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| 4/9/2011 12:00:00 AM

Matar al cantor

Una generación de jóvenes raperos que cantan contra la violencia en la Comuna 13 de Medellín está siendo asesinada. Cinco de ellos fueron asesinados en el pasado año y medio. El último fue 'Yhiel'.

Y también mataron a 'Yhiel'. Este muchacho de apenas 17 años, recién graduado del colegio, se llamaba Daniel Alejandro Sierra. Encontró la muerte el sábado 26 de marzo a las 7:30 de la noche en el barrio Antonio Nariño, de la Comuna 13 de Medellín. Hacía parte de la agrupación de rap Ruta Difusa, integrada por cuatro jóvenes que, como muchos en esa zona, prefirieron ponerse a cantar que dar los malos pasos en los que están cayendo tantos otros de su edad.

'Yhiel' fue el quinto rapero asesinado en la comuna desde agosto de 2009, y era el representante de un fenómeno casi desconocido fuera de las empinadas calles de estos barrios asolados por todas las violencias desde hace más de veinte años. Se trata de los grupos de hip hop y de rap que nacieron y se multiplicaron, cantando contra las armas y por la paz, durante las controvertidas operaciones Orión y Mariscal, con las que el incipiente gobierno de Álvaro Uribe convirtió la Comuna 13 en un campo de batalla, para erradicar a las milicias de las Farc y el Eln.

Desde 2004, 'Yhiel', 'Jecco', 'HT' y 'Mara', estudiantes de bachillerato en el colegio Guayacanes, del barrio El Socorro de la Comuna 13, encontraron un referente en los raperos que veían cantar por ahí, en las calles. "Nos antojamos de las canciones como las de ellos, que con un ritmo pegajoso le decían no a la guerra y sí a la libertad", cuenta 'Mara', quien hoy tiene 18 años y está terminando el bachillerato. Entonces formaron el grupo Ruta Difusa, que se llama así porque "todas las personas tienen un camino, pero algunos no logran verlo bien para sacarle el mejor provecho". Buscan ayudarles a los jóvenes a enfocar ese borroso sendero. Fieles a lo que querían hacer con su grupo, crearon sus canciones con letras que señalaban los problemas que viven en sus barrios.
 
"Este es el sufrimiento, el llanto de la comuna, por causa de la violencia, no hay seguridad alguna", cantan los jóvenes de Ruta Difusa.

Sus letras hablan de tiempos de guerra, que siguen siendo su presente. El 24 de agosto de 2009, mataron a Héctor Enrique Pacheco, 'Colacho', un joven cantante de hip-hop.
 
Días antes, había tomado el micrófono en un evento de la Alcaldía en el Parque Biblioteca San Javier para invitar a los jóvenes de la comuna a que reemplazaran las armas con la música.

El 3 de julio de 2010, Andrés Medina, del grupo Son Batá, recibió varios disparos, a las 6:30 de la mañana, y murió también. Un mes más tarde, el 5 de agosto, acabaron con la vida de Marcelo Pimienta. 'Mc. Chelo', como le decían, era uno de los fundadores de Esk-lones, uno de los grupos de hip hop más reconocidos en la comuna. El 13 de marzo, otro miembro del grupo, David Romero, 'el Gordo', abrió la puerta de su casa al oír que tocaban, solo para recibir varios disparos que segaron su vida.

El secretario de Gobierno de Medellín, Felipe Palau, descarta la hipótesis de que los homicidios sean consecuencia de las actividades culturales de estos muchachos. "Lo que pasa con ellos es que son personas destacadas en la comunidad y por eso se hacen tan visibles sus muertes", explica. Jeison Castaño, de 25 años, cantante de hip hop y líder juvenil que conocen también como 'Jeihhco', cree lo mismo. "Nosotros tenemos los riesgos de siempre, que son los que puede tener cualquier joven de Medellín". Riesgos muy altos: entre enero de 2009 y febrero de 2011, fueron asesinados en la ciudad 1.982 jóvenes entre los 11 y los 25 años.

Todos ellos son hijos de una generación que ha vivido la mayor parte de sus días con riesgo de muerte al caminar por las empinadas calles que rodean la ciudad. Pero esa violencia que desde los ochenta azota a Medellín también sembró en los barrios periféricos una generación de valientes jóvenes convencidos de que el canto suena más duro que los disparos.

Nacieron cuando empezaban a asomarse a sus barrios los narcotraficantes, que convirtieron a muchos en sicarios. Les vendieron el sueño de hacer dinero fácil y la idea de que la vida poco vale. Más tarde, aparecieron las milicias de las Farc, el Eln y los Comandos Armados del Pueblo. "Cuando yo era niño, lo que veía en las esquinas por donde pasaba para ir a la escuela eran hombres armados", recuerda 'Jeihhco'. Los milicianos, que todos reconocían por su modo de caminar o sus ademanes, pese a sus capuchas, lograron imponer su orden armado.

El presidente Álvaro Uribe quiso acabar esa hegemonía, en 2002, con las operaciones Orión y Mariscal, que convirtieron la comuna en un campo de batalla y generaron numerosas denuncias por violaciones a los derechos humanos. Paralelamente a la ofensiva militar del Estado tuvo lugar otra, que pocos conocen fuera de la comuna: la operación Élite Hip Hop. Fue un concierto que los jóvenes cantantes llamaron 'En la 13, la violencia no nos vence'. Esa fue la semilla de un rechazo a las armas emprendido por muchachos que empezaron a sentir que el ruido de los disparos debía acabarse.

Sin embargo, tras las operaciones militares y la expulsión de las milicias de la guerrilla, aparecieron con toda su barbarie los 'paras' del bloque Cacique Nutibara y del frente José Luis Zuluaga, del Magdalena Medio, y los incipientes raperos tuvieron que agachar la cabeza… hasta que, en el marco de las desmovilizaciones paramilitares, entre 2004 y 2006, los artistas tomaron impulso definitivo.

Una goma de rap y hip hop se tomó la comuna, y la música, los conciertos y los grupos de muchachos cantando con grabadora en mano se volvieron parte del paisaje callejero. Desde la Asociación Cristiana de Jóvenes se creó la organización La Élite, una red de agrupaciones de hip hop que promueve la creación de grupos musicales de este género y de rap. Un ala de La Élite conformada por jóvenes afro creó el colectivo Son Batá, que promueve el baile y el canto de la música del Pacífico. El objetivo común es evitar que los muchachos de la comuna caigan en la ilegalidad.

La cantidad de grupos de rap y hip hop no para de crecer. Actualmente hay más de 60, de las cuales 25 se agremian en La Élite, mientras Son Batá tiene cerca de 80 integrantes y en sus escuelas de arte participan 200 jóvenes.

Cada grupo elabora las canciones en un ejercicio de debates, acuerdos y decisiones. Comienzan por discutir el tema al que le van a cantar. Después, cada muchacho escribe lo que quiere decir al respecto y le da su ritmo. Luego exponen las letras, debaten qué les gusta, qué no, argumentan y depuran el contenido de la canción hasta dejar una pieza con la que todos se sientan a gusto. Tal vez sin premeditarlo, cada grupo musical vive una experiencia democrática y de tolerancia, cosas de las que poco saben los que usan las armas. Pese a todo, no llega la calma. Las noticias siguen impactando, más cuando hablan de muertes de los jóvenes pacifistas o muchachos de bien que, como la mayoría de los de su generación, sí nacieron pa' semilla.

Hoy, los que asesinan son al menos 40 combos, muchos de ellos ligados a las llamadas bandas criminales, que se disputan el control después de la desmovilización paramilitar. El Estado aspira a proteger a los 134.000 habitantes de la comuna con 800 policías y 300 soldados. Los dos últimos gobiernos de Medellín han hecho inversión social allí por casi 700.000 millones de pesos. Gestores culturales tratan de ofrecerles alternativas de legalidad a los jóvenes. Pero la violencia sigue tocando su macabra tonada.

La nota más reciente fue la muerte de Luis Eduardo Sierra, de 18 años, uno de los 100 mejores bachilleres de Medellín en 2010. El pasado miércoles 6, a las 5:30 de la tarde, después de dejar unos libros en la biblioteca de su barrio La Loma, en la comuna, fue asesinado de cinco disparos mientras caminaba hacia su casa, como todos los días. Nadie sabe por qué lo mataron. Otra víctima inocente que se añade a lista de los 2.000 muchachos asesinados impunemente en Medellín en los últimos dos años.
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