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| 10/20/2002 12:00:00 AM

Mil días que duran un siglo

A pocos días de celebrarse 100 años del fin de la Guerra de los Mil Días hay importantes enseñanzas y similitudes de esa Colombia con la de hoy.

A pocos dias de cumplirse el centenario de la firma del Tratado de Paz de Wisconsin, que puso fin a la Guerra de los Mil Días, nuestra más prolongada confrontación civil que terminó por enfrentar a todos los colombianos, son pocos los cambios que se han dado en la manera como luchan los irregulares. Con ellos algunas leyes de la guerra se cumplen de manera inexorable, para desgracia de todos.

Es un principio de la guerra el que todo conflicto prolongado termina por deteriorarse e intensifica la barbarie. Así ocurrió con los tres años que duró la guerra que asoló los campos colombianos en el paso del siglo XIX al XX y parece repetirse ahora, 100 años después, cuando pasamos del siglo XX al XXI. Hoy, los personajes son otros pero sus conductas se asemejan.

Después de la derrota de Palonegro (05-11-1900), fue claro para los liberales que la única forma de continuar la lucha era combatiendo de manera irregular como su única alternativa para prolongar la guerra. Esta decisión significó una modificación cualitativa fundamental en el curso de la contienda.

El liberalismo perdió unidad de mando, debiendo reconocer autonomía táctica y a veces estratégica de los jefes de guerrilla. Sus cuadros más preparados, tanto intelectual como militarmente, en lugar de distribuirse entre las guerrillas, se quedaron luchando en torno a sus comandantes más reconocidos, como Benjamín Herrera, Rafael Uribe Uribe o Justo L. Durán. Se dejaron inmensas zonas del país al vaivén de las fuerzas irregulares, cuyos jefes, en su mayoría vaqueros, mayordomos o peones de hacienda, actuaban en pequeños grupos donde la falta de formación política, intelectual o militar se compensaba con un etílico desprecio por la vida y un proceder brutal en los ataques. La destreza en el manejo del machete, unida a su proliferación y bajo precio, hicieron de él el arma preferida de las guerrillas, convirtiéndolas en grupos de sanguinarios desmembradores que generalmente luchaban sin saber por qué.

La barbarie de conflicto

La pérdida de unidad en el mando y de control sobre estos grupos irregulares que se multiplicaron en la geografía del país, unida a la carencia de una logística que permitiera evitar que éstos, aplicando la misma norma del gobierno, vivieran de los recursos del enemigo, los indujeron al pillaje, al secuestro y a la imposición arbitraria de sanciones económicas. Conducta reiterada que terminó degradando moral y materialmente tanto a sus autores como al conflicto mismo. A modo de ejemplo, cuando Ramón Marín (El Negro Marín) se tomó por última vez el puerto de Honda, les dio a sus tropas dos horas para que saquearan la ciudad.

Entre el fenómeno antes descrito y la situación presente existen similitudes. Los casi 40 años del conflicto actual no han pasado en vano: han terminado por imponerles un sello degradante a sus actores. Cuatro décadas de esfuerzos inútiles, de esperar la realización de la utopía, han terminado, si no arrugando sus almas, al menos sí marchitando sus espíritus. Los ardores con que se iniciaron todas nuestras guerrillas, tachonadas de intelectuales, de estudiantes avanzados, de jóvenes idealistas que vieron en Sandino, Mao, Ho Chi Minh, Fidel Castro y luego en el Che Guevara, ejemplos a seguir para buscar sociedades más justas, pasaron hace mucho tiempo. El hecho que 'Tirofijo' sea considerado el guerrillero más antiguo del mundo y que 'Jacobo Arenas' haya muerto de viejo, son una ilustración de mi argumento. Tanto tiempo de guerra apaga hasta la vida y le retuerce el carácter a los que quedan.

Otros tiempos

Los intelectuales ya no marchan hacia la guerrilla como antes. Los que aún quedan andan peinando canas y la falta del ejercicio intelectual y de espacios privilegiados para observar la realidad los ha dejado anclados en el pasado, embalsamados en los años 60. En un país con niveles educativos deplorables, los pensantes que hoy llegan a la guerrilla son pocos, y en el mejor de los casos son jóvenes profesionales salidos y formados en provincia. Basta ver y escuchar las transmisiones de los actos que se cumplieron en la llamada Villa Nueva Colombia para constatar los bajos niveles de conocimiento y formación de los representantes de la insurgencia. Su precariedad generalizada en las labores del intelecto es abrumadora. Cuarenta años de lucha han terminado por imponerle su sello a la guerrilla, tornándola, antes que nada, en un aparato militar. Los cilindreros de 'Jojoy' hoy despedazan a los colombianos con saña igual a los macheteros de Tulio Varón, jefe guerrillero que en el combate La Rusia logró descuartizar a más de 600 enemigos.

Con el tiempo y los cambios cualitativos en la composición de los cuadros de la guerrilla, la ética del combatiente ha cambiado.

La guerra es reconocida como la más brutal actividad del hombre, donde por esencia todas las normas tienden a quebrarse; de ahí que siempre hayan existido sectores interesados en ponerle limites, establecerle reglas y pactar condiciones.

En nuestro caso, el interés por "civilizar la guerra" para hacerla digna de caballeros siempre estuvo presente en la mente de los jefes liberales, que veían con horror la práctica de la guerra irregular, de las emboscadas, de los ataques sorpresivos en la noche, de la proliferación del machete y del uso de las balas mascadas. Todos, elementos que brutalizaban el conflicto y lo alejaban de la utopía de una confrontación que utilizara formas de lucha 'caballeresca'.

Sin embargo, su interés por prolongar el conflicto los llevó, no sólo a tolerar la guerra de guerrillas sino a propiciarla y practicarla. Decisión que definitivamente intensificó el deterioro del conflicto y la degradación de sus combatientes. Ambos fenómenos terminaron atravesándose en el camino de la paz cuando ésta se hizo factible, debido a la ocurrencia en ella de infinidad de delitos que la ley calificaba de imperdonables (la sevicia con los vencidos, la tortura, el asesinato de prisioneros, los crímenes de civiles, el incendio, la violación) y en general, aquellos que la norma llamaba "delitos comunes".

Ahora se dan circunstancias similares. El conflicto se ha venido deteriorando, la vieja ética de la guerrilla hoy es cosa del pasado. La tortura, el secuestro, la sevicia con los prisioneros, el asesinato de civiles y militares en estado de indefensión, el uso de armas como los cilindros de gas han acabado por degradar el conflicto. Este fenómeno, que hoy se constata a diario, es desafortunadamente un componente de la lógica de la guerra. Es un lugar común entre los estudiosos del tema desde Sun Zi hasta Martin Van Creveld, pasando por Clausewitz o Moltke, afirmar que el grado de deterioro de los conflictos es directamente proporcional a su duración.

Lejos están hoy los días en que el guerrillero, como luchador por un orden nuevo, embebía su conducta en ese espíritu, conocía a fondo las razones de su lucha y trataba con todos sus actos de situarse en las antípodas del orden social que estaba combatiendo. El guerrillero se cuidaba de ser un ejemplo del nuevo orden o del nuevo ciudadano por el que decía estar luchando. Hoy, para corroborar que esto es cosa del pasado, basta con encender la televisión y observar las noticias, escuchar los relatos de testigos, leer las declaraciones de las organizaciones armadas ilegales o los pronunciamientos de sus jefes.

En lo que hace a la conducta de los combatientes irregulares del presente, pudiéramos decir que son almas gemelas de aquellos que, durante la Guerra de los Mil Días, lograron convertirnos en vergüenza internacional.

Difícil sería hoy establecer una diferencia entre el discurso del 'Mono Jojoy' y el del general falangista Millán Astray, quien durante la Guerra Civil Española, para celebrar el Día de la Raza en la Universidad de Salamanca y frente a su rector, Miguel de Unamuno, concluyó su intervención con el siniestro el grito de "¡Viva la muerte!".
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