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| 8/23/2014 7:00:00 PM

Militares en La Habana

La llegada a la mesa del general Javier Flórez es una de las jugadas más estratégicas para garantizar la firma del acuerdo con las Farc.

La semana pasada se escribió un nuevo hito en el proceso de paz en La Habana. Por primera vez en los 50 años de historia del conflicto en Colombia, un general activo y dos coroneles del Ejército, un teniente coronel de la Policía, un capitán de fragata, una teniente de navío y un mayor de la Fuerza Aérea se sentaron con los guerrilleros de las Farc a dialogar.

Y no se trata de un general cualquiera. Javier Flórez es el jefe del Estado Mayor Conjunto y subcomandante de las Fuerzas Militares. Es decir, de los cerca de 130 generales que existen hoy en Colombia él es el segundo en importancia.

Esa podría considerarse una de las movidas más estratégicas en el proceso de paz. Tanto así, que no es casual que el viernes, al terminar la ronda número 27 de los diálogos, por primera vez el jefe negociador Humberto de la Calle, que se ha caracterizado por su prudencia y por no crear falsas expectativas, afirmó que el proceso está entrando en “momentos decisorios” y que hay “posibilidades serias, crecientes, de terminar el conflicto”.

¿A qué se debe el renovado optimismo? La llegada de los militares a La Habana se tiene que interpretar como parte del paquete de cuatro nuevos acuerdos anunciado el 5 de agosto, es decir, dos días antes de que empezara el periodo Santos II. De cierta manera podría considerarse que ahí se dio el pitazo inicial para el segundo tiempo (y definitivo) del partido de la paz.

Los tres primeros acuerdos, de un lado, parecen tener el propósito de meterle el acelerador al proceso para llegar más temprano que tarde al acuerdo final. Y de otro lado, satisfacen el permanente reclamo de la guerrilla de que ellos no son los únicos culpables del conflicto.

El primero de esos nuevos acuerdos fue el de la visita de las víctimas, que tuvo lugar hace dos semanas. Como bien se dijo en su momento, no fueron solo las víctimas de las Farc, sino también de agentes del Estado y de los paramilitares.

El segundo, el de la participación del general y los otros altos oficiales, que si bien se presentó como una comisión de carácter técnico para ir diseñando cómo será “el cese al fuego bilateral y definitivo” y “la dejación de armas”, en la práctica tiene una carga simbólica contundente. El jefe negociador de la guerrilla, Iván Márquez, la calificó como una “excelente noticia” y añadió: “Es de un valor inobjetable que por primera vez en la Mesa, representantes activos de las Fuerzas Armadas (…) se sienten en igualdad de condiciones a iniciar las discusiones e intercambios sobre los asuntos del proceso cuya naturaleza es de importante trascendencia militar”.

El tercer acuerdo, la creación de una comisión histórica del conflicto y sus víctimas, que también se instaló la semana pasada, básicamente busca hacer un nuevo relato de lo ocurrido o al menos uno que incorpore el punto de vista de la guerrilla. De hecho se conformó con seis académicos propuestos por el gobierno y otros seis de la guerrilla. Y otra vez, las Farc lo dejaron claro en un comunicado: “Desde que se iniciaron los diálogos aquí en La Habana, insistimos en forma reiterada en la conformación inmediata de una Comisión de tales características”. Y añadieron: “Debe ser posible construir un relato sobre el conflicto colombiano que arroje nuevas luces de nuestra historia y supere visiones parcializadas hasta ahora predominantes”.

Es evidente pues que la guerrilla está satisfecha con estos nuevos mecanismos. Pero eso no quiere decir que sea malo. Por el contrario, esas movidas audaces tienen toda la lógica en un diálogo de paz en el cual se reconoce al otro como contraparte y no se trata de imponer solo un lado de la mesa. Desde el punto de vista estratégico, además, los nuevos acuerdos no solo le dan cierta tranquilidad a las Farc sino que las dejan sin argumentos para seguir dilatando la firma del acuerdo.

Todo eso fue lo que dio pie a que el final de esta ronda cundiera, como pocas otras veces, el optimismo.

Sin embargo las huestes uribistas, que se mantienen férreas en su oposición al proceso de paz, pusieron el grito en el cielo. Sobre todo en lo que tiene que ver con la participación de los militares activos en la mesa. El senador Alfredo Rangel dijo que era una “humillación” para las Fuerzas Militares tener que sentarse con quienes estaban matando uniformados, y el expresidente Álvaro Uribe aseguró que era “ilegal” que el presidente Santos los obligara a sentarse con terroristas. Según él, la ley ordena a las Fuerzas Militares y a la Policía combatir a los grupos que denominan terroristas y no sentarse a hablar con ellos.

Sin embargo, pretender que los militares activos estén completamente por fuera de un proceso de paz, que cada día se consolida más, puede ser un grave error. Como se recordará, en las guarniciones militares han hecho carrera tergiversaciones de lo que ocurre en la Mesa, entre otras cosas, porque los uniformados han estado alejados de ella.

La presencia de los generales retirados Jorge Enrique Mora, del Ejército, y Óscar Naranjo, de la Policía, que han jugado un papel protagónico desde el comienzo de la negociación, es evidente que necesita un refuerzo en esta segunda y definitiva fase.

Sobre todo, porque no es menor la tarea que tienen estos oficiales en La Habana. Se trata de que diseñen lo que será en términos prácticos “el fin del conflicto” y para ello, según reveló el ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón, se vienen preparando intensamente en los últimos dos años.

De hecho, la historia ha mostrado el papel crucial que han tenido varios altos mandos militares en la etapa de la paz después de las guerras. Como recordó el exconsejero de Seguridad del gobierno de César Gaviria, Camilo Granada, en Hora 20 de Caracol Radio, el general Douglas MacArthur fue el comandante supremo de las Fuerzas Aliadas en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial y luego se convirtió en el gestor de los cambios democráticos en Japón, país al que dirigió durante cinco años y medio, lo que para algunos es su más grande contribución a la historia. O el general George Marshall, que fue el jefe del Estado Mayor del Ejército durante la Segunda Guerra Mundial, pero pasó a la historia no por su desempeñó en la guerra, sino gracias al desarrollo del Plan Marshall, un plan de ayuda económica para 16 países europeos devastados por la guerra.

Si bien en esos dos casos la actuación en pos de la paz de los generales se dio luego de haber ganado la guerra, también hay casos como el del general Mauricio Vargas Valdés, que siendo un general tropero estuvo prácticamente desde el primer día en la mesa de diálogo con los guerrilleros de El Salvador, y todavía hoy se desempeña como comisionado para la ejecución y cumplimiento de los acuerdos de paz y coordinador del Programa de Seguridad Jurídica Rural (Proseguir). 

En el caso de Colombia, el general Javier Flórez conoce perfectamente a las Farc, pues durante seis años comandó la Fuerza de Tarea Conjunta Omega que trabaja en departamentos como Caquetá, Guaviare y Meta. Su mayor logro fue liderar el operativo en el que murió alias Mono Jojoy, en ese entonces jefe militar de las Farc.

Si bien en el proceso de paz nada está garantizado, lo cierto es que este paquete de nuevos acuerdos con los cuales arrancó el gobierno de Santos II le da un nuevo ritmo y gran vitalidad al proceso de paz, que había quedado un tanto maltrecho de la reciente campaña electoral.
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