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| 1/4/2009 12:00:00 AM

“Mientras más duro les den, más los fortalecen en su fe”

Diana Uribe, la profesora que ha logrado fascinar con sus relatos de la historia, explica lo que está en juego en los ataques de Israel a Gaza.

Con un lenguaje coloquial y desenfadado, Diana Uribe se ha convertido para muchos colombianos en la manera más agradable de entender la historia. Con su palabra fresca intenta aquí desenmarañar las lógicas que se mueven detrás del conflicto del Oriente Medio y, en concreto, de los cruentos episodios que se viven en Gaza. Uribe busca espacio entre las mentalidades de dos pueblos que se amenazan desde hace décadas con la guillotina.

GUSTAVO GÓMEZ: ¿Qué está pasando en la Franja de Gaza?

DIANA URIBE: Que Hamas terminó una tregua de seis meses porque, según ellos, Israel nunca levantó un bloqueo de alimentos y artículos de primera necesidad. Al acabar la tregua, Hamas comenzó a mandar cohetes sobre ciudades de Israel como Ashkelon. Israel pidió que cesara el ataque, pero Hamas no lo hizo e Israel contestó con una ofensiva contundente.

G.G.: ¿Desproporcionada?

D.U.: Terrible, porque si uno se pone en el pellejo de la gente que está en Gaza, entenderá que están atrapados en un espacio muy pequeño: hay más de un millón de personas en Gaza. El estado de Israel, entero, es del tamaño de Cundinamarca, y en Gaza la gente está atrapada en el fuego cruzado. Israel lleva a cabo una ofensiva sobre puntos clave para Hamas, pero allí hay civiles.

G.G.: ¿En qué quedó aquello de la guerra quirúrgica, de los ataques milimétricos?

D.U.: No existen cosas tales como los ataques quirúrgicos o las guerras inteligentes; no son más que eufemismos de la muerte. El que esté ahí, lleva.

G.G.: ¿Hamas es claramente un grupo terrorista?

D.U.: Los miembros de Hamas no quieren ninguna forma de negociación. Primero, no reconocen al Estado de Israel y, segundo, son un proyecto religioso, que es la parte más grave del asunto. Tienen un proyecto islámico, no un proyecto palestino. Su proyección es supranacional y buscan la hermandad del Islam. Su origen se encuentra en los hermanos musulmanes de Egipto, lo cual complica las cosas porque lo que quieren es la devolución total de los territorios que hoy son Israel y en el cumplimiento de ese objetivo islámico están dispuestos a morir. La manera como Hamas defiende sus ideas es a través del terrorismo.

G.G.: ¿Y cómo se ven las cosas del otro lado?

D.U.: En Israel los partidos religiosos consideran que no pueden devolver territorios porque esa tierra se las dio Yavhé. Esto, desde cualquier punto de vista religioso, no tiene ninguna salida.

G.G.: ¿Qué tanto juego político anima las acciones del Ejército de Israel?

D.U.: No se puede aislar la crisis de la coyuntura electoral. En febrero hay elecciones y esas elecciones determinan cuál es la tendencia que Israel va a tener: la del partido Kadima, de la negociación, o la del Likud, que es cerrar toda negociación. Es posible que el Kadima (hoy en el poder) quiera demostrar que es tan bueno para negociar como para pelear, para no debilitarse frente a su propio pueblo. Lo preocupante de este episodio son las declaraciones: "Hasta el amargo final", dice el primer ministro, Ehud Olmert, y Hamas, mientras tanto, va hacia el martirio: mientras más duro les den, más los fortalecen en su fe.

G.G.: ¿Cuál es el futuro de Israel?

D.U.: Existe un futuro para Israel si logra volver al escenario político como base de negociación del conflicto. En la política hay acuerdos y tratados susceptibles de revisión, pero en la religión hay dogmas y cada uno está inspirado en una fe que considera única. Tanto Hamas como Israel están convencidos de que el oponente quiere su absoluta destrucción y esa es una premisa peligrosísima, porque la línea siempre será tratar de destruir al otro. Por eso nadie sabe hasta qué punto irá la ofensiva, pues no es posible determinar cuándo Israel estará seguro de que ha neutralizado a Hamas. Al Líbano lo destruyeron y no lograron neutralizar al Hezbollah.

G.G.: ¿Esta es una guerra de venganzas?

D.U.: La lógica de la retaliación ha sido hasta ahora el curso de acción en el conflicto. Y nadie la mide. Vuelvo al punto: ¿cuándo se considera usted suficientemente vengado?, ¿cuándo se levanta y dice: "Hoy amanecí vengadísimo, siquiera"? La venganza no tiene un punto de satisfacción ni de equilibrio.

G.G.: Israel tendrá que vivir con las consecuencias de esta demostración de poder. Pero ¿qué habría pasado si hubiera exhibido debilidad?

D.U.: Que esa debilidad terminan cobrándosela en elecciones al Kadima. Esta ha sido la lógica de siempre: la invasión al Líbano en los 80 era porque desde allí se hacían los ataques a las ciudades de Israel; y la más reciente, la que casi acaba con el proceso de reconstrucción, se hizo como retaliación al secuestro de unos soldados. Esto funciona así: desde un territorio atacan, y usted, para evitarlo, invade ese territorio de una manera brutal.

G.G.: ¿El mundo árabe hace lo suficiente para ayudar a los palestinos a salir de la situación en que viven?

D.U.: Los palestinos son una especie de comodín en el juego de las fuerzas del Oriente Medio y en todos los cambios de las doctrinas árabes. En la época del panarabismo eran la punta de lanza alrededor de la cual se articulaba el movimiento. Pero también han sido expulsados de los países árabes, como lo fueron de Jordania, entre otras cosas porque allá intentaron tomarse el poder. Los vientos que soplan en el Oriente Medio llevan a los palestinos a un lado o al otro.

G.G.: Mientras Israel ataca a Hamas, ¿les tiende la mano a movimientos menos beligerantes como Al Fatah (que lideraba Yasser Arafat)?

D.U.: En un principio Israel no honró todo lo que le había prometido a Al Fatah, y ahora está en la tarea de revertir eso, al fortalecerlo mediante el cumplimiento de acuerdos para así debilitar a Hamas. Pero esa es una política gradual, y no es fácil de verificar en la cotidianidad, sobre todo frente a Hamas, que permanentemente se la juega al martirio.

G.G.: ¿Ese martirio se traducirá en el regreso de los ataques suicidas a Israel?

D.U.: Posiblemente. Y eso complicará la vida de la gente, porque en la tarea de evitar los atentados vendrán controles del día a día. La gente de Palestina trabaja en Israel y la vida del palestino de a pie será más difícil. En Palestina y en Israel hay miles de personas que no quieren estar metidas en una guerra de estas, que están desesperadas y que ven cómo la marea de la historia cada vez las ahoga más.

G.G.: Irónicamente, dos pueblos que tienen más coincidencias que diferencias, ¿no?

D.U.: Claro, son semitas. Los árabes son hijos de Ismael y los judíos son hijos de Isaac, y ambos son hijos de Abraham. Yavhé le dijo a Abraham que abandonara la tierra de sus padres y tendría una descendencia tan numerosa como las arenas del desierto, y Alá le dijo lo mismo a Abraham. Ellos tienen en común una cantidad de cosas y están metidos en un conflicto que arranca en la era colonial.

G.G.: ¿Y por qué nos dicen que este es un conflicto que viene desde hace siglos?

D.U.: Este no es un conflicto bíblico. Hacerlo creer así es desconocer el papel que tuvo aquí el colonialismo y el compromiso que Inglaterra hizo durante la Primera Guerra Mundial con la comunidad judía internacional. Los judíos, después del caso Dreyfus, la falsa acusación al capitán Alfred Dreyfus de haber traicionado al Ejército francés, entendieron que no tendrían paz hasta que tuvieran un Estado. Por eso los británicos dieron vida a la Declaración Balfour, según la cual veían con buenos ojos que en la tierra llamada Palestina existiera un estado judío.

G.G.: Pero también fueron generosos en materia de promesas con los árabes...

D.U.: Con la disolución del imperio Otomano, en el reparto entre Inglaterra y Francia de lo que sería el Oriente Medio, a los árabes se les ayudó a independizarse. Se les dijo que en la tierra llamada Palestina existiría un estado árabe. Hubo una doble promesa, y cada parte quedó con un cheque en blanco que quiso hacer cumplir en su momento. Inglaterra cedió a las dos presiones: cuando había mucha del mundo árabe, trancaba la llegada de los judíos; cuando había mucha presión de la comunidad judía, permitía que más judíos entraran a Palestina.

G.G.: Y en esas llegó el Holocausto.

D.U.: Sí, que no puede ser entendido solamente como la persecución nazi, sino como la manera como muchos países de Europa entregaron a los judíos. Ante la presión de lo que significaría el Holocausto y el afán de muchos judíos que huían sin tener a dónde llegar, se decidió declarar la existencia del Estado de Israel por parte de las recién creadas Naciones Unidas. En un principio se propuso la partición, la existencia de dos estados. Los palestinos, que se veían como dueños de todo, no entendían cómo alguien proponía que les partieran la casa en dos.

G.G.: ¿Los palestinos sienten que se los culpa de algunas de las desgracias de Israel?

D.U.: Los palestinos dicen que ellos no expulsaron a los judíos de ninguna parte: que los que los sacaron del Templo fueron los romanos, que los que los exterminaron fueron los nazis y que los que los persiguieron fueron los europeos. Que ellos, como palestinos, nunca tomaron parte en toda la suerte del Éxodo o de la Diáspora judía. Que se los obliga a pagar los platos rotos que nunca rompieron. Ese territorio es bíblico, les dicen, y ellos contestan que sí, pero que es bíblico para ambos. El escritor israelí Amos Oz sostiene que él, por haber nacido en Jerusalén, es un experto en fanatismos comparados.

G.G.: Cuando los colombianos vemos estos conflictos que atraviesan las décadas, entendiendo que las situaciones son muy diferentes, tenemos la tentación de vernos reflejados en ellos. ¿Qué advertencia hay para nosotros en el drama que viven hoy palestinos y judíos?

D.U.: Hay un aprendizaje histórico: la lógica de la retaliación no tiene salida. Tratar de reaccionar violentamente frente al otro no permite horizontes. Si un conflicto se desarrolla en los terrenos de la retaliación y la reactividad, nunca habrá escape.
 
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