Lunes, 23 de enero de 2017

| 2006/10/14 00:00

¿Me habría podido responder esta entrevista si todavía fuera sacerdote?

Gonzalo Gallo le contesta a María Isabel Rueda.

¿Me habría podido responder esta entrevista si todavía fuera sacerdote?

M.I.R.: Yo a usted lo conocí como el padre Gallo, un personaje muy carismático, que después de 23 años como sacerdote, un día tomó sorpresivamente la decisión de colgar los hábitos sin decir por qué. ¿Hoy se lo puedo preguntar?

G.G.: Quise que ese retiro no se convirtiera en una noticia sensacionalista. Amé mucho el sacerdocio. Pero a nivel de ideas, de doctrina y de posturas de la Iglesia, había un distanciamiento que se fue acrecentando con el tiempo.

M.I.R.: ¿Eran distanciamientos dogmáticos?

G.G.: Hubo de todos los órdenes. Teológicos, morales, eclesiásticos, en torno a las posturas que ella asume sobre las realidades de la vida, de la sociedad. Lo más ético era que yo me hiciera a un lado porque representaba a una Iglesia con la que no estaba de acuerdo en muchas cosas, valorando, eso sí, todo lo maravilloso que ella hace y sigue haciendo.

M.I.R.: ¿Y qué hace hoy Gonzalo Gallo que no hacía el padre Gallo?

G.G.: Me siento con más libertad para opinar sobre temas que antes me callaba por prudencia. Amplié mi espacio. Pero mi labor social sigue siendo tan intensa como cuando era sacerdote. Hace 15 días, por ejemplo, acompañé a Muhammad Yunus a visitar el Jarillón del Cauca…

M.I.R.: ¿El mismo al que le acaban de dar el premio Nobel de Paz?

G.G.: Exactamente. Usted va allá y se pone a llorar. Nos reunimos con una religiosa que se llama Alba Estela Barreto, ante quien me quito el sombrero. Esa monjita lidera procesos de justicia, de reconciliación, de trabajo. Hace meses creó el Banco de los pobres de Yunus en Cali, el primero que hay en Colombia. Esa es la cara luminosa de la Iglesia.

M.I.R.: ¿Es cierto que aun cuando un sacerdote tome la decisión de colgar los hábitos, sigue siendo sacerdote hasta su muerte?

G.G.: Para la teología católica es para siempre, según la frase bíblica "tu est sacerdos in aeternum". No estoy de acuerdo con eso. Las iglesias toman frases como esta, las divinizan y las convierten en axiomas de conducta. Uno es sacerdote hasta cuando quiere. Eso sí, a donde voy, me dicen: "Hola padre Gallo, cómo le va padre Gallo", me piden la bendición. Se viene a este mundo con una misión. La mía está orientada al servicio que aprendí de mis padres. Sigo de comunicador social, hago conferencias, escribo y estoy dedicado hace algún tiempo a atender gente en fase final. Me fascina estar con gente que va a partir. Es como seguir siendo sacerdote, pero de otra manera.

M.I.R.: Hay dos polémicas que sacuden en este momento a la Iglesia en Colombia. Lo he buscado a usted para comentarlas, porque aun cuando ya no es sacerdote, siente un profundo respeto por la Iglesia. El primero es el tema del aborto. ¿La reacción de haber excomulgado a los médicos que practicaron el primer aborto autorizado a una menor por orden de la Corte Constitucional, no es absurda?

G.G.: Con todo respeto, un obispo que en el siglo XXI lanza excomuniones, en la Edad Media sería Torquemada. Eso ya pasó a la historia. La fe es como el amor: no se puede imponer a la fuerza. Es casi una obra de seducción. Eso lo logran los buenos pastores, los buenos rabinos, los buenos sacerdotes. Usted ve en Colombia iglesias repletas cuando el sacerdote es amoroso, buen guía espiritual. Cuando su actitud es hosca y se refugia en el miedo, el pecado, en el moralismo, ahuyenta a los creyentes. Hoy más que nunca la gente tiene una sed de fe impresionante. Pero no siempre encuentra en la Iglesia la respuesta a esa sed espiritual con una misa rutinaria, dogmas, miedo o moralismo. El papel de un jerarca no es definitivamente ir por ahí excomulgando y dando baculazos. Entiendo que la Iglesia le diga no al aborto, porque defiende la vida. Su reto es preocuparse por prevenir los abortos o ayudarles a las mujeres que abortan. Esa fue otra salida de tono de monseñor López Trujillo.

M.I.R.: ¿No será que la excomunión se utiliza como un instrumento de la Iglesia para mantener el poder sobre sus fieles?

G.G.: Tener poder por toda la vida es bastante peligroso. Es lo que pasa cuando uno es obispo o cardenal para toda la vida. Aunque hay muchos que lo manejan bien, es un campo minado y lleno de tentaciones. El poder no es malo de por sí, pero manejarlo es muy difícil.

M.I.R.: ¿Usted sería partidario de que esas dignidades de la Iglesia se manejaran sólo durante un tiempo?

G.G.: Hay dos tipos de autoridades en la Iglesia. La autoridad de los papas, los cardenales y los obispos, y la autoridad del que manda en una comunidad religiosa. Por ejemplo, un general de los dominicos, a los seis años vuelve a ser un sacerdote común y corriente. Eso da más campo abierto a la humildad. La Iglesia conserva una estructura piramidal monárquica. Aunque nos excomulguen, en lugar de ser una monarquía, si realmente lo quisiera, podría ser una democracia. Sin generalizar, para que una persona llegue hoy a obispo, cardenal o papa, no debe ser amiga del cambio. Casi que las cualidades para ser obispo requieren a una persona preparada y valiosa, desde luego, pero sumisa, ortodoxa, obediente, que ojalá las palabras cambio, creatividad e innovación las tenga borradas del diccionario. Son prisioneros de sus esquemas.

M.I.R.: Vamos al segundo tema más polémico de este momento, que es el de la pedofilia. Desgraciadamente, en Colombia el escándalo recayó sobre el padre Rozo, una persona bastante carismática por su misión entre la juventud, su pasado de campeón ciclístico…

G.G.: Es muy doloroso. Socava la fe de las personas, a no ser que sea una fe muy bien cimentada. La Iglesia ganaría muchísimo si manejara esto de una manera amorosa, reconociendo que sucede, y pidiendo perdón abiertamente.

M.I.R.: Monseñor Pedro Pubiano hizo todo lo contrario…

G.G.: Cuando el poder enceguece es muy difícil pedir perdón. El poder es el mismo en cualquier orden, vístalo usted de uniforme militar o de sotana. Si la Iglesia tuviera una posición más humilde, la gente cerraría filas a su alrededor. ¿Qué niño o incluso qué joven o adulto va a reconocer públicamente que un cura lo manoseó? El hecho de que lo haga para cobrar una indemnización no cambia las cosas. En Estados Unidos, en los últimos 50 años, son más de 1.000 las denuncias comprobadas. Es la punta del iceberg, porque faltan los casos no denunciados. Es una cifra muy alta. Y esto, en momentos en que la Iglesia está necesitando más sacerdotes. Hoy en América Latina hay 41.000, una cifra muy bajita para tanta población. En Colombia hay 7.800. Muy poquitos. La Iglesia necesita sacerdotes en cantidades alarmantes para atender a la gente. Pero un solo caso de peredastia le hace mucho daño a la Iglesia. ¿Qué está exigiendo este fenómeno? Humildad para reconocerlo, autoridad para castigarlo y luego una muy depurada selección de los sacerdotes.

M.I.R.: ¿Y el celibato no está íntimamente ligado con este fenómeno?

G.G.: La Iglesia no quiere aceptarlo. Sostiene que el celibato no tiene nada que ver. Con todo respeto con el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Castro, que es un estupendo obispo, el celibato, que es una ley humana, sí tiene que ver. No la creó Jesucristo. San Pedro, el primer Papa, era casado. Les pesa mucho el sexo a las religiones, más que todo a la católica. A la anglicana no. Durante 10 siglos, el sacerdote tuvo mujer. Si usted le preguntara a la gente que si su fe depende del celibato sacerdotal, estoy seguro de que el 99 por ciento contestaría que no.

M.I.R.: Al contrario. Me gustaría mucho poder confesarme con un sacerdote que conociera más sobre la vida, sobre el seno de la familia, sobre los problemas de un hogar real…

G.G.: El celibato no tiene sólo que ver con la pedofilia, sino con sacerdotes con hijos no reconocidos, con relaciones clandestinas… No quiere decir que el celibato no se pueda vivir. Muchos sacerdotes lo viven serenos y con amor. La pedofilia es horrible en cualquier ser humano, pero en un sacerdote como guía espiritual… es la tapa de la olla. La Iglesia está en mora de reconocer el error y tomar en el nivel mundial medidas para evitar estas desviaciones y el éxodo de millares de fieles a otras iglesias, que es su problema más agudo.

M.I.R.: ¿La imposición del celibato influyó en su decisión de abandonar el sacerdocio?

G.G.: No, aunque los chismosos me han casado varias veces. No lo he hecho, y puede ser que lo haga algún día.

M.I.R.: ¿Usted me habría podido dar esta entrevista si no hubiera colgado sus hábitos?

G.G.: Concedí entrevistas parecidas cuando era sacerdote y siempre me reprendieron. Hoy puedo hablar con más libertad, sin dejar de amar a la Iglesia por todo lo bueno que hace. ¿Cuánto le debe Colombia a sacerdotes extraordinarios como Javier de Nicoló; monseñor Cadavid, de los Hogares Juveniles Campesinos, o a Gustavo de Roux, que adelanta calladamente su labor en Barranca? ¿Cuánto le debe al padre Marco, al que quiero ir a conocer, que vive con su gente en un tugurio junto al Cauca? Como esos sacerdotes hay muchos en Colombia, y es bueno recordarlos en medio de incidentes como el del padre Rozo, o del padre autoritario, o del obispo tiránico. Colombia es un país de una fe muy grande, y estos son los ejemplos que la gente tiene que tener en cuenta para no perderla. Tanta gente buena es la que mantiene viva la fe, no quienes detentan el poder eclesiástico.

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