia esta vez es que la movilización es más espontánea, más pluralista, más masiva y, también por eso, más ciudadana. Es una acción colectiva más promovida por los medios de comunicación que por los partidos, o los grupos de presión o las ONG. Es una expresión ciudadana más libre e incluyente, pues cada cual sale a marchar con sus propias consignas; y lo que es más importante, completamente pacífica. El ciudadano del común que sale a marchar se siente protagonista de un destino común, hace parte de un entorno que quiere cambiar, siente que tiene una voz en la sociedad y asume una conciencia ciudadana que quiere expresar. Es, aunque no lo sepa y no lo reconozca, un ciudadano político. Y ese es un avance importante para una democracia: que sus ciudadanos asuman una conciencia sobre su papel en la sociedad y el fututo común.

La pregunta, no obstante, es si este nuevo espíritu de reivindicación ciudadana sobre lo colectivo confluirá en algún tipo de proceso político que signifique un quiebre histórico. Es decir, si nuevos liderazgos y tendencias políticas sabrán leer el significado de lo que está ocurriendo y se impulsan propuestas que interpreten esta sed de participación y protagonismo que ha demostrado tener el ciudadano de la calle. La pregunta de fondo es si se pasó de una dimensión cívica y ciudadana de solidaridad, sensibilidad y rechazo, a una dimensión política, menos emocional y espontánea, que canalice a través de grandes propuestas y nuevos liderazgos ese sueño de futuro que están expresando los colombianos, de manera ejemplar, con rabia, dignidad y canciones.
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