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| 1/6/2003 12:00:00 AM

¿Menos violentos?

El balance final de la Policía sobre los delitos demuestra que por primera vez en varios años habría un motivo para ser optimistas.

La sensacion que tuvieron los colombianos este fin de año de haber salido finalmente del encierro a recorrer su país en relativa calma se refleja por primera vez también en las estadísticas. No sólo es positivo el balance de la Policía Nacional en este fin de año sino en todo 2002. Salvo los homicidios comunes, que crecieron en un 1 por ciento, todos los demás delitos contra el patrimonio económico y la integridad personal bajaron. Los que más decrecieron fueron aquellos que normalmente se cometen en las carreteras: la piratería terrestre disminuyó en 22 por ciento, las pescas milagrosas se redujeron en una tercera parte y el robo de vehículos disminuyó en 8 por ciento. Las autoridades atribuyen estos éxitos a que en los últimos seis meses se extremaron las medidas de seguridad en las carreteras y a la labor de la Policía Vial. Los muertos en accidentes de tránsito también bajaron. Se cree que en 2002 murieron 697 personas menos por este concepto gracias a las campañas de prevención y control adelantadas en varias ciudades, como la lanzada por el alcalde Antanas Mockus en Bogotá. Esta cifra podría bajar aún más este año ya que entró en vigencia el nuevo Código de Tránsito con severas penas para los choferes que manejen embriagados. Por ejemplo, sólo el día de Año Nuevo la Policía registró un poco menos de la mitad de muertos en accidentes vehiculares que en la misma fecha del año anterior. Los atentados contra la vida siguen siendo escandalosos aunque hay un cambio de tendencia importante en los homicidios colectivos, que disminuyeron en casi 40 por ciento. Aunque esta cifra es alentadora y se cree que refleja la política que emprendieron a principios de año las autodefensas de no cometer más masacres, lo cierto es que paralelamente crecieron los homicidios selectivos en zonas en disputa, como Cúcuta y Medellín. La capital paisa sigue siendo la ciudad con el mayor número de homicidios en el país y una de las más azotadas por la violencia en el mundo. El año pasado murieron en Colombia de manera violenta 28.230 personas, 390 más que en 2001. No es fácil identificar el origen de estas muertes. Cuatro de cada 10 de estos homicidios se cometieron en Medellín, Cali, Bogotá o Cúcuta, lo que a primera vista llevaría a confirmar la teoría de que la mayoría de muertes violentas en el país no son producto del conflicto armado sino el resultado de peleas de borrachos, riñas de cantina, de una naturaleza violenta o de una incapacidad llana de resolver los conflictos básicos de manera civilizada. Sin embargo estudios sobre la evolución del crimen en Colombia, como el publicado en 2002 por Alejandro Gaviria, actual subdirector de Planeación Nacional, demuestran que si bien la mayoría no fueron muertos por una bala de un narco, de un guerrillero o de un paramilitar, estos grupos sí han tenido indirectamente un papel determinante en la escalada de los homicidios en los últimos 20 años (ver gráfico). ¿Cómo se explica que la tasa de homicidios se haya cuadruplicado en 20 años, se haya mantenido por encima de los 25.000 y sea tres veces mayor que la de otros países violentos (México y Brasil, por ejemplo), y entre 50 y 70 veces mayor que la de cualquier país europeo? Gaviria cree que la lucha que emprendieron los carteles de la cocaína a finales de los 70 para consolidar el negocio disparó el crimen de tal forma que desbordó la capacidad del sistema judicial. Los jueces enfilaron todas sus baterías a perseguir a los narcotraficantes y descuidaron otros frentes. Delinquir y salirse con la suya se volvió fácil y rentable. Varios estudios demuestran que la probabilidad de ser castigado por homicidio es menos de 5 por ciento. Esto, obviamente, incentivó los secuestros, los asaltos bancarios, el robo de automóviles y el homicidio, que desde entonces crecieron de manera sostenida. Por otro lado, explica Gaviria, los narcotraficantes, y hasta cierto punto la guerrilla, les han transferido la tecnología del crimen a los delincuentes comunes. Guardadas las proporciones, es una transferencia de conocimiento similar a la que realizan las multinacionales a las firmas locales. Aprendieron de los carteles a comprar armas en el mercado internacional, a lavar dinero y a identificar los funcionarios oficiales fácilmente corruptibles. Y por último, y quizá lo más grave, señala el investigador, estos grupos provocaron un cambio de valores en la sociedad. El crimen se volvió una forma de vida aceptable y 'coronar' con un secuestro o un cargamento de coca es algo digno de emular. Esto indujo a muchos jóvenes a inclinarse por el crimen. Dentro de este contexto, si bien es importante que haya una mejoría en los indicadores criminales, aún el país está lejos de festejar.
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