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| 10/19/2013 2:00:00 PM

“Hay que hacer este trabajo en serio”

María Eugenia Pozu lleva 20 de sus 43 años patrullando las esquinas más riesgosas de Cali a la caza de peligrosos violadores. Por sus logros, esta intendente ganó el premio de la Fundación Corazón Verde a la mejor policía del país. SEMANA habló con ella.

Maria Eugenia Pozu no es una patrullera cualquiera. Ha dado con docenas de violadores en serie y narcotraficantes y hasta hoy no deja de salir a las calles, incluso a altas horas de la noche. Su historia es la de una mujer dedicada a su oficio y comprometida con la sociedad.

SEMANA: Usted dice que admira a las mujeres policías desde niña. ¿Qué experiencia le causó ese vínculo?

MARÍA EUGENIA POZU: Mi papá fue policía. Nunca lo vi de uniforme, porque él ya estaba jubilado cuando yo era niña y murió muy pronto. Lo interesante es que aquí vino mi conexión con la institución. Tenía 10 u 11 años. Mi mamá tenía que recibir la pensión, y había dos filas: una para pedir el comprobante y otra para cobrar. Entonces ella me mandaba a hacer una cola, y ahí, esperando, yo veía muchas mujeres policías. Me impresionó esa forma de combinar la autoridad con la elegancia.

SEMANA: ¿Entonces ahí decidió ser como ellas?

M.P.: Me parecían bellísimas. Y a través de ellas me enamoré del uniforme. Me dediqué a mirar los requisitos para ser una, y supe que necesitaban mujeres altas. Me metí a jugar basquetbol. No sé si me sirvió, pero cumplí mi sueño.

SEMANA: Pero usted, que es patrullera e investigadora, no trabaja uniformada…

M.P.: Sí, esa es una ironía de la vida, porque siempre he trabajado de civil. ¿Pero sabe cómo superé este tema? Me mandé a sacar fotos con todos los uniformes y las colgué en mi cuarto.

SEMANA: Cuando comenzó la trasladaron de Cali, donde nació, a Bogotá para trabajar como secretaria en el grupo de vida de la Sijín. ¿Cómo terminó persiguiendo a violadores en serie como Luis Alfredo Garavito? 

M.P.: Cuando llegué acababan de coger a Garavito. El país supo que había violado a más de 200 niños y se prendieron las alarmas. Entonces la Sijín armó los Grupos Humanitas, que debían tener por lo menos una mujer. Así me volví patrullera. Me dediqué a investigar el modus operandi de Garavito para dar con otros violadores. Era una época en que el delito sexual no era tenido en cuenta y valía casi lo mismo que un hurto. Había muchísimos casos, pero nadie denunciaba.

SEMANA: Cuando empezó a cazar violadores, ¿qué impresiones tuvo? ¿Qué la motivo a seguir trabajando a pesar de la crudeza de los crímenes?

M.P.: Sobre todo la impunidad. Yo me dije: este trabajo hay que hacerlo con seriedad. He tenido mucha suerte porque en 18 años he tenido solo dos compañeros de patrulla, el agente Álvarez y el patrullero Rodríguez, que han compaginado conmigo. No ha habido un solo día en que trabajen con pereza. Son solo compromiso. Así apareciera un caso a las diez de la noche, nosotros salimos a trabajar.

SEMANA: ¿Usted ha visto violadores cara a cara?

M.P.: Por supuesto, y me da mucha rabia. Es que son descarados. Casi siempre salen con el cuento de que “es que los niños me estaban provocando”. ¿Qué tal? Increíble que digan eso cuando han violado a varios, a veces docenas. Cuando uno captura a un hombre así, tiende a mostrar debilidad y hacer que uno sienta pesar.

SEMANA: ¿Hay algún caso que la haya marcado?

M.P.: Sí, el llamado ‘violador de la bicicleta’: Hugo Ferney Quiceno, sindicado de 30 casos de violación. Abusaba de dos o tres niñas entre los 9 y 10 años cada semana. Andaba en bicicleta en ese horario muerto entre las nueve y once de la mañana en que muchas mamás mandan a sus hijas a hacer mercado. Entonces él las montaba a su bicicleta, las llevaba a potreros y abusaba salvajemente de ellas.

SEMANA: ¿Cómo lo cogieron?

M.P.: Había un problema. Las niñas no le veían la cara porque él las amenazaba con una navaja. Anduve por todo Cali. Mis compañeros y yo solo conocíamos el color de la bicicleta y que traía dos bolas de tenis colgando de los radios. Teníamos muestras de ADN, pero nada más. Pasaron tres meses, hasta que violó a una mujer de 40 años, que sí le vio la cara. Ella no quería hablar, pero decidí ponerme el uniforme –como le digo, yo trabajo casi siempre de civil– y golpearle a la puerta. Estaba acostada, arropada, deprimida, pero la convencí de que hiciera un retrato hablado. Además, me dijo que se parecía muchísimo a cierto actor de televisión. Pasó el tiempo y un día vi a un hombre gritarle a un taxista a la salida de la Fiscalía. Me acerqué, lo miré y era él. Así lo cogimos. Cuando le quitamos la camisa vimos que le colgaba una piola llena de cosas de las niñas que había violado: aretes, moños… Le dieron 27 años de cárcel.

SEMANA: En Colombia se conocen muchos casos, pero las cosas no parecen cambiar. ¿Qué puede uno aprender de historias como esta?

M.P.: Muchísimo, y sobre todo que la gente debe aprender a prevenir. Yo creo que hay que ponerle más atención al entorno familiar. Las niñas y las muchachas no pueden ser ciegas a lo que sucede. Hay que contarles la realidad desde el principio: que existen este tipo de personas y hay que cuidarse. La familia influye mucho. También la comunidad, que muchas veces no entiendo que actuar y denunciar es un deber.

SEMANA: Hoy usted es una policía premiada y un hombre como Garavito está en la cárcel y se quedará allá probablemente el resto de sus días. ¿Qué piensa cuando lo ve?

M.P.: Solo puedo recordar la magnitud tan horrorosa de lo que hizo. Lo veo y me digo a mí misma: esto no puede volver a presentarse, ¡nunca más! A la vez, pienso que no se puede ser tan tajante. Cuando uno habla con un violador, uno se da cuenta de que ha sido una persona maltratada en su infancia y que nunca fue comprendida. ¡Es difícil tenerles compasión! 
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