Viernes, 20 de enero de 2017

| 2005/03/13 00:00

'Mea culpa'

Mirándolo de frente y con la mano tendida, seis funcionarios del Estado colombiano le pidieron perdón a Wilson Gutiérrez Soler por las torturas que recibió en 1994. Un hecho calificado por la Corte Interamericana como 'histórico'.

En 1994 Wilson Gutiérrez fue torturado en una dependencia de la Policía. A las vejaciones en los órganos genitales se les sumaron la impunidad y una persecución constante que lo llevó al exilio. Por todo, el Estado colombiano le pidió perdón.

En el solemne auditorio de la Corte Interamericana de Derechos Humanos más de uno quedó con un nudo en la garganta. El jueves pasado seis funcionarios del gobierno colombiano se acercaron a Wilson Gutiérrez Soler, le estrecharon la mano y le repitieron lo que acababan de decir en público: "Pedimos perdón por lo ocurrido". Ese día empezó a ver la luz al final de un túnel de violencia e injusticia que ha sufrido durante 11 años.

El 24 de agosto de 1994 su vida dio un giro de 180 grados. Días atrás se había presentado ante la Dijin para entregar una información que poseía sobre cómo una cadena de almacenes estaba evadiendo impuestos. Pocos días después se reunió con el dueño de estos negocios, quien le insistió que revelara la fuente de su información. Posteriormente, le ofreció dinero. Indignado, Gutiérrez Soler se levantó de la mesa en la que estaban conversando. En ese momento llegó un comando del Unase, el organismo antiextorsión y secuestro de la Policía en ese entonces. El dueño lo había denunciado por extorsión.

Los siguientes minutos fueron los peores de su vida. En un cuarto oscuro y húmedo fue sometido a espantosas torturas. Según la demanda que reposa ante la Corte, "una vez allí, la víctima fue interrogada por el entonces comandante del Unase, coronel Luis Gonzaga Enciso Barón, y por el particular que presentó la denuncia, Ricardo Dalel Barón. Los peticionarios alegan que el señor Gutiérrez Soler habría sido instado a autoinculparse en la presunta comisión del delito de extorsión y que al negarse, los señores Enciso Barón y Dalel Barón le removieron las prendas de vestir y lo torturaron...". Gutiérrez fue víctima de las más espantosas vejaciones en sus órganos genitales. Una hora después, llegó un funcionario de la Procuraduría que, gracias a una llamada anónima, supo del suplicio al que se enfrentaba el prisionero y ordenó su traslado a la cárcel La Modelo. Seis meses más tarde salió con libertad condicional, pero tuvo que esperar nueve años para ser absuelto definitivamente por el cargo de extorsión.

Durante ese tiempo Gutiérrez recurrió a todas las instancias del Estado buscando que se hiciera justicia. Pero tanto los tribunales militares (que investigaron al coronel) como los ordinarios absolvieron a sus agresores. Es más, uno de los jueces se atrevió a señalar que tal vez Gutiérrez Soler se había hecho daño él mismo. Un argumento al que recurrió varias veces el Estado colombiano para su defensa.

Agotados todos los recursos en el país, Gutiérrez acudió a la Comisión y luego a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. "Wilson hizo lo que casi nadie hace en Colombia: insistir para que se hiciera justicia", dice Roxana Althoz, de Cejil, una ONG de Washington que, junto con el Colectivo de Abogados José Alvear, representó a la víctima.

Mientras tanto su vida se había convertido en un infierno. El terrorismo telefónico, los allanamientos, los atentados a él y su familia, y hasta el secuestro de sus padres fueron parte del acoso que vivió como aviso para que abandonara su terca búsqueda de justicia. Pero esa era su obsesión. "Yo no quiero que porque alguien tenga un uniforme, o dinero y poder, pase inadvertido para la justicia", dice Gutiérrez Soler. En 2003 tuvo que exiliarse para seguir adelante en su lucha. Para entonces ya su vida laboral, sentimental y familiar estaban destruidas.

Desde ese lejano agosto de 1994 Gutiérrez Soler esperaba un momento de gallardía en el que su dignidad de ser humano y de ciudadano se viera resarcida. Y le llegó el jueves, cuando el gobierno reconoció ante la Corte y ante el mundo su responsabilidad por los terribles hechos que destruyeron su vida. Cuando estaban leyendo el documento oficial, los miembros del gobierno, en cabeza del embajador Julio Riaño, de la abogada Marina Gil del Ministerio de Defensa y del coronel de la Policía Luis Alfonso Novoa se acercaron uno a uno para mirarlo a los ojos, estrecharle la mano y pedirle perdón. "Esa es la única manera de hacer verdaderos procesos de reconciliación y restauración", dice Gil.

Pocas horas después la Corte Interamericana dijo que "reconoce y valora este gesto del Estado colombiano, el cual constituye un hecho histórico ante el tribunal".

Dentro de unos meses, esta misma Corte dará un fallo. Condenará al Estado y seguramente le impondrá un resarcimiento económico. Y es de prever que obligue a que se vuelvan a investigar los hechos. Tal vez entonces, cuando los responsables de sus torturas queden en evidencia y paguen por su crueldad, Wilson Gutiérrez Soler sentirá que por fin dejará atrás el túnel de injusticia por el que ha trasegado desde hace una década.

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