Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/05/14 00:00

“Cambiamos los argumentos por las etiquetas”: Moisés Wasserman

El exrector de la Universidad Nacional habló con SEMANA sobre el efecto destructor que tienen para la sociedad la superioridad moral y la prepotencia de sus líderes.

Moisés Wasserman. Foto: Juan Carlos Sierra

SEMANA: El pasado 29 de abril usted escribió en ‘El Tiempo’ una columna sobre su temor a “la gente demasiado buena”. ¿A quiénes se refiere exactamente?

MOISÉS WASSERMAN: En inglés existe una palabra que describe muy bien a ese tipo de personas: ‘self-righteousness’. El término no existe en español, pero en mi texto lo definí así: “Un sentimiento de superioridad moral derivado de la convicción de que las propias creencias o afiliaciones son más virtuosas que las de los demás”.

SEMANA: ¿Qué lo motivó a escribir sobre eso?

M.W.: Nada en específico. Quizá sentir desde hace un tiempo que vivimos en una época en que la actitud de prepotencia y la superioridad moral abundan.

SEMANA: En su opinión, ¿eso a qué se debe?

M.W.: A que estamos en una sociedad en la que hay demasiadas personas convencidas de su verdad. La gente ya no dialoga para llegar a acuerdos sobre lo básico. Veo al diálogo social interrumpido, y al ambiente crispado y hostil. En Colombia hemos cambiado los argumentos por las etiquetas.

SEMANA: Pero ante tantos líos que tiene el país, ¿no es este un problema abstracto?

M.W.: No. Es fundamental. Creerse mejor que los demás ha sido históricamente un rasgo de quienes le han hecho mucho mal al mundo. Por ese camino la gente termina creyendo que en nombre de ciertas ideas superiores se puede hacer cualquier cosa.

SEMANA: ¿Cuándo diría que arrancó la nueva ola de superioridad moral en Colombia?

M.W.: Desde que el país se partió en dos. Un bando descalificó al otro, el otro respondió, y así terminamos hoy con dos opuestos que se creen superiores. El uno cree que la paz es un bien superior, y ninguno de sus seguidores lo duda. Y el otro considera que la patria es lo más importante, y nadie en su entorno lo duda. Así, el diálogo entre nuestros líderes ha venido desapareciendo, justo cuando el país busca el diálogo con los que, en teoría, son más extremistas: la guerrilla.

SEMANA: Hable de casos específicos. Si no fuera por Gustavo Petro y por Claudia López no se habría destapado la parapolítica. ¿Ser terco en lo moral no resulta a veces útil?

M.W.: Las convicciones morales son fundamentales. Yo no quiero que la gente piense que estoy defendiendo aquí a quienes no tienen moral. En Colombia hay que trabajar desde la moral. Pero hay que aprender a hacerlo sin descalificar al otro y con la disposición a aceptar que alguien demuestre que uno está equivocado. La propia Claudia López tiene más efecto cuando asume un tono conciliador que cuando es más agresiva.

SEMANA: ¿Por qué les cuesta a tantas personas usar ese tono conciliador?

M.W.:  Porque la superioridad moral es un camino más fácil donde hay que pensar menos. Lo he visto sobre todo desde mi experiencia con los jóvenes revolucionarios. Muchos sienten que no hay necesidad de analizar las cosas, que no importa de qué se habla, sino quién lo dice.

SEMANA: En Estados Unidos y Europa también hay polarización. ¿Cómo lo explica?

M.W.: Una sociedad difícilmente va a acabar con esas cosas. Ni siquiera los nórdicos, que parecen más avanzados y abiertos. Lo que distingue a sociedades avanzadas es que saben cultivar unos núcleos sociales muy valiosos que les permiten progresar.

SEMANA: Explíquese.

M.W.: Una sociedad tan avanzada en lo científico como Estados Unidos sigue dando a luz gente metida en supercherías impresionantes. Vea nada más a Trump. Yo siento un respeto enorme por la cultura inglesa y la francesa, pero allá también hay intolerancia. Entonces no debería importar tanto si la población piensa bobadas, sino que los núcleos que conducen los asuntos del Estado y que lideran la sociedad sean ilustrados. Que sean escuchados por unir y buscar soluciones, no por dividir.

SEMANA: ¿Cuáles podrían ser esos núcleos en Colombia?

M.W.: En un momento lo fueron las altas cortes. El respeto que había por sus miembros en el campo político y social era muy grande. Pero la cascada de desprestigio que se les vino encima acabó con eso.

SEMANA: ¿Y qué dice la academia, los pensadores, los filósofos de las universidades colombianas? ¿Dónde están?

M.W.: Los hay, pero son pocos y tímidos. Y en gran medida muchos tienden a pensar de una manera pesimista respecto a sus posibilidades de influir.

SEMANA: En su columna, usted pone a Hitler, Stalin y Mao como casos nefastos de superioridad moral. ¿Qué distingue a líderes más positivos, pero también con convicciones fuertes como Churchill, De Gaulle o Mandela?

M.W.: Que tenían sus convicciones, pero que eso no les quitó su capacidad de diálogo. Además, representaron ideas liberales y democráticas y supieron conducir a sus sociedades hacia principios morales consensuados. Hacia una mejora de nuestra especie. Hacia el progreso, la benevolencia y la libertad.

SEMANA: ¿Qué les diría a los líderes de Colombia?

M.W.: Que las convicciones deben existir, pero en un diálogo abierto. Y que en ese diálogo es posible que esas convicciones deban cambiar. Las aspiraciones de un líder deben redundar en las libertades individuales y la autonomía de los individuos.

SEMANA: Usted también le atribuye a la religión una responsabilidad por la tendencia a creerse moralmente superior a los demás. ¿Por qué?

M.W.: La religión se basa en una verdad revelada por un ser superior. Al ser así, no hay espacio para discutir, solo dogmas. Esa actitud ha producido cosas terribles a lo largo de la historia. Eso hoy ha cambiado, puesto que la religión ya no dicta la moral de las sociedades. El progreso, arrastrado por un pensamiento filosófico muy laico, les ha dado muy duro.

SEMANA: Usted también critica la actitud de los verdes. ¿Por qué?

M.W.: Referirme a ellos ha causado escozor, pero a mí me parece que también en ese campo hay un poco de dogmatismo y que, por eso mismo, a veces se llega a posiciones intransigentes que no permiten ver la complejidad de los problemas. En el ambientalismo hay voces sensatas, pero también otras que hablan sin mayor análisis. Vea, si en este mundo todos cocináramos con leña, el Amazonas se habría acabado hace rato.

SEMANA: Los grupos de activismo han ganado un protagonismo en la opinión pública colombiana. ¿Cómo evalúa su discurso?

M.W.: Es un ámbito tan amplio que, obviamente, también hay extremos. Pero en general quiero decir que los activistas en Colombia son un ejemplo de cómo llevar a cabo un debate. Sea en temas de género, de discriminación racial o de inequidad, ellos discuten casi siempre con argumentos. Siento que hacen lo correcto porque parten siempre de una actitud crítica.

SEMANA: Antanas Mockus dijo una vez que el malpensamiento es uno de los peores males de Colombia. ¿Ve algún vínculo con lo que usted dice?

M.W.: Sí. En una sociedad donde la desconfianza es generalizada, pensar mal del otro es un mecanismo fácil. Usted le pone un nombre al otro, y basta para terminar la discusión. 

SEMANA: ¿Dónde podrían estar las soluciones? ¿En la búsqueda de consensos?

M.W.: Con eso siempre ha habido un problema, y es que es muy difícil de definir qué es un consenso y qué es una mayoría. Pero si a lo que se refiere es a la conclusión que resulta de un diálogo, pues sí, por ahí es la cosa. Se trata de llegar a puntos comunes entre posiciones diferentes, de aceptar las dudas, de revisar con regularidad nuestras convicciones y, también, de tranquilizar los ánimos.

SEMANA: Lo que usted describe resulta del desespero de las personas por llegar a una verdad. ¿Qué es para usted la verdad?

M.W.: Yo estoy del lado de las ciencias naturales y por tanto pienso que es equivocado ese relativismo posmodernista que dice que la verdad no existe y que siempre depende de quién y cómo la piensa. Yo pienso que la humanidad ha logrado progresar a lo largo de la historia y que ese progreso ha sido posible gracias a métodos que los humanos han desarrollado para acercarse a la verdad. Entonces yo sí pienso que hay una verdad. Nunca se llega a ella, pero hay formas de aproximarse a ella e intentar explicarla.  

SEMANA: ¿Es posible hablar de progreso en tiempos de Trump y Estado Islámico?

M.W.: Sí. El avance de la humanidad no es lineal, sino que oscila. Entonces lo importante es ver una pendiente positiva. Siempre habrá retrocesos porque así funciona el ser humano. Pero yo soy optimista y pienso que podemos superarnos.

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