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| 3/25/2017 11:00:00 PM

Medellín: ¡Se necesitan nuevos aires!

Esta semana las autoridades del Valle de Aburrá decretaron alerta roja por la mala calidad del aire, el peor del país. Se requieren medidas, muchas impopulares, para evitar una tragedia ambiental.

Después de varias semanas en las que el Área Metropolitana del Valle de Aburrá (AMVA) declaró de manera intermitente la alerta naranja ambiental por la contaminación del aire en Medellín y sus diez municipios vecinos, esta semana la ciudad llegó a la alerta roja fase 1, un hecho inédito en el país. La nube de esmog, que no dejaba ver las montañas que rodean la capital paisa, fue el tema recurrente en las redes sociales y entre los ciudadanos, que pedían al alcalde, Federico Gutiérrez, tomar medidas drásticas e impopulares para afrontar el problema.

El miércoles pasado, las estaciones que miden los microgramos de material particulado (PM) por metro cúbico de aire llegaron a su punto más alto al sobrepasar los 67 microgramos de PM. Se trata del contaminante más peligroso para la salud, pues llega directamente a los pulmones, donde ocasiona graves afecciones. Desde ese día circularon fotos que mostraban la gravedad de la situación: el centro de la ciudad era un manchón gris y la portada del periódico popular Q’hubo abrió el jueves con una foto gris con un círculo sobre un sitio irreconocible: “Aquí está el Coltejer”, decía.

Para enfrentar la situación, que llevó incluso a las autoridades a recomendar a los ciudadanos no hacer ejercicio, la Alcaldía tomó medidas que aún este fin de semana tenían divididos a los paisas, aunque la mayoría las cumplió. Entre jueves y sábado aumentó el pico y placa de cuatro a seis dígitos, extendió el horario de tres a doce horas diarias y reguló la circulación de volquetas y camiones.

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Las medidas se enfocaron en los vehículos, que generan el 80 por ciento de las emisiones tóxicas. El parque automotor pasó de 478.000 vehículos en 2005 a 1.347.000, de los cuales 637.500 son automóviles, volquetas y buses, y 710.186 motocicletas. Así las cosas, los camiones aportan el 36 por ciento de la contaminación, las motos el 23 por ciento, las volquetas el 22 por ciento, los buses el 10 por ciento y los carros un 6 por ciento. La industria genera el 20 por ciento de las emisiones, pues cada vez más ha sido sujeta a controles.

La buena noticia es que las emisiones disminuyeron hasta en un 50 por ciento y en los próximos días, dependiendo de la evolución del invierno y de la calidad del aire, la Alcaldía decidirá sobre las medidas. Sin embargo, lo que sucede en Medellín es solo un reflejo de lo que está enfrentando o pueden enfrentar otras ciudades del país.

Más grave de lo pensado

En medio de la alerta roja, se conocieron los datos de las mediciones del último año, que muestran que el problema es más serio de lo que se pensaba. Apenas esta semana se supo que hace un año la contaminación llegó a los 109 microgramos de PM. Dato que se suma a las cifras reveladas en 2016 por el Sistema de Alerta Temprana de Medellín y el Valle de Aburrá (Siata).

Según este organismo, en marzo de 2014 ya varias estaciones marcaban emisiones de hasta 75 microgramos de PM, y en 2015 alcanzaron hasta 90 microgramos, pero el tema solo se conoció el año pasado, cuando la nube de esmog se hizo más que evidente.

Por otro lado, en el Informe del Estado de la Calidad del Aire en Colombia, presentado por el Ideam el año pasado, que resume las emisiones de las ciudades del país entre 2011 y 2015, la capital paisa se llevó el campeonato en el punto más convulso: la estación de medición San Antonio, en el corazón del centro de la ciudad, por donde pasan cerca de 2 millones de habitantes al día. Esto, porque allí se integran el metro, cerca de 4.000 buses, un gran almacén de cadena, el sector comercial conocido como El Hueco, el parque San Antonio con las esculturas del maestro Fernando Botero y la congestionada avenida Oriental.

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Dos semanas atrás el ministro de Ambiente, Luis Gilberto Murillo, viajó a Medellín para reunirse con las autoridades locales y encontrar medidas estructurales. La sesión acabó en 13 propuestas como actualizar los estándares nacionales de calidad del aire, fortalecer los sistemas de medición y pronóstico de calidad; establecer un programa de modernización tecnológica y mejora de la flota de carga. En resumidas cuentas: medidas que dependen de terceros y están lejos en el tiempo.

Pero las 1.200 toneladas de PM que emite la ciudad al año necesitan más que paños de agua tibia. Para la muestra, en las zonas noroccidental y nororiental casi no hay espacios verdes, mientras se estima que en la ciudad faltarían 700.000 árboles. El Plan de Desarrollo de la actual Alcaldía estipula sembrar 200.000, de los cuales ya hay plantados 115.000, aunque parece que tocará hacer un esfuerzo adicional.

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El alcalde Federico Gutiérrez cree que una de las soluciones es cambiar la flota de buses: “Ya hay un plan definido y lo estamos ejecutando. A 2019 tendremos que haber renovado entre el 60 y el 70 por ciento de la flota, pasarlos a buses nuevos de combustibles limpios, ya empezamos. Solo este año, de una flota de más de 2.000 buses que tiene la ciudad, 311 usarán combustible limpio. El plazo son 5 años para que sea el 100 por ciento”.

Pero la solución no es solo cambiar la flota, sino la tecnología. Cuando entró a funcionar el Metroplús en 2012, la ciudad enfrentó la misma cuestión, y finalmente se decidió que los articulados debían rodar con gas natural vehicular (GNV). Sin embargo hoy la tecnología permite alternativas más eficientes, como dice Juan Manuel Alzate Vélez, gerente de Innovación de Celsia: “En 2004 hicimos un estudio para optimizar la matriz energética del transporte público en el Valle de Aburrá y determinamos que la mejor era el GNV. Pero la decisión política tardó cuatro años y la material, otros más. Para el momento en que Metroplús comenzó a operar, la mejor alternativa tecnológica pudo cambiar”.

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Para Alzate Vélez, el Valle de Aburrá no aguanta 20 años más con ese sistema de transporte público, y no se puede caer en una tecnología equivocada, pues sería gastar plata en motores que pronto estarían de salida. Para lograr que, por ejemplo, los buses que rueden por el Valle de Aburrá funcionen con electricidad, y que las empresas distribuidoras cambien sus flotas, es necesario más que propuestas estructurales. La pelea contra los gremios e incluso contra los intereses petroleros es dura. Y no es suficiente. Hay que incentivar el uso del transporte público, pasar del modelo de los buses actuales a uno más ordenado como ya se ha hecho con Metroplús. Además, hay que mejorar la oferta, pues en los tres días de contingencia el metro estuvo a tope en estaciones de transbordos importantes, y eso que el número de pasajeros solo creció en 8 por ciento.

El tema empieza a ser urgente, y Medellín no puede entrar en alerta roja cada vez que el cielo se cierra y no deja escapar las emisiones contaminantes. Se necesitan medidas que empiecen a cambiar la realidad, que pueden poner en peligro, incluso, el capital político, pues Medellín no aguanta muchos años más por este camino. 

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