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| 5/5/2007 12:00:00 AM

Mi historia de amor con Salvador Allende

Gloria Gaitán, hija del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, rompió 33 años de silencio y habló con SEMANA de su relación y del hijo que perdió con el inmolado Presidente socialista chileno.

Alos 69 años, muy bien conservados, se siente como de 20. La fuerza y las ganas de vivir mucho más, dice ella, las encuentra en el gaitanismo. Esa fuerza extraordinaria que le permitió a Gloria Gaitán sobrevivir al magnicidio de su padre cuando tenía 10 años y de llevar a cuestas el legado del líder liberal, la usó para revelar un secreto que había guardado por décadas. Esta semana la prestigiosa periodista chilena Mónica González publicó un artículo en el que reveló que Gaitán había tenido una relación con el presidente chileno Salvador Allende y que por petición de éste había quedado embarazada. El destino haría que el niño nunca naciera. The Clinic, un polémico quincenario chileno, también publicó una versión de los hechos.

La noticia sorprendió a todo el mundo, pero muy pocas personas la han desmentido. Incluso colaboradores personales de Allende la confirmaron, así el gran amor de Allende haya sido María Contreras, 'Payita', su secretaria.

A pesar de la avalancha de llamadas, mensajes y correos electrónicos, Gaitán se refugió de nuevo en el silencio de su apartamento cerca de la Avenida Chile de Bogotá, donde tuvo que mudarse hace tiempo para poder pagar los gastos de varios años de defensa de un complejo pleito que tiene con el gobierno. Allí, sentada en un sillón que fue de su padre, Gloria Gaitán volvió a romper su silencio y concedió una entrevista a SEMANA, en la que narró detalles desconocidos de su relación con Allende.

SEMANA: ¿Por qué después de 33 años decidió revelar el secreto de su amor con Salvador Allende?
GLORIA GAITÁN JARAMILLO: Por el momento en el que estoy viviendo. Mientras he tenido que enfrentar durante varios años la avalancha del presidente Álvaro Uribe por sepultar la memoria y el legado de mi padre, recordé ese inmenso amor por la vida que tenía Salvador Allende. Él, que sabía en 1973 que el golpe de Estado era inminente, que iba a morir y que iba a ser sacrificado, a pesar de amar profundamente la vida, decidió prolongarse a través de un hijo, que no era cualquier hijo: era el nieto de Gaitán y el hijo de Allende.

SEMANA: ¿Cuándo conoció a Salvador Allende?
G.G.: Yo lo conocí en Cuba, el 26 de julio de 1959, en la primera conmemoración del triunfo de la Revolución. Mi mamá y yo habíamos sido invitadas y lo vi por primera vez desde la Plaza de la Revolución, en un balcón junto a Lázaro Cárdenas. Después, Fidel Castro hizo una recepción y ahí nos conocimos. Hablamos, habló de mi padre y al final intercambiamos direcciones. Comenzamos a escribirnos. Era un hombre muy galante.

SEMANA: Pero usted regresó a Colombia, se casó y tuvo dos hijas. ¿Cómo llegó de nuevo a la vida de Allende?
G.G.: En Colombia nunca pude encontrar trabajo como economista, pues ser hija de Jorge Eliécer Gaitán me cerraba las puertas en el Estado y en la empresa privada. En 1972, después de mi separación, de muchos problemas económicos y de tener que velar por mis hijas, Allende se enteró por un amigo en común, Juan Garcés, de mi situación. Él me ofreció trabajo y me fui para Chile con mis dos hijas.

SEMANA: ¿Y cómo fue el reencuentro con él?
G.G.: Llegué a comienzos de 1973. Al tercer día fui a Tomas Toro, la residencia privada a una cena junto a unas 15 personas. Me hizo sentar al lado suyo, frente al comandante de la guardia personal. Al rato lo llamaron al otro lado de la mesa, y desde allí hizo un brindis conmigo, en una coquetería que todas las personas comenzaron a rumorar. La hija mayor de Allende hizo una cara desagradable. Con esa levantada de la copa comenzó todo. Me di cuenta en ese momento de que no había llegado solo como funcionaria.

SEMANA: ¿Cuándo empezó su relación íntima con Allende?
G.G.: Muy rápido. Yo llegué a un apartamento que él me consiguió prestado. Ahí me quedé unos días con mis hijas, pero casi siempre nos veíamos en Tomas Moro. Allá llegaban los amigos de siempre. Me quedaba hasta el otro día, cuando me iba a mi casa a leer los diarios y a hacer mi trabajo.

SEMANA: ¿Y cuál era su trabajo en Chile?
G.G.: Llegué como asesora económica de la Presidencia, pero me fue dando otras funciones. Todas las mañanas debía leer los diarios y llamarlo a las 8:15 para hacerle un resumen de prensa. Le decía cuáles artículos debía leer. También me hacía ir a ciertas reuniones para saber qué se decía o qué hablaba zutano o perencejo

SEMANA: ¿Desde cuándo supo Allende del golpe militar?
G.G.: Desde siempre. Lo que buscaba era ganar tiempo para profundizar la revolución.

SEMANA: ¿Pero no hubo un momento decisivo?
G.G.: Tres semanas antes del golpe. Esa noche, Allende tuvo una reunión con la cúpula militar. Al terminar entró al cuarto y me dijo: "Este caucho no estira más. El golpe se viene". Entonces le pregunté: "¿Todos los generales van a hacerlo?". Me dijo que era uno solo. Entonces le dije: "Dime quién es. Si quieres yo lo mato". "Si tú lo matas, ¿qué nos diferenciaría de ellos?", me respondió.

SEMANA: ¿Estaba dispuesta a morir por Allende?
G.G.: A esas reuniones, en las que vi muchas veces a Pinochet, yo entraba armada. En esos días todas las personas cercanas a Allende sabíamos que íbamos a morir con él.

SEMANA: ¿En esos días ya estaba embarazada de Allende?
G.G.: No. Una noche, creo que en abril, 'Chicho', como le decían los amigos a Allende, me dijo: "Voy a morir, pero voy a seguir viviendo en ti". Yo le dije que estaba loco. Le advertí que por ser la hija de Gaitán, la vida me había demostrado que los muertos sólo les sirven a los vivos, sobre todo a los más vivos. Después entendí que quería tener un hijo conmigo.

SEMANA: ¿No era una propuesta un poco extraña, sabiendo que Allende estaba dispuesto a morir en caso de que ocurriera un golpe militar?
G.G.: Yo tenía 37 años, dos hijas y no estaba segura de tener un hijo. Lo discutimos mucho. Una noche estábamos con Víctor Pey, su íntimo amigo. Allende le dijo que yo era una pequeño-burguesa y que me daba miedo el qué dirán. Que por eso no quería tener un hijo con él. Entonces Allende, con su humor de siempre, le propuso a Pey que se casara conmigo para que pudiera tener un hijo. Yo le respondí que había sido educada para no temer al qué dirán y le conté una anécdota de mi mamá. Ella, después del 9 de abril, se encerró durante cuatro años en la casa. Un día fue el arzobispo y le dijo: "Vengo a prestarle apoyo espiritual porque en la calle dicen que usted está embarazada". Y mi mamá le respondió: "Y a usted le consta que no lo estoy".

SEMANA: Entonces, ¿por qué decidió quedar embarazada?
G.G.: Al ver esas ganas de vivir de Allende, al sentir a ese hombre que disfrutaba todo, la comida, el vino, las flores, el arte, la música, como ningún otro; y que quería tener un hijo porque quería seguir vivo en otra persona, acepté. No quería tener un hijo con Gloria Gaitán, quería un hijo que reviviera la sangre y los genes de Gaitán y lo sobreviviera a él. Buscaba que se prolongaran en el tiempo, unidos en la historia y la biología.

SEMANA: ¿Cuándo se dio cuenta de que estaba embarazada?
G.G.: No mucho antes del golpe, creo que unas dos semanas atrás. Como Allende era médico, me hacía hacer exámenes permanentemente. Un día me di cuenta y cuando nos vimos, le conté, pero él ya lo sabía.

SEMANA: Debió ser un momento muy fuerte, duro para los dos.
G.G.: No quiero entrar en detalles. En momentos como ese me acuerdo de la frase de Galán que dice: "Lo que ha de ser, que sea". La incertidumbre era la tortura, y con la noticia llegó la calma. La nuestra era una relación tan grande, que no hay palabras en español para definirla. Tal vez en otros idiomas.

SEMANA: ¿Usted nunca le pidió a Allende que se salvara?
G.G.: El último día que nos vimos, el domingo 9 de septiembre, me le arrodillé, llorando, pidiéndole que no se sacrificara. Que él no servía muerto, sino vivo, creando una oposición. Él no asumió su decisión de morir con espíritu de héroe, como el Che o Camilo Torres, sino como el deber de un militante político que se sacrifica en defensa del Estado de Derecho.

SEMANA: Durante muchos años ha sido un misterio lo que Allende hizo su último domingo con vida, dos días antes del golpe de Estado. ¿Eso significa que estaba con usted?
G.G.: Ese domingo nos invitó a las niñas y a mí a su casa. Almorzamos con las hijas de Allende. Fue muy lindo, les regaló un hongo de madera y una matrioschka rusa. Tras el almuerzo, fuimos a la biblioteca y vimos que había salido la primera flor del cerezo. Allende me dijo: "Nunca veré florecer ese árbol".

SEMANA: ¿Cuándo fue la última vez que habló Allende?
G.G.: Ese domingo lo vi por última vez. Al día siguiente lo llamé y le dije que no podía ir porque a las niñas les habían robado la bicicleta y estaban muy nerviosas. Allende me dijo: "Diles que yo les compro otra", y yo le dije: "No se trata de eso, van a pensar que las cosas les lleguen del cielo". Y él me dijo: "¿Acaso no te caí yo del cielo?".

SEMANA: Al día siguiente, el 11 de septiembre de 1973, cuando se produjo el golpe de Estado contra Allende, ¿dónde estaba?
G.G.: En mi casa. Esa mañana me llamó un amigo y me dijo que en la radio decían que venían tanques de Valparaíso. Llamé a La Moneda, al teléfono directo de Allende, y me contestó un miembro de la Guardia de Amigos Personales y me dijo: "El doctor está esperando su llamada". Fue a buscarlo. Esperé un tiempo, que no sé cuánto fue. Pudo haber sido un segundo, pero a mí se me hizo una eternidad. Como era el número privado y era un momento muy complicado, decidí colgar. Nunca más volví a escucharlo.

SEMANA: ¿Cómo se enteró del golpe?
G.G.: Me fui con una amiga a mi oficina, pero los militares ya habían ocupado el edificio. Llegamos hasta el Ministerio de Educación, que quedaba al lado del Palacio y nos subimos a la terraza. Desde allí vimos cómo cayeron las bombas en el Palacio. Una mujer que estaba cerca de nosotras, gritó: "mataron a ese hijueputa". A mí me dio tanta rabia, que me le lancé encima y la empecé a ahorcar. Si no me la quitan, la mato.

SEMANA: Si bien su relación no era pública, ¿es de pensar que los militares sabían de su existencia?
G.G.: No lo sé. Me fui a mi casa. Mandé a mis dos hijas a una finca, con unos amigos. Días antes me había cambiado de casa, y por eso me salvé de que esa mañana me detuviera el Ejército. Ellos pensaban que allá había armas, porque días antes había llegado de Palacio un carro. Eran las cosas para una cena que Allende me pidió que hiciera, y como no tenía nada, las hizo llevar. Yo vivía de la plata que mis amigos me daban o me prestaban, porque la Contraloría chilena no había aceptado mi nombramiento. Allende nunca se enteró de mi situación.

SEMANA: ¿Y por qué decide refugiarse en la Embajada de Colombia?
G.G.: Yo quería quedarme en Chile. Esa mañana me llamó mi amigo colombiano Juan Garcés y me dijo que en las emisoras estaban pidiendo que varias personas se presentaran a un puesto del Ejército. Entre esas estaba yo. Al rato, en una pequeña maleta Samsonite empaqué los regalos que me había dado Allende: un collar que le regaló el Rey de Marruecos, otro que le dieron los mapuches, una grabación de un discurso de él en el que citaba a mi papá, un perfume, un libro con una dedicatoria suya, las cartas y unos ponchos que les dio a mis hijas. Convencí a mi vecina de que me llevara a la embajada. Llegué dentro de baúl del carro.

SEMANA: ¿Cómo logró salir de Chile?
G.G.: Al estar en el jardín de la casa, el embajador de Colombia, Juan B. Fernández, no quería dejarme entrar. Si no es por Octavio Calle, un godo, regodo antioqueño que lo obligó a dejarme entrar y llamó el presidente Misael Pastrana que le dio la orden de dejarme entrar, no sé qué hubiera pasado. Pasamos varias semanas allí, en condiciones precarias, hasta que, a comienzos de octubre, un Jumbo nos sacó del país.

SEMANA: ¿Cómo asumió la muerte de Allende?
G.G.: No la aceptaba. Yo esperaba que hubiera ocurrido un milagro, que me hubiera escuchado y que se hubiera ido del país. Cuando llegué a Colombia, al ver la tristeza de mi madre y oír lo ocurrido, vine a aceptar su muerte.

SEMANA: ¿Le contó de su embarazo a su mamá?
G.G.: Sí, ella era una mujer muy valiente. Me dijo que me apoyaba. Una tía que vivía con nosotras también lo supo. Días después iba caminando cerca de la Clínica Palermo y empecé a sentir dificultades al caminar, sentía que estaba sangrando. Llegué hasta la clínica y en un consultorio, donde decía doctor Gaitán, ginecólogo, me metí. Allí perdí a nuestro hijo. Fue la primera vez que lloré.

SEMANA: ¿Por qué siempre habla del niño, y no de una niña?
G.G.: Porque él insistía en que iba a ser hombre, el nieto de Gaitán, el hijo de Allende, en el que él iba a perdurar.

SEMANA: Algunos no creen su historia, e incluso dicen que usted está loca.
G.G.: Que piensen lo que quieran. ¿Qué gano yo con esto? Decirlo fue tan difícil como cuando decidí quedar en embarazo. Estaba segura de que no lo iba a decir nunca, pero si Uribe no quisiera enterrar a mi papá, nunca lo habría dicho.

SEMANA: ¿Por qué insiste en hacer esas acusaciones?
G.G.: Porque desde 2002, antes de ser Presidente, buscó la forma de cerrar el Centro Gaitán y sacarme de allá. Tras recibir amenazas de los paramilitares, me tocó renunciar. El tercer decreto que firmó Uribe como Presidente fue aceptando mi renuncia forzada. Me quitaron mis pertenencias, no me dejaron volver a entrar y me denunciaron. Hoy no sólo he sido exonerada de todas las acusaciones que se me hicieron, sino que voy a recuperar el Instituto Gaitán para recuperar la imagen y el pensamiento de mi padre, que quería una democracia directa.

SEMANA: ¿Podríamos ver las cartas con Allende y el libro que le dedicó?
G.G.: Podría, pero no voy a abrir el baúl en el que están, porque cada vez que lo hago me descompongo. Ahí está la última pijama de mi papá, su almohada, todo lo que conservó mi mamá; además de las cartas y el libro de Allende. Son muy dicientes, muy amorosas. Una copia las tiene Eduardo Labarca, quien la publicará en un libro.

SEMANA: Y si ese niño hubiera nacido, ¿qué habría pasado?
G.G.: No sé, me habrían matado. Habrían sido una tragedia. Imagínese: nieto de Gaitán e hijo de Allende.

SEMANA: Después de eso, ¿se volvió a enamorar?
G.G.: Allende era otra dimensión. Era algo que superaba el amor. Cuando uno encuentra un líder, un caudillo que luchaba contra los que mataron a mi papá, un hombre generoso, gracioso, complaciente, amoroso, con quien se comparte un ideal, una revolución, eso no le pasa a todo el mundo. No me importa si me creen o no. Esa era mi historia secreta.
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