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| 3/15/2008 12:00:00 AM

Milagro en el puente

Cómo un encuentro entre Juanes y Julio Sánchez Cristo en Nueva York produjo un Woodstock latinoamericano en menos de una semana.

"Para allá voy, hermano". Con esa frase por correo electrónico le confirmó Alejandro Sanz a Juanes que participaría en el concierto en la frontera. Miguel Bosé y Juan Luis Guerra dijeron que sí minutos después y Carlos Vives respondió en segundos. Todo parecía perfecto. Sólo que quedaba una semana para organizarlo todo.

La idea venía rondándole a Juanes desde cuando comenzaron los problemas fronterizos, pero se empezó a volver realidad el jueves 6, cuando se sumó Julio Sánchez Cristo al proyecto durante un almuerzo en Nueva York. Esa noche, en el primer concierto de su gira en esa ciudad, Juanes les pidió a los colombianos que se tomaran de las manos con los ecuatorianos y los venezolanos. La reacción fue tan espectacular, que Juanes; su manager, Fernán Martínez y Julio se impusieron un reto que parecía imposible: hacer un Woodstock en apenas seis días. "Este es el típico ejemplo de unos tipos que tomando trago se ponen a soñar y luego no se pueden devolver del sueño", recuerda Sánchez.

Al día siguiente, el periodista entusiasmado, por cuenta propia, decidió concretar la cosa desde La W. Presentando el concierto como un hecho cumplido antes de que lo fuera, se empezó a generar una cadena de solidaridad que no paró hasta el día del evento.

Y sin duda alguna se necesitaban muchos apoyos. Los problemas logísticos y financieros eran enormes. Por más de que los cantantes no cobraran, el traslado de estrellas de esa categoría ubicados en diferentes puntos del planeta para llegar a un lugar remoto, no era una tarea fácil. Y los costos de preparar el terreno, construir las tarimas, instalar plantas eléctricas y equipos de sonido, en circunstancias normales sería un trabajo que tomaría tres meses y requeriría cientos de miles de dólares. Con Julio Sánchez al micrófono y Fernán Martínez al teléfono, milagrosamente se armó el rompecabezas.

Martínez tenía claro que el lugar clave era el puente Simón Bolívar, que une a Colombia y Venezuela. El lunes, en el primero de tres viajes que haría en una semana a Cúcuta, comprobó que las dificultades iban mucho más allá de la ausencia de baños, luz y agua.

"Esto es un mierdero", dijo, cuando se asomó al puente sobre el río Táchira. Jorge Iván Flórez, comandante de la Policía, se lo confirmó: "Esto siempre ha sido un basurero". Cuando bajaron al lecho, encontraron 20 gallinazos muertos, y el oficial creyó que Martínez se arrepentiría, pero se equivocó. Cuando Giovanni Lanzoni, el productor del evento, se dio cuenta de las dificultades del lugar, dijo: "Esto es tan raro como hacer un concierto en un ascensor".

Mientras los artistas preguntaban sobre su seguridad y los mosquitos, la respuesta que obtenían era un "Tranquilos, todo va bien, y hay mujeres lindas".

Casi todos los artistas tenían concierto el sábado y les parecía imposible estar en Cúcuta al día siguiente en la mañana. Pero ni siquiera esto detendría a los organizadores, que consiguieron cinco jets privados. Una amiga del multimillonario mexicano Carlos Slim le pidió su jet para que Sanz viajara desde Miami. Avianca ofreció un chárter para llevar al grupo de Juanes, con 25 personas y 20 toneladas, dos horas después de terminar su concierto en Puerto Rico. Colombina dio otro jet. Ricardo Montaner saldría desde México; Juan Luis Guerra, desde Santo Domingo; Miguel Bosé, desde España, y Juan Fernando Velasco, desde Quito.

Sánchez Cristo manejó la parte financiera como si fuera una Teletón. Los patrocinadores reaccionaron y en pocos días habían sumado medio millón de dólares y lo necesario para la locura: 30 camiones con equipos de sonido, plantas eléctricas y tarimas; buses para movilizar a los técnicos; 200 personas en logística; unos 700 uniformados vigilando la seguridad; 4.000 pañuelos y 200 metros de tela blanca de Pat Primo para forrar la escenografía, y 400.000 claveles del mismo color de Alpes Flowers. Caracol y RCN acordaron transmitir el evento con una sola unidad móvil conjunta.

Cuatro buldózeres, que arrasaron con piedras, maleza y basura, adecuaron una playa en el lecho del río. Decidieron que no habría ensayos y que el mismo día, antes de salir al escenario, los artistas elegirían qué interpretar. Así, superando obstáculos que parecían insalvables, y armados sólo con su voluntad de ayudar a la paz entre países hermanos, todo quedó listo para una tarde inolvidable.
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