Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2000/11/20 00:00

Medios en crisis

Al periodismo lo manosean cada día más en Colombia.

Medios en crisis

Por las a veces ambiguas expresiones de los cargaladrillos secuestrados y soltados, o por el sabor de la aventura que le dan a su relato, no resulta claro si el periodismo en general le ha puesto suficiente ‘tatequieto’ al manoseo de las fuentes, sean estas gubernamentales, militares, la inasible ‘sociedad civil’, guerrilleras o paramilitares.

Lo que sucedió con el collar de dinamita, al acogerse de inmediato la versión de mi General Tapias, muestra muy bien que, en todos los campos, las fuentes no son para creerles. Como tampoco para ‘inflarlas’. Ejemplo: don Sabas Pretelt o la valiente Ana Teresa Bernal son ‘La’ sociedad civil por una construcción mediática, que acoge la ambigua expresión como una verdad absoluta, sin desmenuzar sus incoherencias y contradicciones. De este modo, los medios ‘caudillizan’ a algunos personajes catalogados como ‘representantes’ de esa Sociedad Civil, en contravía de la Constitución del 91, que busca pasar de la democracia representativa a la participativa.

De igual modo, el periodismo tragó entero el cuento de las ‘audiencias públicas’ en San Vicente del Caguán, sin duda manipuladas por las Farc y en recinto armado hasta los dientes. En ambos casos hay un manoseo que, menos traumático que otros, implica que el periodista no guarda distancias para analizar las crudas realidades del país.



Hay algo que no cuadra

Nunca faltan las exaltadas y necesarias manifestaciones de indignación ante los atropellos contra la libertad de prensa, léase violaciones intolerables del derecho a informar, como los asesinatos de periodistas o de formadores de opinión. Pero hay algo que no cuadra en el día a día de lo que los medios proyectan sobre la realidad colombiana.

Por ejemplo, esos ‘extras’ o ‘última hora’ de los noticieros de televisión que en realidad no lo son, o entrevistas que ‘conmocionan’ al país, como la de Carlos Castaño, made in Caracol (Darío Arizmendi) o RCN (Claudia Gurisatti). ¿Cuál fue la verdadera motivación? ¿El interés público o tan sólo el rating?

¿Qué parte de responsabilidad le cabe al medio y cuál al manoseado periodista? En una democracia, a las entrevistas no se les ponen condiciones. Aquí, en la ambigüedad colombiana, cada vez son más condicionadas (porque el periodista es ‘amigo’, porque se trata de tal medio o de tal otro, porque se exige que sea en tales y cuáles escenarios). En el caso Castaño, lo cuestionable no fue la entrevista (gústenos o no, es un actor político y militar, legitimado por quienes lo financian) sino las condiciones que puso. El aterciopelado tono episcopal de la conversación de Darío Arizmendi (la misma conversación que hubiera podido tener con Shakira) le quitaba toda connotación macabra al personaje. Con Claudia Gurisatti, el cuestionamiento fue más tajante, sin llegar a la almendra. En ambos casos, RCN y Caracol (más que Gurisatti o Arizmendi) se apresuraron a ‘equilibrar’ su audacia con entrevistas a las cúpulas guerrilleras, creyendo que así se arreglaba el entuerto. Con la perspectiva del transcurso del tiempo, queda un sabor agrio de manoseo.



¿Cuánto vale un periodista ?

El error sería creer que los culpables de ese manoseo son tan sólo los periodistas, último eslabón de la cadena. Perdóneme, Gurisatti, lanzada al firmamento (pero además buena periodista) por colocarla en ese sitio tan terrenal. Estoy segura de que usted también, a veces, se siente producto de la cadena de televisión a la cual ‘pertenece’.

Los otros superstars ( Gossaín, Arizmendi, Yamid) hace rato que no se lo preguntan, escuchándose a sí mismos todas las mañanas, regodeándose en sus parlamentos, sin siquiera interesarse en el ‘modelo’ de periodismo ególatra que representan para las nuevas generaciones de egresados.. Sánchez Cristo es un gran hacedor de rating, pero cuando sataniza a la Universidad Nacional por la muerte del agente, o cuando enfrenta a Fernando Vallejo y a Germán Santamaría por la Virgen de los Sicarios ¿estará cumpliendo una misión en una sociedad a la deriva? ¿O estará complaciendo a los anunciantes? Poner a pelear vende.

La explicación del manoseo al periodismo es que el propio periodista se ha convertido en un ‘producto’ cuya cotización sube, pero sobre todo baja. En Colombia, el periodista de abajo abunda y su situación laboral es lamentable. En los medios proliferan aspirantes a venderse a cualquier precio con tal de ‘estar’, sin que agremiaciones defiendan el estatus de la profesión.

El caudillismo periodístico tampoco permite que se valore el trabajo de equipo. Alrededor de las cúpulas giran unos áulicos, bien pagados, de los cuales no pocos ‘ex’ gobierno o ‘ex’ Congreso, que cambian de camiseta sin que nadie les haga balance alguno. Esa profusión de comentaristas (sobre todo radiales) que no analizan más allá de lo que saben (que es poco) lleva a minimizar la importancia de la investigación.

En el mismo sentido los casos de Perea y Rueda (que se subió al bus de Perea) se plantearon en términos de la defensa de la libertad de prensa y no, como debería ser, de lo poco saludable que resulta para una democracia que un puñado juegue todos los roles.

La misma reflexión es válida para las ‘familias’ mediáticas nacionales o regionales, hoy presentes en todos los medios. Esa manera de considerar ‘normal’, por cierto, las lleva a su decadencia, salvo que demuestren capacidad de sobresalir, lo que no fue, por ejemplo, el caso de El Espectador. El Tiempo preocupa: acaba de reestructurar su ‘mesa central’ (la que decide el día a día) con un buen 50 por ciento de farándula y periodismo light (Darío Restrepo, el que hacía payasadas matinales en televisión refuerza ahora a María Clara Mendoza). Cegueras del poder, que desprecia la importancia de la investigación en el periodismo de calidad.



El culiperiodismo

En una Colombia bañada en sangre, el manoseo al periodismo se percibe en la manera como pectorales y glúteos se instalaron en la información. Somos el único país en el que en los noticieros terminan con una diva medio empelota, en ocasiones acompañada de un perro (Noticiero Nacional). A veces, en el colmo de lo grotesco, dejan al perro solo, imagino que para educar al televidente.

Me temo, padre Gallo, que sus buenas intenciones mediáticas de poner a reflexionar a la gente sobre aspectos morales (en la despedida del noticiero TV Hoy) sea un hueso en un mar de carnes, y que poco podrá contrarrestar esa lógica comercial, según la cual ya ni el periodista hace falta porque bastan los contornos

La razón por la cual en nuestro país admite lo que en otros no se admitiría es que los periodistas no tienen quienes defiendan su dignidad. Por desgracia, al Círculo de Periodistas de Bogotá lo acabó quien está inmersa en un proceso penal por malos manejos. Asociaciones como Medios para la Paz, el Club de Prensa o la Fundación para la Libertad de Prensa tienen otros propósitos, por expresa mayoría de sus fundadores. Pero lo que sucede en las cadenas Uno y A muestra que el derecho a informar también podría protegerse mejor aplicando la ley laboral.



Sorpresa: ¡la torta no alcanza!

El final del festín de la televisión fue anunciado desde hace años por quienes cuestionamos el tratamiento favorable dado a los oligopolios, frente a los canales mixtos en una extraña interpretación del derecho a la igualdad. Sólo hasta ahora se ‘descubre’ ese tratamiento. Los empresarios tampoco vieron lo evidente: que no habría torta para tantos.

La política en televisión favorecía a los grupos oligopólicos, el interés público se supeditó al particular (por ende la televisión comunitaria se consideró inútil) y ahora se sufren las consecuencias. Los dueños del poder no quisieron ver, y los perjudicados creyeron que podrían sobrevivir. Un mal entendido instinto de supervivencia sólo sirvió para reforzar el individualismo. Ello lleva a tres consecuencias: no planear, no evitarlos y aplicarles el dudoso rasero de la doble moral: si me va bien, bien; si me va mal, mal.

El periodismo se deja manosear como último eslabón de la cadena: primíparos o instalados intentan quedarse en el medio, agachando la cabeza, aceptando rebajas de sueldos, extenuantes jornadas o producir para varios noticieros. Los buenos periodistas de las cadenas semiquebradas prefirieron salir y son reemplazados por inexpertos. Pero de eso tampoco se habla cuando se critica el cubrimiento de temas como el proceso de paz.

El papel del periodista se ha minimizado gracias a la proliferación de sondeos y de encuestas que manipulan por lo que se pregunta. Poco importa si se polariza al país con esos sondeos, que reducen los problemas a un ‘sí’ o a un ‘no’. Lo que importa es vender. Una opinión pública fabricada priva al periodismo de buscar nuevas temáticas y de encontrar esa zona gris, tan necesaria, en la que nadie tiene la verdad absoluta.

Así, poco a poco, y salvo honrosas excepciones, se le ha quitado la gana al periodista de investigar. No sólo por las amenazas, sino por razones menos loables: ¿Para qué investigar, pensarán algunos, si existen las fuentes amigas y las filtraciones de la Fiscalia?

Paradoja: cuando el periodista se esfuerza, lo bloquean. Fue el caso del censurado reportaje de Jorge Enrique Botero sobre los soldados retenidos por la guerrilla. El presidente de Caracol, quien, según sus palabras, no lo vio, decide que es un ‘refrito’, y con tono zalamero hacia la Comisión Nacional de Televisión, advierte que no fue por presión de la carta que ésta le envió. El resultado: un periodismo sometido al poder y al amiguismo, de escasa proyección, pero sí de muchas ínfulas, mucho rumor y pocas nueces.



No al fatalismo

¿Justifica lo anterior caer en el fatalismo de un Caballero? Ni de riesgos. Por el lado positivo, se observan esfuerzos de medios y fundaciones sin ánimo de lucro, para mejorar la calidad de la información en educación, niñez y orden público. La Corporación Medios para la Paz, motiva a reflexión por Internet sobre cómo cubrir el orden público. Otros, amenazados, se van, pero por fortuna siguen opinando (Molano, Santos). Algunos, como es mi caso ahora y el de Sylvia Galvis y Laura Restrepo, se refugian en la literatura. Otros siguen en el ruedo y sobresalen de la mediocridad.

Pero la solución para que los jovenes aspiren a un relevo que valga la pena, está en redefinir los medios. Internet ha instalado la interactividad. Aun con los tradicionales, la definición no puede limitarse a periodistas y dueños. Otros tienen que adquirir compromisos sociales: sin receptores, sin anunciantes, sin fuentes, los medios no existirían.

Así, una actitud de mayor responsabilidad social es exigible de los anunciantes (su dependencia del rating causa buena parte de las violaciones a la intimidad y la honra); de las fuentes (cuya actitud es en parte responsable del manoseo); del Estado regulador (¿servirá de lección el desastroso manejo de los anteriores comisionados de televisión?). Sobre todo, esa mayor responsabilidad social también es exigible de televidente, radioescucha, lector ¿Cómo? Que aprendan a ‘leer’ los medios de otra manera, con espíritu crítico. Que descubran dónde está la almendra. Es decir, el manoseo.

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