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| 6/13/1988 12:00:00 AM

MISTERIO ANTROPOLOGICO

Extraño grupo de indígenas sin conexión alguna con el siglo XX aparece en el Guaviare.

Un día cualquiera empezaron a dejarse ver en las inmediaciones del corregimiento de Calamar, en la comisaría del Guaviare. Aunque los habitantes de esa región, principalmente colonos, estaban acostumbrados a encontrarse de vez en cuando con indígenas de algunas de la tribus que tienen sus asentamientos en las tupidas selvas de la zona (piapocos, puinaves, kurripacos, cubeos, piratapuyos, tukanos, desanas, macunas, barasanas...), nunca habían visto algo semejante al grupo de indígenas que apareció cuando nadie se lo esperaba. Completamente desnudos, de tez morena, y de estatura media, prácticamente lampiños, todavía no se ha podido establecer ni de dónde vienen ni cuántos son, pues aparecen y desaparecen sin que nadie sepa por qué.
Según algunas versiones recogidas con campesinos y colonos de la región, su numero podría estar entre 70 y 100 indígenas, la mayoría mujeres y niños, en un estado de desnutrición aguda y muchos de ellos con tuberculosis. Comenzaron a ser vistos por los campesinos en el sitio llamado Tierra Negra, a unos 15 kilómetros de Calamar, hace aproximadamente un mes.
Aparecieron a orillas de la carretera que conduce a San José del Guaviare y cerca de los caños que cruzan la selva. Al parecer, nunca antes habían tenido contacto alguno con colonos u otras comunidades indígenas de la región. No sólo fue infructuoso intentar comunicarse con ellos en español sino que antropólogos que adelantan estudios en la zona, no lograron siquiera que entendieran palabra alguna de por lo menos 20 lenguas indígenas diferentes.
Por lo poco que se sabe, pertenecen a una tribu de muy incipiente desarrollo. Al parecer son recolectores, pues se ha podido comprobar que sólo se alimentan de frutos que recogen y van guardando en unas especies de canastos tejidos con hojas de palma.
Utilizan cerbatanas y,hasta donde se ha podido comprobar,viven en chozas fabricadas con hojas de platanillo organizadas en semi-círculo y sus únicas pertenencias son chinchorros, hechos con fibras naturales, en donde pasan la mayor parte del tiempo. Con excepción de quien parece ser jefe de la tribu, un hombre de más o menos 45 años, que lleva un taparrabo, los demás van completamente desnudos.
Sólo llevan en los tobillos y abajo de las rodillas unas especie de cintas finamente tejidas en fibras naturales.

El corregidor de Calamar, Marco Antonio Fonseca, y algunos de los colonos de la región han intentado en vano llamar la atención de autoridades más altas y de instituciones estatales, para que den alguna solución a estas gentes que ya están creando problemas en la región. "Tememos por su seguridad--dijo el corregidor de Fonseca--Ellos no poseen el sentido de la propiedad privada y esto puede ocasionar un fatal desenlace, debido a que van entrando a todas partes y van cogiendo lo que les gusta". Además, como la mayoría son mujeres, y algunas muy jóvenes, "no sabemos cómo pueden reaccionar algunos colonos ignorantes e inescrupulosos", agregó uno de los líderes de la comunidad.

El nulo contacto con la "civilización" por parte de este grupo de indígenas se ha hecho más que evidente en hechos que no dejarian de sorprender a muchos. Con base en lo que algunos han creído que son sus necesidades básicas, les fue entregada ropa.
Pero más tardaron en ponérsela que en quitársela. Intentaron también suministrarles alimentos y bebidas con la terrible consecuencia de que no los toleraron y acabaron padeciendo enfermedades estomacales. Lo único que han podido asimilar y que parece que les gusta es el agua de panela.

Si las gentes de Calamar se sorprendieron cuando vieron irrumpir a estos indígenas tal cual llegaron al mundo, más se sorprendieron los indígenas cuando les obsequiaron gaseosas en botella. No sabían qué hacer, miraban, tocaban, olfateaban... Cuando se les mostró que adentro había líquido, trataron de ingerirlo por la nariz.

Hoy por hoy, sólo una institución, la Corporación de Araracuara, ha llegado al lugar de su improvisado campamento. Esta entidad envió desde San José del Guaviare una delegación de antropólogos que estableció contacto con los indígenas y empezó a adelantar algunas investigaciones. Lo primero que intentaron fue obtener grabaciones de su lengua. Pero constituyó todo un problema. Y no propiamente porque la grabadora los atemorizara, sino porque les produjo tal curiosidad, que hasta intentaron morder el aparato. Sin embargo, en medio del alboroto, alcanzaron a registrarse algunas de las palabras que intercambiaban entre ellos. Se los puso a oír la grabación. Al principio, el temor. Después, la colaboración. Especialmente de los más jóvenes para quienes decir cosas y luego oirse se convirtió en un verdadero juego. Finalmente hasta los mayores dejaron sus reservas a un lado y se prestaron para que sus expresiones fueran grabadas. El chamán de la grabadora, uno de los antropólogos, se convirtió también en objeto de observación: los , indigenas lo tocaban y lo miraban con asombro.

Aunque todavía no hay ningun indicio claro y concreto del lugar de donde pueden provenir, hay versiones según las cuales estos indigenas pertenecen a la comunidad macú. Sin embargo, expertos en cuestiones indigenistas aseguran que los indios macús son altos, rubios y de comportamienío austero y distante, muy distintos de los que han aparecido en Calamar, que tienen características fisicas distintas y no son hostiles con la gente.
Tan poco hostiles, que se han prestado a que se les enseñe, aunque con poco éxito, el uso de algunas herramientas .

Pero si las buenas enseñanzas no han calado, las más discutibles sí lo han hecho. Según pudo comprobar la Corporación de Araracuara, 105 indigenas han aprendido a fumar y a tomar bebidas alcohólicas. Si estas son las costumbres civilizadas que van a aprender, pueden pensar algunos que más les valdría haberse quedado en la profundidad de la selva amazónica.

Sin embargo, existe evidencia de que si regresaran a su medio original, las posibilidades de que este grupo humano sobreviviera son muy remotas, dadas las precarias condiciones de salud en que se encuentran. De ahi que las autoridades de San José del Guaviare, con la asesoria de los antropólogos que estudian a las comunidades indigenas de la zona, estén buscando una salida intermedia que permita que este fantasma del pasado inmerso con el presente pueda seguir siendo sin perder del todo su identidad.--
Luis Córdova
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