Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2009/03/28 00:00

Miedo en Bello

El hombre fuerte del transporte en Medellín es señalado de matar y desaparecer a toda la gente que lo rodeaba, desde sus vecinos hasta sus escoltas.

Hugo Albeiro Quintero, empresario de transporte hoy detenido, se convirtió en un paranoico. Ni su casa construida dentro de la montaña y ni su cuarto blindado en acero le quitaron la desconfianza hacia sus vecinos y empleados

Hace algunos años, las 15 familias que vivían en la vereda El Tapial creían que lo mejor que les había pasado era que Hugo Albeiro Quintero, el 'patrón' de Bello, hubiera decidido construir su mansión en este pequeño caserío. Quintero, quien ahora está en prisión acusado de ser un paramilitar, es un hombre de apenas 40 años, que durante casi dos décadas se desempeñó como el zar del transporte en el Valle de Aburrá, con 370 buses que generaban más de 1.000 empleos.

En Bello, un municipio pegado a Medellín, de medio millón de habitantes, y conocido polo industrial y comercial, no se movía una hoja sin el visto bueno de Quintero. Su poder económico se tradujo rápidamente en influencia política. Es el hombre detrás del senador Óscar Suárez Mira -hoy investigado por para-política-, quien tuvo una de las votaciones más altas para Senado, con 70.000 votos. Por las oficinas de su empresa, Bellanita de Transporte, pasaron decenas de candidatos que pedían buses para llevar los votantes a las urnas. Casi todos lo consiguieron. También fue Quintero quien le prestó a la Cuarta Brigada los buses para llevar a una multitud hacia la comuna 13 de Medellín para hacerle un desagravio al general Mario Montoya, cuando se le endilgó en un periódico de Estados Unidos una estrecha relación con los paramilitares.

Por eso los habitantes de El Tapial creían que la presencia de alguien poderoso como Quintero era una gran suerte. No sólo porque gracias a él se había pavimentado la carretera, sino porque les daba dinero en efectivo a manos llenas, cuando lo necesitaban. Lo que no esperaban era que los múltiples vínculos de Quintero con el bajo mundo lo convirtieran en un hombre delirante, que veía traidores por todos lados, y que traería lágrimas y sangre a los habitantes de su pequeña vereda.

Las 15 casas que forman la vereda están habitadas por familias humildes, dedicadas a la agricultura, que hablan de Quintero con reverencia y temor. Pero que desde su captura, ocurrida en septiembre pasado, han empezado a contar las historias de terror que vivieron como vecinos de su ex patrón.

Uno de los casos más sonados fue el de Flor Restrepo, una joven de la vereda a la que hace cinco años le dieron seis tiros y aun así logró sobrevivir. La muchacha de 18 años iba para Medellín, donde trabajaba como empleada doméstica, pero dos hombres la bajaron del colectivo y la montaron a la fuerza en un taxi.

Los sicarios la llevaron a un paraje rural y allí le dispararon 10 veces. Un tiro le dio en la cara y cinco en manos y piernas. Los pistoleros la dieron por muerta, pero Flor quedó inconsciente por unos minutos y después logró arrastrarse hasta una casa cercana donde recibió auxilio.

Uno de los escoltas de Quintero, que ahora es testigo en su contra, confirmó esta historia y dijo que el atentado se había planeado porque "a Albeiro le entró la paranoia de que era amiga de guerrilleros". Lo paradójico es que el papá de Flor, sin imaginarse que Quintero habría ordenado el crimen, fue a pedirle ayuda y "de inmediato, Albeiro mandó a traer dos millones de pesos en efectivo de Transportes Bellanita y se los entregó", cuenta el testigo.

Esta no es la única denuncia que hay en contra de Quintero. Alias 'Gallo', su hombre de confianza durante los últimos 11 años, acompañó a la Fiscalía a El Tapial a exhumar siete cadáveres, que según él estaban enterradas en los alrededores. Cuando llegaron encontraron la tierra removida y ningún cuerpo. 'Gallo' también asegura que su jefe mandó a asesinar a Úber Martínez, el cebollero de la vereda, porque un día fue a reclamarle personalmente por la muerte de Wilmar, otro vecino al que después de asesinarlo el 30 de diciembre de 2005, lo vistieron de camuflado y le pusieron en sus manos un arma para entregárselo como guerrillero a los hombres del Batallón Pedro Nel Ospina.

Cuenta también que de los 40 hombres que estaban a cargo de su protección -autorizados por la Superintendencia de Seguridad-, más de 10 ya están muertos o desaparecidos: "Él último que mató fue a Jesús Emilio Marulanda y eso hizo que varios nos le torciéramos".

Pero ¿cuál era la razón para que las personas de la vereda y sus hombres de confianza crean que Quintero está detrás de esos crímenes? Como en la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Quintero tenía dos facetas diferentes: la del empresario exitoso que repartía dinero entre los pobres, y la del tenebroso criminal que se movía en la oscuridad del bajo mundo. Por eso era una persona obsesiva con la seguridad, con delirios de persecución, y cuyos enemigos no duraban. Según su propio testimonio, consiguió sus primeras armas para defenderse de Pablo Escobar, quien quería matarlo cuando era apenas un muchacho. Pero su plan de seguridad no paró ahí. En 2007, después de haber sufrido un atentado, compró una camioneta Lexus Blanca a la que le hizo poner un blindaje único. Los vidrios tienen 52 milímetros de grosor -ocho milímetros más que el nivel superior para cualquier carro-; las puertas y el techo fueron reforzadas con acero, por lo que la camioneta ganó 1.300 kilos. Tuvo que cambiarle la suspensión, los frenos y las llantas. "Era un búnker andante", comentó uno de sus ex empleados de Transportes Bellanita.

Su mansión era aún más extravagante. Cuando la compró a finales de los 90, era una casa campesina como la de cualquiera de sus vecinos, pero mes tras mes fue adquiriendo más terrenos aledaños y con la ayuda de arquitectos ideó una casa dentro de la montaña. Desde el aire es imposible identificarla. Sólo se alcanza a ver un quiosco, el helipuerto y las seis garitas blindadas desde donde sus hombres vigilaban las 24 horas del día. Su cuarto queda bajo tierra, protegido por una puerta de acero naval y todas las noches antes de dormir dejaba en el piso, al lado de su cama, un arma y un maletín con 10 proveedores y por si en medio del sueño llegaban a matarlo.

En los meses previos a su captura, Quintero se había vuelto más paranoico. Sabía que los hombres de su confianza ya no estaban con él y que algunos lo estaban delatando, o querían entregárselo a sus enemigos. Evitaba hablar por celular y las correrías por la vereda eran cada vez más esporádicas. El único lugar donde se sentía seguro era en su cuarto, el mismo donde en esa madrugada de septiembre del año pasado llegaron 50 hombres de la Fiscalía y del CTI a capturarlo. No le sirvieron las garitas de su mansión, ni las más de 20 armas -incluidos fusiles- que se le encontraron.

Hoy está recluido en la cárcel de máxima seguridad de Valledupar y aunque varias personas han testificado en su contra, los cargos por homicidio se cayeron, según la Fiscalía, por errores de procedimiento. Ahora sólo le quedan los de concierto para delinquir con fines terroristas, pues paramilitares como 'H.H.' han dicho que era uno de los hombres cercanos a Vicente Castaño y que incluso le ayudó a huir cuando éste desertó del proceso de paz. También se le acusa de tráfico de armas. Las muertes quizá queden en la impunidad, y el valor que acompañó a los habitantes de El Tapial para denunciar el terror que vivieron, vuelva a convertirse en miedo.

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