Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/03/04 00:00

Matar, rematar y contramatar

SEMANA viajó a Puerto Rico, Caquetá, y Rivera, Huila, donde se produjeron las dos masacres de las Farc. La guerrilla está cambiando sus tácticas y el Estado aún no parece tener clara la contraofensiva.

Nueve concejales de Rivera, Huila, fueron masacrados por un comando de 10 guerrilleros de la Columna Móvil Teófilo Forero de las Farc. Con este tipo de acciones la guerrilla busca no sólo sabotear el período electoral, sino doblegar a los políticos locales que no se someten a sus reglas

El miércoles de ceniza, como siempre en los últimos días, una caravana de carros empezó a formarse frente al Batallón Liborio Mejía, en Florencia. En la vanguardia había dos camiones llenos de soldados armados hasta los dientes que apuntaban sus fusiles y metralletas hacia la destrozada carretera de 150 kilómetros que lleva hasta San Vicente del Caguán. Detrás, varias mujeres y niños soportaban el calor y la humedad dentro de un destartalado bus, del que colgaban canastos y bultos por los cuatro costados. Los conductores de una decena de camioncitos, la mayoría vetustos, terminaban de ajustar sus cargas de legumbres y otros comestibles. En varios corrillos, hombres con rostros tensos hablaban entre sí sobre la situación, a la espera de que el coronel Roberto Perdomo diera la orden de arranque. Diez días atrás, las Farc decretaron un paro armado en todo el sur del país. El miedo se reflejaba en sus rostros. Se sentían camino al cadalso. "La extrema necesidad me hizo viajar", dice un hombre de 50 años, de ojos azules, y que dice ser líder comunitario de San Vicente del Caguán. Lo pensó durante más de tres días, antes de embarcarse. Pero las dificultades económicas que está pasando su familia lo llevaron a desafiar la orden de los guerrilleros y tomar una carretera donde otros han encontrado la muerte. Pocos se atreven a viajar fuera de las caravanas que organiza todos los días el Ejército.

Los rumores están exacerbados. Se dice que las Farc atacarán a la caravana y todos los que se sumen a ella. Los conductores han optado por tapar sus placas, con la esperanza de no ser reconocidos. Y en la terminal de transporte los taxistas han decidido que por ningún motivo viajarán.

Cuatro días atrás, una buseta llena de civiles, que salió de San Vicente del Caguán hacia Florencia, fue baleada de frente por un grupo de guerrilleros de las Farc, en las afueras de Puerto Rico. Murieron nueve personas. Trece quedaron heridas. Cuatro, ilesas de milagro. Todos, gente humilde de la región. Después de disparar sin piedad sobre la buseta, los asesinos regaron gasolina sobre ella y uno de los muchachos, que ni siquiera es mayor de edad, lanzó una mecha encendida, que cayó en el cuerpo de uno de los viajeros. El hombre logró botarla lejos, aunque ya tenía sus piernas y brazos encendidos. Rodó a lo largo del rastrojo para apagarse. Así salvó su vida. El conductor de la buseta, que prácticamente fue obligado por los pasajeros a emprender el viaje, se convirtió en uno de los testigos clave de este crimen atroz. Al día siguiente, enfundado en un disfraz de sombrero y gafas oscuras, fuertemente escoltado, apenas tuvo tiempo de recoger a su familia y salir para siempre de su pueblo.

Esta y todas las historias de horror han hecho que quienes van en la caravana se sientan como parte de un cortejo fúnebre. Nadie se explica por qué la guerrilla se ensañó con un grupo de civiles. Las respuestas más fáciles dicen que fue un escarmiento para que todos supieran que el paro era de verdad. Las más truculentas, que no obedecieron la voz de pare, y otras aun más increíbles, que entre los pasajeros había militares.

Horas después del ataque, la Policía detuvo a nueve muchachos que estaban jugando fútbol en una cancha contigua al lugar de los hechos y a quienes los heridos señalaron como culpables. Muchos en Puerto Rico, donde ocurrió la tragedia, dudan que estos sean guerrilleros. "Son trabajadores que todas las tardes venían allí a jugar", dice un vecino del lugar. Si son responsables, entonces son milicianos despiadados. Si son inocentes, quizá el miedo los ha paralizado tanto que terminaron siendo testigos mudos de un crimen de lesa humanidad.

Durante los primeros kilómetros, el miedo es menos intenso, pero a medida que la montaña se cierra, los músculos de todos se contraen. El límite para entrar en la parte más peligrosa es Doncello, un municipio que estuvo azotado por las Farc por años, hasta cuando llegaron los paramilitares. "La verdad es que mataron a muchos milicianos, dice un comerciante. Después vinieron la Policía y el Ejército, pero ya el trabajo estaba hecho", agrega. En este pueblo el paro no ha funcionado. El comercio está completamente abierto y los muchachos con uniforme atestiguan que los colegios siguen en clase. A pesar de todo, las Farc siguen allí. "Cada año nos toca ir hasta la vereda Berlín a negociar la vacuna. A uno le mandan la razón, y cuando uno arranca para allá, se va encontrando con todo el mundo en el camino". Según este comerciante, la guerrilla extorsiona a ricos y pobres. Todo el mundo paga porque las Farc le da una comisión del 20 por ciento al que le lleve otro 'cliente' susceptible de ser 'vacunado'. Hay muchos en el pueblo que viven de eso. Los demás, están hartos.

Al salir de Doncello, empieza la carretera del miedo. Cinco cráteres de más de un metro de longitud al lado de la vía son apenas una pequeña muestra de la cantidad de minas que hay sembradas a lado y lado. Más adelante, en la copa de un árbol, se ve colgado un pedazo de lona, último vestigio de un camión de la Policía que voló por los aires hace años, durante una emboscada. Y así la gente va señalando sitios: allí secuestraron a Íngrid, acá acribillaron a dos del CTI y más allá mataron a los Turbay. La guerra no ha tenido tregua en ese tramo.

Veinte minutos después está Puerto Rico, el municipio más afectado por el paro armado. No hay ni un solo local abierto. Las calles están desiertas. En la mañana, el alcalde, en un arrebato de desespero, cogió las llaves de la plaza de mercado y junto con la Policía se fue y la abrió, desafiando a las decenas de milicianos que merodean el pueblo. Durante 20 minutos nadie se atrevió a entrar a la plaza. Luego de que un valiente abrió su tienda y empezó a vender, la gente se volcó a comprar lo poco que quedaba en los estantes.

La infiltración de la guerrilla en este municipio se siente. Varias mujeres se pasean en bicicleta vestidas de civil. "Se nota que son guerrilleras por el pelo: opaco y esponjado. No usan champú", dice un habitante.

Cada día, la caravana que parte de Florencia llega hasta Puerto Rico, y allí se encuentra con otra que viene desde San Vicente del Caguán. El miércoles esta segunda caravana no había llegado. Después se supo que fue hostigada por las Farc. El temor creció en San Vicente del Caguán. "Estamos confinados", dice un habitante del que otrora fuera corazón de la zona de distensión. Y se pregunta: "¿Por qué si les prestamos el pueblo para los diálogos ahora nos hacen esto?".

San Vicente, como todo el norte de Caquetá, era hasta hace cuatro años zona de control casi absoluto de los guerrilleros. Hoy es un territorio en disputa. Eso explica la zozobra. Cada día hay pequeñas balaceras. La gente teme una toma del pueblo. Se habla de reclutamientos forzados a niños en la zona rural, y los asesinatos selectivos se han vuelto a disparar. Por eso la orden de confinamiento de los guerrilleros ha sido acatada sin reparos. Para contrarrestar el efecto del paro, en días pasados un general les dio a los pobladores de la región una solución salomónica: "Apaguen los celulares y así no reciben amenazas".

A las 3 de la tarde, cuando la caravana se disponía a regresar a Florencia, el coronel recibió un reporte: "No hemos arrancado y ya se detectó una comunicación de gente del pueblo avisándole a la guerrilla que estamos a punto de salir", dice con tristeza.

Las redes de informantes de las Farc funcionan mucho mejor que las del Estado. Los milicianos se han convertido en un enemigo invisible, mimetizado en una población paralizada por el miedo. Se nutren de la extensa red de familiares, vecinos y amigos que tienen. Los guerrilleros, a diferencia de los policías y los soldados, nacieron y crecieron en la región. A eso se le suma que los jóvenes no tienen mucho más que hacer en un pueblo cuya economía, la coca, desapareció a cambio de nada. Los pobladores obedecen hasta las peticiones más absurdas. Hace algunos meses, el Ejército mató en combate a tres guerrilleros. Uno era el hermano de 'Diván', el comandante de la quinta compañía de la Teófilo Forero, a la que se le atribuye la masacre de la buseta. Pasaron varios días sin que nadie reclamara al muerto, hasta que una mujer llegó llorando a implorar que le dieran los restos del que dijo era su familiar. La falsedad de su llanto era tan obvia, que generó suspicacias entre las autoridades. Cuando la mujer se sintió atrapada en la mentira, confesó que la guerrilla la había obligado a venir como plañidera, para recuperar el cadáver del hermano del comandante.

Mientras las Farc han consolidado en estos años un movimiento miliciano fuerte, que se siente en casi todas las cabeceras municipales, la inteligencia de la Fuerza Pública es débil. En parte porque hay poca continuidad de los comandantes y patrulleros en la zona. La falta de confianza también viene de hechos violentos que han quedado grabados en la memoria de la gente. Hace un año, en Puerto Rico fueron masacrados los concejales. Un comando de la columna móvil Teófilo Forero entró y disparó indiscriminadamente contra ellos, que sesionaban a 20 pasos de la garita de Policía. La investigación judicial no ha determinado cómo pudo ocurrir aquello en las narices de la Policía y el Ejército. Pero dos cosas están claras: las Farc querían controlar el presupuesto del municipio y ni el Concejo ni el alcalde le estaban funcionando. Y segundo, las Farc tuvieron información muy de adentro para lograr hacer un ataque tan sorpresivo y contundente. La masacre del Concejo de Puerto Rico era el anuncio de lo que se vendría en otros municipios. Esta semana se repitió, de manera idéntica, en Rivera, Huila.

Puro terrorismo

Rivera está ubicado en una zona que, por montaña, conecta con el Caguán, la región inexpugnable donde opera la columna móvil Teófilo Forero. Aunque este pueblo de casas coloridas y techos con enredaderas aparenta calma, se sabe de la presencia de milicianos y pistoleros de las Farc. Hace un poco más de un año mataron al alcalde y a dos concejales. Estas muertes no son gratuitas. Tanto en Puerto Rico como en Rivera, muertes selectivas de concejales habían precedido la masacre. Los asesinatos son acciones de 'castigo' contra los que osan actuar fuera de la órbita de las Farc, y de escarmiento para los demás. Y de paso, buscan debilitar la ya frágil gobernabilidad local.

El indicio de que algo así estaría sucediendo es que días antes de esta masacre los concejales se reunieron, de manera inusual, en la zona rural. Con el argumento de descentralizar sus sesiones, visitaron Ulloa, un corregimiento con mucha influencia insurgente. Organismos de inteligencia consideran que allí se habrían enterado los guerrilleros sobre la sesión que se realizaría en el hostal Los Gabrieles, un sitio al aire libre, en las afueras del pueblo, que se comunica por varios caminos con la zona montañosa.

Sin embargo, entre familiares, e incluso algunas autoridades hay la sospecha de que los verdugos fueron informados por alguien demasiado cercano al concejo sobre la hora y lugar de la reunión, puesto que hubo cambios de último momento. Los investigadores no descartan que, en este tipo de ataques (Puerto Rico y Rivera), la Teófilo Forero esté usando la macabra táctica que estrenó en el ataque al club El Nogal: usar a alguien de adentro para lograr información, sin darle detalles sobre la acción militar que cometerían.

Las dos masacres de la semana pasada revelan que las Farc están empeñadas, parafraseando a la antropóloga María Victoria Uribe, en matar, rematar y contramatar.

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