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| 3/5/2011 12:00:00 AM

Ministros invisibles

El gabinete no brilla tanto como se esperaba y la mayoría de sus miembros son desconocidos. El estilo gerencial de Santos privilegia la técnica y la delegación, pero muchos de sus ministros no han sabido copar el espacio político y mediático.

La mayoría de los columnistas han sido poco generosos con el equipo que acompaña a Juan Manuel Santos. En las evaluaciones que se han hecho en las últimas semanas, después de cumplido el primer semestre de la administración, ha habido más críticas que elogios para la mayoría de los ministros. La paradoja es que una de las mayores sorpresas que rodearon la posesión de Santos fue el nombramiento de pesos pesados con trayectoria y conocimientos, que no fue diseñado para otorgar cuotas políticas ni para buscar equilibrios de representación partidista o regional.

Pero hay una especie de consenso sobre la existencia de tres o cuatro ministros estrella: Germán Vargas, en Interior y Justicia; María Ángela Holguín, en la Cancillería; Juan Camilo Restrepo, en Agricultura, y Juan Carlos Echeverry, en Hacienda, aunque este último tiene detractores. Después, figura un bloque amplio de funcionarios que tienen escasa proyección mediática porque son tecnócratas y han enfocado sus esfuerzos hacia adentro de sus carteras. Los dos símbolos de esta categoría son Diego Molano, en Comunicaciones -que ahora se llama TIC- y Mauricio Santamaría, en Protección Social. En otra liga figuran ministros que han utilizado sus primeros meses para aprender y planificar en forma silenciosa sus trabajos y que tendrán una agenda más pública en el futuro. María Fernanda Campo, en Educación, y Beatriz Uribe, en Vivienda y Medio Ambiente, lideran ese lote. Y hay otros que han recibido críticas por actuaciones puntuales -Germán Cardona, a raíz del paro camionero- o que han decepcionado a los columnistas: Rodrigo Rivera, en Defensa, y Carlos Rodado, en Minas.

En las encuestas de Invamer-Gallup llama la atención que la opinión pública no conoce a los ministros. Esta ha sido una realidad de todas las administraciones, pero se podría pensar que en un gabinete de personas con trayectoria, como el de Santos, los altos funcionarios tendrían más visibilidad. Con excepción de Germán Vargas, que tiene una percepción favorable de 71 por ciento y una negativa de 16, los demás son muy desconocidos, incluso los más elogiados en los medios: a Juan Camilo Restrepo lo desconoce el 50 por ciento de la población; a Juan Carlos Echeverry, un 72 por ciento, y a María Ángela Holguín, un 64.

No todos los miembros del gabinete son igual de mediáticos y, como es de esperarse, los que registran mejor en las encuestas tienden a ser los que aparecen más en los medios. Un registro de las noticias publicadas sobre cada ministro, hecho por Media Monitor International, concluye que Germán Vargas fue el que más apariciones tuvo en el mes de enero, cuando se hizo el último análisis disponible -726 noticias-, seguido por Juan Camilo Restrepo, con 592. En el sótano de la tabla aparecen Mauricio Santamaría, con 89; Diego Molano, con 54, y Mariana Garcés, de Cultura, con solo 16.

Desde luego, la visión de los columnistas, el registro en las encuestas o el número de noticias no constituyen un criterio adecuado de evaluación, siempre son subjetivos y nunca reúnen consenso. Tampoco se puede asociar la percepción pública con la efectividad del trabajo: impacto mediático no es lo mismo que acierto administrativo. Pero es un hecho que hay un punto de vista ampliamente compartido -incluso entre colaboradores del presidente en el Palacio de Nariño- según el cual el gabinete no ha resultado tan 'estrella' como se pensaba. Especialmente si se tiene en cuenta que la comunicación y el impacto mediático hoy día son esenciales para el ejercicio de gobierno. Que a un ministro le vaya bien en los medios no significa que cumple bien su papel, pero una imagen pública negativa sí afecta sus posibilidades de hacer una buena gestión. Hoy por hoy gobernar es comunicar, y si alguien tiene claro este concepto es Juan Manuel Santos, quien además de haber sido periodista dedicó una parte de su carrera a estudiar las características del buen gobierno.

El esquema gerencial de la actual administración es totalmente distinto al del gobierno pasado. Uribe era un microgerente que se echaba al hombro el peso de casi todas las carteras. Se decía que los miembros de su gabinete eran viceministros, y no ministros, porque el presidente era la cabeza de todas las entidades. No delegaba y ni siquiera tenía un equipo numeroso en la Presidencia: apenas cuatro consejeros. Santos creó una hiper-institución en su despacho, con nueve altas consejerías ocupadas por funcionarios con trayectoria y preparación académica. Varios de ellos podrían ser ministros.

Santos delega ampliamente, hecho que tiene que ver con el alto perfil que escogió para ocupar las carteras. Los funcionarios de este gobierno no sienten a su jefe encima en todo momento y gozan de autonomía. El presidente prefiere que las decisiones importantes se tramiten antes de llegar a él. "No deleguen hacia arriba", les ha dicho a funcionarios que lo buscan con asuntos que no están trabajados previamente. "El consenso se hace abajo", agrega. Santos considera que su tiempo es oro y le molesta que le llenen la agenda con conversaciones o reuniones que no conducen a nada. Prefiere tratar por teléfono asuntos de rutina con sus ministros y solo excepcionalmente se reúne en forma individual con ellos.

Pero si en el actual gobierno los miembros del gabinete tienen amplio margen de maniobra, también hay un sofisticado mecanismo de seguimiento a su gestión. Santos deja hacer, pero exige. En la era Uribe la permanencia de los ministros en sus puestos estaba asegurada -entre otras cosas, porque el exmandatario consideraba que las 'crisis ministeriales' eran un atentado contra la continuidad administrativa-. Santos ha dicho, en cambio, que reemplazará a los funcionarios que no den la talla. Algunos observadores consideran que a mediados del año, al aproximarse su primer aniversario y coincidiendo con la creación de tres nuevas carteras, podría haber un ajuste ministerial.

El estilo administrativo de Santos se basa en mecanismos de evaluación de objetivos, que están en cabeza del secretario general de la Presidencia, Juan Carlos Pinzón, y de la alta consejera para el Buen Gobierno, María Lorena Gutiérrez. Esta última es una experta en administración: PhD y exdecana de la Universidad de los Andes en esa materia. Al actual equipo ministerial lo han sometido a un proceso de diseño de agendas, métodos y seguimientos probados en la empresa privada, que no tiene antecedentes en la administración pública.

La columna vertebral del sistema de seguimiento es una visita de Santos, en compañía de algunos de sus colaboradores en el Palacio de Nariño, a cada uno de los ministerios. Ya lo ha hecho en todos, con excepción de la Cancillería, el de Defensa y el de Hacienda. Las reuniones, planificadas por la alta consejera Gutiérrez y bautizadas por ella como "diálogos de gestión", duran una mañana. En una primera etapa, participan el jefe de Estado y el ministro, acompañados de sus respectivos equipos, y luego les informan a todos los empleados de la institución las conclusiones alcanzadas en términos de definición de objetivos, metas, plazos y recursos necesarios. Estos se recogen también en tableros de control sectorial, que serán publicados en las páginas web del gobierno y completados con encuestas sobre percepción pública.

A los 'diálogos' se suman otras instancias de trabajo entre el presidente y sus ministros: los 'hatograndes', como los llaman en la jerga palaciega, de los cuales se han llevado a cabo dos, en los que se revisan los objetivos de cada sector y su compatibilidad con el Plan de Desarrollo. También se han realizado, desde el 7 de agosto, diez consejos de ministros y tres reuniones del Conpes. Un sistema, sin duda, que rompe tradiciones. Pero que a la larga no se juzgará por su sofisticación ni por el número de reuniones, sino por los resultados prácticos de su gestión y la percepción de la opinión pública.
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