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| 3/26/2011 12:00:00 AM

Mi abuela

Así recuerda a Gloria Valencia de Castaño su nieta María López Castaño.

La vida de mi abuela comenzó en el Tolima. Ese Tolima que fue siempre su polo a tierra, su equipaje. Lo llevó en ella siempre: su río, sus leyendas, sus refranes, su música. Su niñez transcurrió a la sombra de los ocobos del patio de su casa en Ibagué, donde ella contaba que su abuela, mamá Eloísa, le lavaba el pelo en un platón perfumado con hojas de naranjo y jazmines. Solía recorrer las calles de su pequeña ciudad junto a su mamá, Mercedes, con sus trenzas que le llegaban a la cintura y sus enormes ojos azules. Aunque su infancia en Ibagué fue corta, le marcó la vida para siempre y se encargó de que nunca olvidáramos de dónde venía, y nos decía que esas eran las cosas importantes de la vida.

Hoy, en medio de recortes, fotos, homenajes y perfiles, es increíble no saber cómo resumir la vida tan plena, vital y contundente de una mujer que vivió su siglo, en todo el sentido de la palabra. Nos enseñó el placer de las cosas sencillas, a sentir el viento en las mejillas, a respetar la naturaleza, y repetía una frase que siempre me marcó: "No pidas que la rosa dé más que su perfume".

Llegó a Bogotá a comienzos de los años cuarenta. Contaba entre carcajadas que su infancia terminó el día en que se dio cuenta de que las fuentes de la Plaza de Bolívar no eran de agua de colores, sino que su colorido era producto de un simple efecto de iluminación. Nunca dejó de sorprenderse. Todo era novedoso, todo era interesante y todo quiso hacerlo ella de primera. Fue visionaria y vanguardista.

Militó de la mano de María Currea de Aya, Esmeralda Arboleda y Gloria Gómez Sierra en la Unión de Ciudadanas por el voto femenino e hizo parte de la primera promoción de mujeres de la Universidad de los Andes; su compromiso con la naturaleza la convirtió en activista ambiental; y dejó una huella imborrable como pionera de la moda.

Su voz fue descubierta por el presidente Eduardo Santos y con ella comenzó en la Radio Nacional leyendo cuentos a los niños. Su talento cautivó al director de Radioteatro Bernardo Romero Lozano, quien le propuso lo que le cambiaría la vida y marcaría su existencia y la de los colombianos: hacer televisión. Contaba ella que fue así como se trasladó a los fríos estudios del sótano de la Biblioteca Nacional y que se encontró con un equipo de cubanos muertos del frío, se paró frente a una anacrónica cámara más parecida a un tanque de guerra y presentó su primer programa de entrevistas, enfrentada nada más y nada menos que al poeta León de Greiff. Lo demás hace parte de la historia.

Tuvo la habilidad de enseñarle a un país entero, a través de una pantalla, la importancia de la música, la literatura y el arte y lo fundamental que es el cuidado de la naturaleza para nuestra existencia, en el mismo tono en el que nos enseñaba a nosotros, sus nietos, tantas lecciones y tantos poemas que hoy me quedan en la memoria.

Será recordada por su belleza, su carisma, su elegancia, su cultura. Siempre se dirigió a su público con una claridad impecable. En sus entrevistas, su magia lograba que tanto el entrevistado como el oyente, sin distingo de edades, de estratos o de cargos, se embelesaran ante la conducción de un diálogo fluido y enriquecedor.

Nada de esto habría sido posible sin la devoción de mi abuelo Álvaro, quien la tomó de la mano sin soltarla nunca en su breve paso por el mundo. Se amaron y construyeron juntos no solo un hogar feliz en el que yo crecí, sino su infinito e incontestable deseo de servirle a la cultura de este país. Juntos crearon la emisora HjckEl Mundo en Bogotá; juntos, ella presentando y él dirigiendo, introdujeron al país la conciencia ecológica con Naturalia, la historia de los animales y los animales en la historia. Fueron más de sesenta años que comenzaron con un beso debajo del reloj en el Parque Nacional y que luego se convirtieron en viajes inolvidables, árboles sembrados, libros compartidos, dos hijos y cinco nietos. Siempre fuimos una familia pequeña y todo giraba en torno a ella. Nada sucedía en nuestras vidas sin que ella estuviera al tanto o tuviera algo que decir. Tenía una manera única de contar historias, de decir lo justo en los momentos difíciles y, sobre todo, de sacar lo mejor de cada uno de nosotros. Fue la mejor hija, la mejor esposa, la mejor madre, la mejor abuela y, especialmente, una gran mujer.

Nos enseñó a luchar. Nos enseñó a soñar. Nos enseñó a agradecerle a la vida todos los días y a compartir lo que teníamos con los menos afortunados. Una vida plena de trabajo, ilusiones, labores cumplidas y mucho amor. Deja un legado imposible de describir. La llevamos de forma muy profunda los que tuvimos la suerte de compartir la vida con ella.
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