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| 12/12/2009 12:00:00 AM

Minorías a Washington

Varios nombramientos de afrocolombianos rompen una vieja omisión en el servicio diplomático. Para algunos es justicia, para otros, oportunismo.

En los últimos meses se ha registrado un fenómeno interesante en la Casa de Nariño y la Cancillería: el nombramiento de afrocolombianos en cargos destacados en la embajada en Washington. Para algunos analistas, esa decisión del presidente Álvaro Uribe no obedece a su deseo sincero de ayudar a las minorías negras del país, sino a impedir que en Estados Unidos se piense que en Colombia existe el racismo, más aún cuando este es el primer año de gobierno del primer presidente afroamericano: Barack Obama. Otros observadores creen, sin embargo, que ningún mandatario como Uribe se la ha jugado tan a fondo con las negritudes, hasta ahora muy olvidadas. Lo increíble es que unos y otros tienen algo de razón.

Dos de los nombramientos en la embajada han sido acertados. Uno fue el del general Luis Alberto Moore como agregado de Policía. Con 50 años, Moore posee gran experiencia en distintos campos y hace tres años se convirtió en el primer general negro en la historia de Colombia. El otro nombramiento fue el de Natalia Peña, que desde octubre es la asistente de la embajadora Carolina Barco. De 32 años, esta economista del Externado habla y escribe inglés a la perfección y cuenta con una amplia hoja de vida en comercio exterior. El tercer nombramiento está, no obstante, en veremos. Se trata del de Lidia Mosquera como cónsul en Washington. Mosquera, que fue secretaria de Asuntos Étnicos de la Gobernación del Valle del Cauca que ocupa Juan Carlos Abadía, no ha pisado la capital gringa luego de que trascendió que su padrino político es el ex senador Juan Carlos Martínez, vinculado con el gobernador y que se encuentra detenido y acusado de nexos con los paramilitares.

No es la primera vez que Uribe escoge afrocolombianos para puestos de alto nivel. Antes había designado a otros dos. En mayo de 2007 puso a Paula Marcela Moreno al frente del Ministerio de Cultura y dos meses después nombró en una decisión relámpago a Andrés Palacio en el viceministerio de Protección Social. "Quiero que esté mañana mismo", ordenó Uribe por teléfono una tarde desde Washington, donde acaba de entrevistarse con varios congresistas negros. Pero, ojo, no hizo esos nombramientos por iniciativa propia, sino para satisfacer en Estados Unidos al afronorteamericano Gregory Meeks, representante demócrata estadounidense, y para enviarle un mensaje al también afronorteamericano demócrata Charles Rangel, presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara.

La idea de Uribe era que ambos, que forman parte del Black Caucus (la 'bancada negra' en el Congreso, que controla nada menos que 40 de los 435 escaños) le dieran el sí al TLC, que sigue sin ser sometido a votación en la Cámara y el Senado, que tiene 100 miembros. Meeks, que siempre apoya a Uribe, quedó feliz. Rangel no. Lógico: Uribe no calculó que los activistas de las negritudes colombianas se oponen al tratado y visitan a Rangel con frecuencia.

Mientras a los críticos del Presidente les parece vergonzoso que nombre afrocolombianos en el exterior ante las presiones del Congreso gringo o para estar a tono con los tiempos de Obama, los defensores sostienen que la cosa no es así. Recuerdan que la de Paula Moreno ha sido la primera designación como ministro de un afrocolombiano. Dicen que Uribe ha invertido millones en la Costa Pacífica e impulsado las políticas de Acción Afirmativa, que ayudan a que las negritudes compitan laboralmente con los blancos. Y aseguran que un niño afro de un pueblecito del Chocó puede legítimamente soñar con que algún día llegará a un ministerio o a una embajada.

El tema, pues, se presta para muchas interpretaciones. No es ni blanco, ni negro.
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