Martes, 16 de septiembre de 2014

| 2012/04/30 00:00

Matoneo escolar: ¿hasta cuándo?

por Silvia Carmargo, editora de Vida Moderna de SEMANA

Aunque el niño de Itagüí murió a causa de una infección, la golpiza de la que fue víctima volvió a poner sobre la mesa el tema del matoneo en los colegios. Los expertos señalan que es un hecho intolerable.

A Jhon Alexander Larrahondo, un niño de 12 años del colegio Los Gómez de Itagüí, el pasado 16 de abril lo esperaron tres compañeros a la salida de clase. Lo arrinconaron y le dieron una golpiza porque Larrahondo los habría denunciado por maltratar a otra compañera. En los días siguientes al incidente, su madre lo notó bajo de ánimo pero él no le confesó lo ocurrido porque sus agresores lo amenazaron con repetir la paliza si volvía a hablar.

La historia que se ha podido reconstruir hasta ahora señala que a pesar de las advertencias, él le contó a una de sus profesoras lo que había pasado. La salud de Larrahondo siguió empeorando. Tenia las piernas hinchadas y se sentía mal, por lo cual su mamá lo llevó al médico, donde por fin tuvo la fuerza para revelar lo ocurrido. De ahí en adelante empezó el vía crucis de Jhon Alexander por diferentes centros médicos: el Hospital del Sur, luego la clínica León XIII y finalmente la clínica El Rosario, donde murió el lunes pasado.

Los medios, sin mayor información, de inmediato relacionaron el hecho con matoneo, y cuando se conoció la noticia, el país en pleno repudió lo sucedido. El ministro de Justicia, Juan Carlos Esguerra, señaló que había que enfrentar el problema en conjunto; la ministra de Educación, María Fernanda Campo, advirtió que el matoneo era uno de las mayores problemáticas del sector educativo y la sociedad en general se indignó pues el caso sería la gota que rebosaría la copa de una situación que todos creen ha ido en aumento y que se le está saliendo de las manos a las familias y a los colegios.

Según Enrique Chaux, investigador de la Universidad de los Andes, uno de cada cinco escolares son víctimas del matoneo. Otro estudio del mismo plantel, hecho entre 55.000 estudiantes de 589 municipios del país, encontró que el 29 por ciento de los alumnos de quinto y el 15 por ciento de noveno manifestaron haber sufrido algún tipo de agresión física y verbal.

Al final de la semana, la historia dio un giro diferente cuando se conoció el dictamen del Instituto de Medicina Legal, en el que los peritos concluyen que el niño murió por causas naturales y no producto de la tunda que le habían propinado sus agresores. Aparentemente una infección crónica del fémur provocó una sepsis (infección generalizada en el cuerpo) que llevó a su fallecimiento. Pese a lo anterior, en algunos medios se sugirió que la golpiza podría haber agravado su condición. Sin embargo, los expertos comprobaron que hubo "ausencia de trauma reciente" en su informe.

También fue motivo de especulación si Larrahondo era víctima de matoneo escolar, es decir, de un acoso físico o psicológico continuo o si se trató de un simple acto de violencia.

Sin conocer los detalles de esta triste historia, lo cierto es que este joven puso en la palestra pública el debate sobre cómo controlar la violencia escolar, en la cual se incluye el matoneo o 'bullying'. De hecho en este caso hubo un acto de agresión, que aunque pudo no causarle la muerte a la víctima, es suficiente para prender las alarmas. "Que tres niños arrinconen a otro y lo golpeen por denunciar un caso de violencia es algo reprochable y no debería ocurrir, pues a esa edad deberían estar aprendiendo en su casa y en el colegio que esa conducta no está bien porque genera daño en otros", dice Chaux.

Para la psicóloga María Elena López, el caso del niño, haya sido 'bullying' o no, es una expresión de violencia entre pares que denota una grave descomposición social. Lo mismo opina Angélica Vélez, presidenta de la Corporación Nueva Gente de Itagüí, quien cree que la historia es prueba de que persiste la cultura de resolución de conflictos por medio de la agresión.

La responsabilidad del tema recae en toda la sociedad, desde la familia hasta el Estado. Y aunque no hay que señalar culpables, según López "cada actor debe asumir el deber que le corresponde". El papel de los padres, explica, es crucial pues son los primeros educadores y tienen la obligación de enseñar a sus hijos valores como la tolerancia, el respeto a la diferencia, así como establecer límites y darles amor y reconocimiento. Este tipo de enseñanzas previene no solo el surgimiento de agresores sino también vacuna a las futuras víctimas de sus actos.

Hay que apreciar el esfuerzo del Ministerio de Educación por promover un proyecto de ley que busca la prevención, la orientación y la rehabilitación de los niños víctimas de la violencia, especialmente del matoneo.

Pero con el caso de Larrahondo se notó una falta de conocimiento generalizado sobre el tema. Diferenciar el matoneo de la violencia escolar es importante porque, según Chaux, tienen características propias y tratamientos distintos. Explica que cuando los conflictos son bien manejados y hay mediación se ha podido observar que llegan a ser positivos. "Pero esta herramienta no parece ser tan útil en el manejo del 'bullying' porque en este hay desequilibro de poder", dice el experto.

Hay unas agresiones que son más cotidianas que otras, como los golpes e insultos; algunas no tan frecuentes involucran armas y pandillas, y son violencia escolar, explica Chaux. El matoneo, según Natalia Cárdenas, sicóloga coordinadora del simposio Internacional Acoso Escolar-'Bullying' “es el abuso de poder intencional, repetitivo y sistemático y es una pequeña parte de las violencias escolares que hay".

Los expertos señalan que cualquiera de las tres deben ser rechazadas. Saber intervenir en estos conflictos para frenarlos es crucial, pero para eso hay que educar a padres y maestros, que en últimas es la mayor parte de la sociedad.

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