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| 4/9/2017 6:57:00 PM

Mocoa: la tragedia de los desplazados que volvieron a perderlo todo

Por segunda o tercera vez en la vida, cientos de hombres, mujeres y niños, víctimas del conflicto armado, van a tener que iniciar sus vidas desde cero, ahora que la avalancha destrozó sus hogares ubicados en los barrios más afectados de la capital de Putumayo.

Entre los habitantes de los barrios que fueron más afectados por la avalancha de Mocoa hay un vínculo invisible que los une: la mayoría eran desplazados del conflicto. Aunque en el centro de la ciudad hay zonas de mejores condiciones como El Progreso, que fueron arrasadas por la tormenta del 31 de marzo; a medida que uno se aleja hacia la periferia, se hace cada vez más evidente la presencia de víctimas de la guerra que ha azotado por décadas al Putumayo.

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En San Miguel, Los Laureles y San Fernando, donde la tierra es más barata y muchos lotes han sido invadidos, cientos de migrantes construyeron hace años pequeños cambuches y casas de obra negra en espera de poder reconstruir sus vidas. Ahora, los que sobrevivieron a la calamidad tienen que volver a iniciar de cero, algunos por tercera o cuarta vez.

Manuel Robiro Pallez Torres y su hijo Nelsón Alveiro Pallez son de esos sobrevivientes. El primero nació hace 46 años en Ipiales y el segundo hace 21 en La Hormiga, una zona veredal situada en el sur de la región. A mediados de 2008, llegó la guerrilla de las FARC a su casa para reclutar al mayor de sus tres hijos varones y todos se tuvieron que ir de San Miguel, en la frontera de Ecuador. Luego emigraron a la Dorada y luego a Mocoa, bajo protección de la policía. El bajo Putumayo era una región crítica en ese tiempo y aunque las cosas han mejorado, tampoco es el paraíso de la tranquilidad para ellos.

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Una vez asentados en la ciudad, cuentan, el gobierno les entregó ayudas y los dejó a su suerte. “Yo trabajo en la construcción, no de maestro de obra, porque usted sabe que en el campo no se aprende, sino que como uno es trabajador, en donde quiera coge trabajo”, explica Manuel, sentado en una banca del gimnasio del Instituto Tecnológico del Putumayo donde se encuentra resguardado por el momento, junto con su familia.

 

Fotografía: Carlos Julio Martínez / SEMANA

Con el tiempo, ahorró unos pesitos y comenzó a construir su casa en el barrio de Laureles, uno de los lugares donde más duro golpeó la creciente. Aunque en ese momento el andaba laborando en la Dorada en una finca ganadera junto con sus hijos y su mujer, todos sus ahorros se marcharon con el río. Peor aún, de las seis personas que cuidaban el lugar mientras estaban fuera los Pallez Torres, tres murieron, una quedó herida de gravedad y dos se salvaron por quedarse en la casa.

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Por tercera vez en la vida, Manuel y su familia van a tener que empezar de cero y cuando lo cuenta, no puede reprimir unas lágrimas que seca en la playera de la selección que los colombianos llevan con el orgullo inexplicable de quienes aman a un país en el que han sufrido tanto.

“Eso es duro, vecino. Gracias a Dios, el ejército nos ha colaborado, pero uno entrega toda su vida al trabajo y de nuevo perder todo, eso es duro, duro, duro….”, alcanza a susurrar.

El conflicto ha reconfigurado el ordenamiento urbano del país, sin que desde una perspectiva territorial se hayan podido generar los espacios de convivencia apropiados para eso, explica el director de la unidad de Víctimas del Putumayo, Óscar Gaviria. La ciudad vive una situación particular. El censo de registros de desplazados de la guerra es de 56 mil personas, mientras que según el DANE, la población total apenas llega a los 46 mil. Así, las víctimas del conflicto han rebasado por mucho la capacidad de recepción disponible de las instituciones del Estado.

“Desde sus inicios, Mocoa ha sido un hogar de migrantes, desde que los primeros colonos tuvieron que abandonar el pueblo viejo en el que eran víctimas de los Andaquíes para asentarse en el valle que rodea la ciudad”, resume Óscar Gaviria.

Más tarde, los primeros asentamientos urbanos partieron del centro y se fueron construyendo sobre los lechos de los ríos, como en la mayoría del país.

A unos kilómetros de su oficina, en el albergue del ITP, también se encuentra Ángela, buscando ropa su tamaño de entre las pilas de ayuda que acudieron de todas partes del país. También tuvo que salir para proteger a sus cuatro hijos de la violencia y en 2001 fue reubicada en el barrio de San Fernando.

Fotografía: Carlos Julio Martínez / SEMANA

Aunque el olor a hacinamiento no es tan fuerte, la sucesión de carpas forma una gran alberca verde sin agua y con escasa luz, en la que la comida se raciona, los hombres se amontonan y hacen falta medicamentos para niños.

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Al igual que otras, la pequeña Ángela Méndez de siete años tiene ronchas y un principio de temperatura, pero no quiere separarse de su cachorra Luna, que vive con miedo desde que la patearon en el campamento en el que conviven ahora. Como pueden, los médicos y enfermeros militares de la unidad de sanidad tratan de compensar las carencias materiales y contener los primeros brotes de varicela, hepatitis y otras enfermedades que han comenzado a aparecer.

Aunque no lo dicen en voz alta, muchos allí se consideran doblemente víctimas, porque después de ser desplazados por la violencia de las armas, también fueron agraviados por el torrente que destruyó primero las zonas en las que se asentaron los que tenían menos dinero y no contaba con el patrimonio suficiente para adquirir una propiedad costosa.

Por eso es que para David Narvaéz, director de la unidad local de Restitución de tierras, parte de la solución del problema puede encontrarse en el regreso a sus fincas en el campo de los sujetos que hayan sido víctimas del conflicto armado.

Para Wilson, Ángela y sus familias, esa es una preocupación muy lejana todavía… Por el momento, después de llorar sus muertos y agradecer la oportunidad que tienen de seguir con vida después de tantas tragedias, buscarán en un inicio recuperar sus fuerzas y emprender un nuevo camino. “Al cabo no es la primera vez, creo que ya estamos enseñados…”, concluye Nelson Pallez con una pequeña sonrisa de resignación.

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