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| 5/7/2015 1:00:00 PM

Mi primera vez frente al miedo en Colombia

El nuevo corresponsal de BBC en Colombia relata lo caótico que puede ser visitar y transportarse en este país.

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BBC
Antes de viajar a Colombia a iniciar mi tarea de corresponsal, me habían advertido del peligro del conflicto interno que enfrenta a guerrillas de izquierda, paramilitares y las fuerzas de seguridad, de la presencia de minas antipersonal, de la delincuencia común en las grandes ciudades y de enfermedades como la malaria y el chikungunya.

Pero nadie me dijo nada de lo que me dio los primeros y más fuertes sustos que viví hasta ahora en este país: el tránsito.

Antes del comienzo de Semana Santa, por recomendación de prácticamente toda persona con la que hablé, alquilé un auto y me fui a visitar el pueblo colonial de Villa de Leyva, que efectivamente es muy bonito.

A la ida me impresionó el problema del estado del asfalto -cuando lo hay-. No faltan baches y ondulaciones y las marcas en la calzada brillan por su ausencia.

Más tarde llegó la niebla. Eso es un fenómeno natural, no hay nada que hacer. Pero sí se podría haber hecho algo con el puesto de control del Ejército tan mal señalizado que tuve miedo de atropellar a uno de los soldados que firmes saludaban con el pulgar en alto a los paseantes (una política para hacer más amigable la imagen castrense), sin dar importancia a la niebla o al riesgo de perder la vida.

Avanzar a cualquier precio


El regreso coincidió con el Jueves Santo. Por fortuna, yo iba al revés de todos. La fila de autos que venía desde Bogotá parecía no tener fin.

Así que ante el estrés de no avanzar, muchos conductores que venían en sentido contrario decidían, inútilmente, hacer sobrepasos que probablemente les ahorraban apenas cinco segundos de viaje.

En algún momento llegué a pensar que tenían predilección por adelantarse justo en curvas cerradas sin visibilidad, sobre todo los camiones.

Más de uno me obligó a frenar y salir de un volantazo de la carretera. Y no eran sólo los camiones, también autos y motos (el 61 % de los accidentes en Colombia tienen como protagonista a un motociclista, según datos oficiales).

Las motos parecían emerger de la misma nada y apuntar con saña al centro del carro.

Las bicis


También estaban las bicicletas. Cientos, no, quizá miles. O decenas de miles. Grupos de ciclistas se habían tomado la carretera.

Lo tuiteé con sorpresa al llegar a Bogotá y alguien me regañó diciendo que ese era el medio de transporte tradicional del campesinado de Boyacá (el departamento donde está Villa de Leyva).

A mí me pareció que no todos los ciclistas eran campesinos trasladándose por cuestiones de trabajo o a visitar familia.

Y en cualquier caso, creo que es siempre sano cuidar de uno mismo y no lanzarse hacia el centro de la calzada con la bici justo cuando un carro te está pasando y de frente viene un camión cargado hasta el caño de escape.

Problema de salud pública

En muchas ocasiones en ese viaje de varias horas temí ser embestido por alguien o arrollar a una bicicleta.

Tuve miedo, de verdad.

Y no porque no esté acostumbrado a conducir, lo hago desde hace más de 20 años. Comencé a hacerlo en Argentina, un país donde el respeto por las normas de tránsito es un valor escaso.

De hecho, allí hay más muertes al año por accidentes de tránsito que en Colombia (más de 7.000, contra unos 5.600). Es posible, estimo, que los accidentes tengan más resultados mortales en Argentina porque en ese país se conduce muchísimo más rápido. Allí las velocidades máximas permitidas llegan hasta los 130 km/h (y muchos van más rápido), mientras que en Colombia apenas superan los 80 km/h.

Las cifras oficiales de Colombia indican, no obstante, que los accidentes de tránsito están entre las diez primeras causas de muerte en el país.

Un informe del Banco Mundial, del 2013, señala que en Colombia “los traumatismos relacionados con el tránsito son un importante problema social y de salud pública”.

Tanto es así, que el Gobierno dio prioridad al problema en sus planes de políticas públicas.

Buses y busetas

En cualquier caso, hay algo en la forma de conducir en Colombia que a mí me hizo tener más miedo que en Argentina; es como si al volante todos fueran más temerarios.

Están los sobrepasos kamikaze en las carreteras. Están los buses y busetas (que aunque son más pequeñas, son tanto o más peligrosas que sus “hermanos mayores”), que aceleran y frenan con pasión, cambian de carril con impunidad y ante su mirada los ciclistas y los peatones son invisibles.

Está la costumbre de no reducir la velocidad ni darle espacio al otro en un paso estrecho, o en el caso de las motos querer hacer experimentos para ver si sus máquinas son capaces de atravesar sólidos o de mover coches con el aire que desplazan a su paso.

Autos amarillos de F1

Y está el hábito de acelerar hasta estar a cinco o diez metros de un auto parado en un semáforo, para después pisar con furia los frenos.

Esta práctica parece muy arraigada entre los taxistas. En esos bólidos amarillos es otro de los lugares donde el miedo se apodera de mí.

Muchos de ellos aman la velocidad y creo que sienten que de verdad están en una pista de carreras.
Y, para colmo, en los asientos de atrás suele faltar el cinturón de seguridad (imaginen cómo se siente eso cuando practican el acelerar-frenar mencionado más arriba).

No es que las marcas de carros no los pongan. Pero alguien los quita, porque no están. “Es que a los pasajeros les molestan”, me explicó un taxista.

Generosos, varios amigos me enseñaron estas palabras mágicas para sacarles el sueño de Fórmula 1 a los conductores y sentirme un poco más seguro: “Señor, disculpe, me estoy descomponiendo, ¿podría ir más despacio por favor?”.

Proteger el tapizado de su auto se vuelve, entonces, una prioridad por encima de ganar el Gran Premio de Bogotá.

Y el miedo pasa. Al menos por un rato.
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