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| 11/4/2006 12:00:00 AM

Mi hora cero

La periodista María Jimena Duzán le vio la cara a la muerte en un incidente aéreo la semana pasada. En este texto exclusivo para SEMANA, relata lo que sintió.

Durante 18 años escribí una columna en El Espectador que se llamaba Mi Hora Cero. Pero solo hace una semana supe lo que se siente cuando a uno le llega su hora. Pasadas las 10 de la noche, en la víspera de la fiesta de las brujas, mi avión -un nuevo Boeing 757 de Avianca- salió de El Dorado. El vuelo iba a Buenos Aires sin una sola silla vacía. Yo iba con el ex senador Rafael Pardo a Montevideo, a participar en un seminario sobre Medios y Democracia.

El avión carreteó en la noche despejada. Sentí las turbinas, por lo que dejé a medias un artículo que estaba leyendo y me concentré en ver por la ventanilla cómo despegábamos. No recuerdo cuántos minutos después se produjo un estruendo que a mi me sonó a explosión. El avión se cimbroneó, frenó su ascenso, pero se mantuvo en el aire. Sentí que un remolino de pánico me devoraba. ¡Carajo, me maté!, me dije, mientras una imagen de mis hijas me desgarró por dentro y se congeló en mi mente. Le supliqué al de arriba, como nunca, que mantuviera el avión en el aire. Respiré profundo y recordé que había estado a punto de cancelar el viaje impulsada por un presentimiento. ¡Eso me pasa por no hacerles caso a mis corazonadas!, pensé, mientras al lado de la foto congelada de mis hijas veía la lista de lo que había dejado por hacer. Me dio rabia y me invadió una tristeza profunda.

Los gritos de algunos pasajeros me rescataron del hueco negro. "!Hay fuego!", escuché. Como autómata, miré atrás y vi caras presas del pánico. Una voz que podría ser la de una azafata nos llamó a que nos mantuviéramos en las sillas y en calma. A mi lado, una familia de argentinos me arrugó el corazón. Trataban de esconder su miedo para que su hijo no viera el peligro. La sonrisa de ese niño me devolvió cierta esperanza. Los segundos pasaban como siglos y el avión seguía a baja altura. Un ruido de sus entrañas nos decía que algo se le había desajustado a este pajarraco de metal.

No sé al cabo de cuánto tiempo la voz del piloto se dejó escuchar. "Hemos perdido una turbina", informó, y advirtió que había logrado extinguir el fuego y que el avión estaba controlado. Sin embargo, anunció que deberíamos volver. Un aplauso desbordado se dejó sentir. Lo recuerdo como un bálsamo porque liberó algo de la tensión asfixiante. Mi vecino de enfrente, por ejemplo, a quien ya daba por muerto, abrió los ojos.

Acto seguido, la tripulación, que siempre demostró gran temple, se levantó y empezó a ubicar en las salidas de emergencia a personas jóvenes y a retirar a quienes no tuvieran la constitución para un aterrizaje de emergencia. Al ver esta escena, me estremecí. No quería morirme. Mi espalda me dolía. Sobre ella había puesto el esfuerzo para que el avión se mantuviera en el aire.

Sólo cuando se posó tuve certeza de que ya no me moría. En medio de muchos pasajeros que registraban con alborozo su regreso a la vida, el avión dejó de carretear. Me asomé y advertí cómo llegaban los carros de bomberos a lado y lado. El piloto nos dijo que una de las llantas estaba reventada. Después tuve sensaciones que se me han ido refundiendo. Recuerdo dos. La primera, que la destreza del capitán fue encomiable. La segunda, que estábamos vivos de milagro. No fui la única: "Hemos vuelto a nacer", me dijo un señor argentino de edad. "Alcancé a pensar que dejaba solos a mi pibes", dijo otro que aún no se reponía.

Al otro día me sorprendió que la noticia no hubiera salido y que Avianca no hubiera sacado un comunicado. Llamé a mi amigo Néstor Morales, asesor de Noticias Uno y le comenté lo cerca que había estado de perder una amiga. Esa noche el noticiero abrió con esa noticia. El lunes, casi dos días después, Avianca sacó un comunicado minimizando el episodio. Aclaró que no hubo incendio y que una pieza se había desprendido en la turbina, lo que no había comprometido la seguridad del avión. No dudo que eso haya sucedido. Pero el susto también fue real. Y en seguridad aérea, siempre es mejor que las emergencias sean explicadas a tiempo, en lugar de tachar de alharaquientos a los que las sobrevivimos.
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