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| 7/12/2009 12:00:00 AM

Memorias de juventud

Se lanza en Bogotá el primer tomo de las memorias de Alfonso López Michelsen, que abarca su infancia, sus estudios en Europa, su regreso a Colombia y su relación con su padre, Alfonso López Pumarejo. SEMANA reproduce algunos apartes.

Bachiller en París

A sólo en Saint Michel, mientras mis hermanos proseguían sus estudios en Lausana y París y mi madre residía con mis hermanos menores en esta última ciudad, se hizo necesario considerar la posibilidad de dejar el colegio de Bruselas y vivir con el resto de mi gente en el 35, Rue de Berri, que era el centro de nuestra familia, nuestro hogar en París.

Tras estudiar diferentes colegios a donde pudiera trasladarme, empezando por los jesuitas y por los grandes liceos del Estado francés, terminamos en el Liceo Pascal, un establecimiento privado en el Boulevard Lannes, que ha sobrevivido a todas las transformaciones de la sociedad francesa en los últimos 80 años. Para la época en que hice mi bachillerato era una escuela cosmopolita, frecuentada principalmente por alumnos suramericanos y egipcios, a quienes nos unía, a pesar de las distancias, nuestra común condición de extranjeros, que los franceses entre tantos países como he conocido hacen sentir con más rigor que en cualquier otro. Sólo un rasgo, como pude comprobarlo muchos años más tarde, aliviaba un poco el recelo y la desconfianza con que se nos miraba. El colegio, tanto el profesorado como en el alumnado, se componía de gente de ascendencia semita que en ocasiones se sentían también extraños, aun en su propia patria. Ignorantes, como somos todos los colombianos, de los prejuicios raciales, nunca me percaté, durante mis años de estudio, de esa circunstancia que, sin embargo, le daba un sabor peculiar al establecimiento. Era un colegio para jóvenes de familias acomodadas que no tenían fácil acceso a los centros educativos tradicionales de la sociedad francesa: los magníficos liceos a donde sólo se llegaba por méritos, tras un currículum de estudios de primaria que acreditara una sólida formación avalada por notas de calificación y la prueba de severos exámenes de ingreso.

Mal podía equipararse el Liceo Pascal con liceos como Codorcet o Janson de Sally, a los cuales yo hubiera aspirado, pero París, por sí solo, era un semillero de conocimientos para quien quisiera sacar provecho del medio. (...)

Como los grupos de las clases eran tan pequeños, la enseñanza tenía un carácter casi personal, semejante a las clases tutoriales de ciertas universidades americanas. El tercer año de griego, para citar un caso, no contaba sino con un alumno, que era yo, lo cual me permitía progresar con mucho mayor rapidez que si formase parte de un gran curso, al cual el profesor no le hubiera podido prestar una atención individual. Otras, en cambio, eran más numerosas, sin llegar nunca a los 20 alumnos. Como las de francés, historia y geografía, que no demandaban mayor esfuerzo. Había muy pocos estudiantes franceses y, en cambio, una proporción significativa de suramericanos que, después de largos años de permanencia en París, habían hecho del francés su primera lengua. Otro tanto ocurría con los hijos de prósperas familias de Oriente Medio, principalmente egipcios de origen judío, que llevaban generaciones de haberse establecido en Francia. Es este fenómeno constante en Francia y en Suiza en donde, a nivel de bachillerato, hay colegios exclusivamente para los nacionales y otros donde la enseñanza se dispensa a alumnos extranjeros y a los nativos que renuncian a ingresar en los grandes liceos. Lo curioso es que otro tanto ocurre en nuestros días con las flamantes universidades del oriente europeo, a las que tienen muy poco acceso los extranjeros beneficiarios de becas que generosamente otorgan los gobiernos socialistas, como es el caso de la Patricio Lumumba de Moscú y de la mayor parte de los institutos en donde predominan idiomas de origen eslavo.

Este ambiente cosmopolita era mucho más acogedor que la atmósfera provinciana y pacata de Saint Michel. Las amistades eran mucho más sólidas y durables, quizá en razón de compartir la condición de extranjeros integrábamos el grupo más numeroso. Algunos de ellos, chilenos y argentinos, fueron amigos para toda la vida y entre colombianos, Ernesto Franco Holguín, a quien siempre consideramos como nuestro primo, por habernos criado juntos, al lado de nuestros primos López Holguín, desde los primeros años de nuestra infancia, en los jardines de La Mana.

Los días sábados y domingos eran libres y mi afición por los deportes, que nunca he perdido, se la atribuyo a la pasión con que esperábamos la tarde del sábado para ir a patinar sobre el hielo en el Palais de Glace, que quedaba a unas pocas cuadras de la casa. Nos reuníamos allí con varios condiscípulos para patinar en círculos sobre el hielo, por hora enteras, hasta la caída de la tarde. La entrada costaba unos cinco francos y disponíamos de otros cinco para comprar golosinas. El encanto residía en los encuentros con las muchachas que frecuentaban el mismo lugar y con quienes se intimaba pretextando un encontrón en medio de la multitud. Las había de todas las condiciones y edades. Mi predilecta era una americana de unos 16 años con quien también me encontraba en el bus, camino del colegio. Nos coqueteaba a todos los del Liceo y no aceptaba ninguna invitación distinta de la de algún refresco en el Palais de Glace. Se llamaba Catherine y nunca supe su apellido. Nos dedicábamos a hablar de nuestros estudios y citarnos para la semana siguiente. La ansiedad con que yo esperaba el sábado no correspondía en modo alguno a la poca intimidad que presidía nuestras relaciones. Jamás me hubiera atrevido a tocarle una mano, pero, como iba envuelto mi amor propio en una competencia con mis colegas de patinaje, trataba de ver con quién pasaba cada tarde la gringuita. Por lo demás, ya rondaba en mi vida, destinada por mis padres para ser mi mujer, Cecilia Caballero, la del trencito eléctrico, que vivía con sus tías Blanco, establecidas desde hacía años en un apartamento de la Avenue Marceau. Fue excelente estudiante en el Colegio del Sagrado Corazón en Bogotá y sus tías escogieron el Cours Dupanloup para matricularla a su llegada de Colombia. Era el mejor colegio de París, que llevaba el nombre del célebre abate, maestro en la formación de señoritas de buena familia, según los patrones del siglo XIX. Cecilia y su hermana mayor, Paulina, no resistieron más de dos semanas de internado en aquel establecimiento, tan semejante a nuestro Saint Michel, por la rigurosa disciplina, la mala comida y la falta de baño diario.

A ambas las pusieron bajo la tutoría de una señora francesa que las paseaba por castillos y museos, las llevaba a teatro y les enseñaba literatura francesa e historia de Europa, con la cual se tropieza en cada calle de París. Adquirió, con el transcurso del tiempo, una gran afición por la lectura que le aguzó su sentido crítico. Yo guardaba mis libros entre una alacena, en uno de los pasillos del apartamento que ocupábamos en la de Berri y ella llegaba con curiosidad casi infantil a escudriñar mis últimas adquisiciones literarias en una librería a pocos metros de la casa donde la patrona me vendía al fiado las ediciones de la N.F.R. y algunos libros clásicos que yo le encargaba y que aún conservo, como los de Sainte Beuve, el gran crítico francés del siglo XIX. Los ejercicios sobre los clásicos, que nos ponían como temas de disertación, eran y siguen siendo inspirados en las observaciones del Sainte Beuve, que ha dejado hasta la eternidad estereotipias sobre la literatura francesa de los siglos XVI, XVII y XVIII. No así tratándose del siglo XIX, cuando por rivalidades con sus contemporáneos, principalmente Víctor Hugo, se desvía un poco en su criterio. Conocida es la historia de sus amores con Adela, la mujer de Hugo, que él describe con lujo de detalles en una novela autobiográfica intitulada Joseph Delorme.

Alguna vez la señora Kanoui, que así se llamaba la profesora, llevó a las hermanas Caballero Blanco a ver La artesiana, de Mistral, en el teatro del Odeón. Es una pieza en donde jamás aparece la protagonista y la profesora les pidió a sus pupilas que escribieran un juicio acerca del mérito literario de la obra. El de Cecilia terminaba con sonoro final que le mereció un premio y que yo aprendí de memoria, y con el cual le he tomado el pelo los últimos 60 años: "Esta artelasiana desconocida, escribía, siempre presente en nuestra imaginación sin entregársenos a nuestra mirada". Aunaban, desde entonces, una vena lírica con su gran sentido crítico, como lo vino a demostrar con su matrimonio. (...)

En el Liceo disfrutaba enormemente de la compañía de mis amigos y el interés que despertaba en mí el estudio de las humanidades y las matemáticas. Seguía con mucha facilidad los cursos, y las tareas, lejos de parecerme agobiantes, me deleitaban, como un juego más. Tenía excelentes notas, como no las tuve antes ni después, y el rector, un hombre severo pero justo, se hacía lenguas con mi madre sobre mis calidades de estudiante. Al terminar el penúltimo año de bachillerato se celebraba un examen en la Universidad entre los alumnos de los colegios privados de París, en el cual participaban millares de alumnos. La prueba comprendía un examen escrito y otro oral, que yo preparé con mucho cuidado. Había que escoger dos idiomas extranjeros y yo, renunciando a la ventaja que me hubiera podido dar el castellano, opté por las lenguas clásicas, latín y griego, que comenzaban a caer en desuso. Esperaba sacar una buena nota, pero nada me hacía presumir que pudiera resultar premiado, a la cabeza de millares de estudiantes que se presentaban al concurso. Llegue ya tarde al apartamento de la Rue de Berri en donde me esperaban mi madre y una amiga, Leonor Herrera, 10 años menor que yo, pero que vivía pendiente de cuanto acontecía y me llamaba, a media lengua, novio, tratamiento que mantuvo hasta su muerte, acaecida hace pocos años. Me mostré satisfecho y los tres celebramos juntos el que yo hubiera sorteado el certamen con éxito.

Al día siguiente se conocieron los resultados, cuando el rector le pidió una entrevista a mi madre, para informarle que el Liceo Pascal con el alumno Alfonso López Michelsen nacido en Santa Fe de Bogotá, quedó a la cabeza entre los colegios privados de París y venía a entregarle el diploma y la medalla de plata con que se consagraba mi buen suceso. Tan poca fue la importancia que le atribuí, en aquel primer momento, a mi premio, que no tuve el buen cuidado de conservar la medalla de plata ni la carta del rector, pero aún conservo en mi bufete de abogado el certificado de estudios en el cual quedó protocolizado mi nombre como el mejor estudiante. Con el transcurso de los años esta presea ha ido adquiriendo valor a mis ojos, como los tuvo a los de mi padre, cuando por cable tuvo conocimiento de mi hazaña. Muy difícil me ha sido en la vida imponerme por mis propios méritos. (...) ?

Avión al mar en Perú
(…) Muy de mañana dejamos la residencia del embajador Cuneo Harrison, el jefe de Protocolo de la Cancillería de Torretagle que muy gentilmente nos la había cedido, y abordamos el mismo avión anfibio de marca Sikorsky que la Pan American había puesto a nuestro servicio. Arrancamos del aeropuerto de Lima con una mañana brumosa y apenas habíamos dejado atrás el puesto del Callao, cuando me pareció que nos estrellábamos con una bandada de pájaros que golpeaban la ventanilla del avión con una especie de chasquido no muy fuerte que parecía azotar el costado de la nave. Se produjo de súbito el silencio de los motores y el piloto abrió la puerta del avión para gritarnos en voz alta: "¡Put on your life savers! We are lost". ("¡Pónganse los salvavidas! Estamos perdidos").

Miré del lado de papá quien, con su mano hizo un gesto de escepticismo, como si fuera inútil cualquier acto (más tarde nos confesaría que su último pensamiento había sido sobre el horror de la llegada de la noticia de nuestra muerte a la casa en Londres), y renunció definitivamente a hacer uso del salvavidas. Por mi parte, intenté ponerme el chaleco salvavidas, pero al ir a ceñírmelo, se reventaron las cuerdas, probablemente podridas, con que se sujetaba al cuerpo. Por un inexplicable mecanismo mental, lo único que me angustiaba era la suerte que iban a correr mis pertenencias. Yo llevaba semillas de algunas plantas de las que adornaban las calles limeñas y una colección de discos norteamericanos para mis amigas, que no hubiera podido conseguirlos en Bogotá. La catástrofe, que nos hubiera podido costar la vida, se traducía para mí en la rotura de los discos. Fue una cuestión de segundos. Diríase que el avión ascendía a una gran velocidad pasando de una capa de nubes a otra, cuando lo que hacía era descender. Pensé en el desastre que sería la pérdida de mis flores y de mis discos y esperé sin mayor angustia el desenlace. Estaba convencido de que a última hora, algún factor imprevisto nos sacaría a flote sanos y salvos, como en efecto ocurrió.

El avión cayó al agua sin gran estrépito, a unos kilómetros del Puerto del Callao, y, sostenido por las alas sobre el mar tranquilo de las primeras horas del día tardó mucho tiempo en comenzar a hacer agua. Una lancha motor que irónicamente llevaba el nombre La Pedrera, nos rescató, y regresamos minutos después a la casa que habíamos dejado al amanecer. Sólo horas más tarde, vino a desatárseme la crisis nerviosa, cuando se hizo necesario dormirme con la ayuda de un calmante inyectado por prescripción de los médicos. Las consecuencias políticas podían tener graves repercusiones para la paz entre los dos países, pues no faltó la sospecha de que se podía tratar de un atentado por parte de los militares enemigos del arreglo. De esta suerte se imponía dejar a Lima a la mayor brevedad posible. Un paquebote inglés, el 'Reina del Pacífico', debía tocar en El Callao al siguiente día, y en él nos embarcamos hacía Buenaventura, abordándolo en medio de la curiosidad de los pasajeros y de la tripulación que nos miraba como a animales raros.

Romance en Chile
(…) Aún subsiste en el centro de Santiago el restaurante La Bahía, un degustadero de mariscos que en mi tiempo era el más exclusivo de la ciudad. Fue allí donde una noche, mientras cenaba en compañía de uno de mis condiscípulos de la Universidad, divisé una mujer en compañía de uno de los socios del Club de la Unión con quien yo mantenía alguna amistad. De lejos ella y yo nos miramos intensamente y como yo estaba pasado de copas, aproveché el momento en que su compañero se fue al baño para acercarme a su mesa y decirle, a boca de jarro "usted me gusta" y ella respondió: "usted también".

Apenas tuve tiempo de decirle que nos viéramos al día siguiente en la puerta del salón de cine a la hora de la sesión vespertina, que los chilenos llamaban "la vermouth". Puntualmente nos encontramos ese domingo y al terminar el cine la invité a cenar en el vecindario. Así fuimos dándonos citas durante algunos días sin saber siquiera nuestros gentilicios. Éramos, apenas María y Alfonso, sin enteramos en aquellas primeras entrevistas de nuestros respectivos estados civiles. Mucho más tarde supe que era casada y separada de un hombre rico, propietario de caballos de carreras, quien la llamaba de tiempo en tiempo para darle datos acerca de los posibles ganadores en las carreras del próximo domingo y reiterarle por centésima vez que la adoraba.

Nunca conocí al personaje, pero cuando ya vivíamos juntos, ella y yo, conocíamos de memoria sus caballos que contribuyeron decisivamente a incrementar mi pensión de estudiante apostando a favor o en contra de sus potrancas, según las indicaciones que telefónicamente le daba a María su ex marido.

La segunda vez que fuimos a cine le propuse, después de consumir varias botellas de vino, que fuéramos a mi apartamento. Previamente le había pedido a Fernando que no llegara sino después de la medianoche. Allí, en la intimidad de un salón que era a la vez alcoba, le brindé nuevas copas de licor e intenté excitarla para luego hacer el amor, como lo venía planeando desde el día de nuestro primer encuentro. Grande fue mi sorpresa cuando montó en cólera, increpándome mi proceder. Me decía: "Ustedes los hombres, siempre tienen la idea de que la mujer cae y que es una victoria seducirla hasta conseguir su entrega física. Yo estoy dispuesta a que hagamos el amor en igualdad de condiciones, mano a mano, como si se tratara de un matrimonio, después de la ceremonia. Vámonos a una playa en los días del 18 (así llaman en Chile las fiestas patrias) y vivamos nuestra Luna de Miel". La reacción me sorprendió en una mujer que debía tener mi edad y la experiencia de su matrimonio que no duró más de un año.

Convine en que aquel 18 de septiembre de 1935 nos iríamos juntos a Llo-Lleo. Tomamos el tren y en cuanto llegamos a la playa nos registramos en el hotel como marido y mujer, no sin que antes ella, que era muy imaginativa, me propusiera que corriéramos entre los manzanos en flor de un predio vecino, tal como habíamos visto a dos enamorados en el cine, cuando salimos juntos por primera vez. Fue un episodio inolvidable por la intimidad que surgió entre los dos y la crítica que comenzamos a hacernos recíprocamente.

Cuando vuelvo los ojos a aquel encuentro y la vida que pasamos juntos durante mis estudios en Chile, no dudo que fue una de las personas que más influencia tuvo sobre mi vida, comparable con la de mi padre.

Vivía completamente sola y era oriunda de Salamanca, un pueblo en el norte de Chile. Su soledad la había hecho especialmente dura consigo misma. Un día me enseñó un revólver que guardaba bajo la almohada con el propósito de ponerle fin a sus días cuando dejaran de tener sentido. Entre tanto, era un monstruo de voluntad. Juntos leíamos las traducciones de los libros de André Malraux La Condición Humana y El Tiempo del Desprecio. En alguno de ellos relata el novelista la anécdota de un piloto alemán a quien una gitana le puso de presente que tenía muy corta la línea de la suerte y que debía tenerla hasta darle la vuelta a la palma de su mano, agregando: la suerte se la puede prolongar uno mismo. Era la filosofía de María. Otras veces leíamos el episodio de la muerte de uno de los protagonistas de la revolución china, en donde su amante le decía: "parece que se necesitan nueve meses para hacer un hombre, pero no es cierto. Se necesita toda una vida para formarlo, y cuando ya está hecho, no sirve sino para morir".

Ella veía que yo nunca me había enfrentado a la vida y quería forjarme una voluntad a semejanza de la suya. Cuando pienso que alguna vez me impuso como ejercicio de la voluntad prestarme a la extracción de una muela sin anestesia, me asombra el dominio que ejercía sobre mi voluntad. Era consciente de mis debilidades y no me las ocultaba. Cuando le propuse, después de un año de vivir juntos, que nos fuéramos a buscar la vida al Uruguay, una locura como cualquier otra, y ver si nos casábamos después, procedió como siempre, argumentando que yo nunca rompería con mi familia y que les causaría una pena inmensa a los míos yéndome a vivir con ella a otro país.

Algo que pinta en toda su dimensión de persona con los pies en la tierra fue nuestra separación, cuando finalmente tuve que regresar a Colombia. Era un 25 de diciembre y la noche del 24 la pasamos juntos como si nada debiera ocurrir al día siguiente.

Habíamos contraído el compromiso de no escribirnos ni ponerle ningún dramatismo a nuestra separación. María pensaba que si manteníamos una correspondencia a distancia, sin perspectiva de volvemos a encontrar en el futuro, nuestras cartas poco a poco se irían convirtiendo en una carga y la obligación de contestarlas, cuando ya nuestras circunstancias personales hubieran cambiado por completo, sólo serviría para que nuestros sentimientos languidecieran penosamente. Ambos cumplimos rigurosamente nuestro compromiso. Nunca, en 25 años, volví a saber de ella. Treinta y cinco años después, siendo yo Canciller de la República, tuve ocasión de volver, a verla, gracias a un arquitecto colombiano participante de un Congreso Latinoamericano que se hallaba reunido en Santiago y a quien ella le mencionó que me conocía. Fue el más extraño de los reencuentros. Me trataba a una gran distancia, llamándome "señor" y rememorando nuestra juventud como algo que le hubiera ocurrido a una tercera persona. Después de hablar de muchos temas del pasado, terminó diciéndome: "¿sabe señor que desde entonces yo vivo en el apartamento de la calle Serrano?". Fue la última noticia que tuve de ella. No se había casado y vivía sola, como siempre, en el sitio en donde nos solíamos encontrar regularmente durante el tiempo de nuestros amores…
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