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| 2/26/2017 6:15:00 PM

Entre selfies y penitencias, así volvieron los peregrinos a la cuesta de Monserrate

Luego de un año y medio de diseños y obras, se reabrió el sendero peatonal de Monserrate. Los creyentes volvieron a una tradición de tres siglos, marcada por el sacrificio.

Dicen que el que en Bogotá no ha ido con su novia a Monserrate no sabe lo que es canela ni tamal con chocolate. Pero también se debería decir que quien no ha subido caminando al santuario del Señor caído jamás tendrá esa extraña sensación de placer y emoción tras coronar la cuesta más alta de la capital, a la que se trepa tras largos minutos de dolor, sacrificio y una nada despreciable cuota de sufrimiento, varios centenares de escalinatas en camino empedrado, en algunos tramos a manera de caracol.

Durante un año y medio, nadie, ni el más sacrificado deportista, había tenido aquella sensación. El cierre del sendero peatonal le había arrebatado momentáneamente la verdadera esencia a Monserrate, donde cada vez menos novios llevan a sus parejas. En el fondo, lo que hace de esa montaña el lugar de peregrinaje por excelencia de los creyentes en Bogotá y de entrenamiento a los deportistas aficionados, es precisamente el sacrificio de alcanzar la cima. El mismo del que se rehúye cuando el ascenso se hace en teleférico o funicular. Para el citadino, poco acostumbrado a andar las calles bogotanas, los 2,3 kilómetros de subida empinada son, en su lógica cristiana, un esfuerzo para expiar culpas o acumular méritos para recibir bendiciones. Por eso, la apertura del camino, que estuvo clausurado durante 18 meses -mientras se completaron las obras de mitigación del riesgo-, fue también la recuperación del carácter místico que acompaña este santuario, uno de los que cuentan con mayor número de devotos en todo el país.

Al mediodía del domingo, hasta la centenaria gruta que hay 300 metros antes de la cima del cerro, llegó una peregrina cansada. Compró tres velas sin mediar palabra con el vendedor. Más prominente que la agitación por el ascenso apresurado, en su cara se delataba una pena honda. Se metió en la caverna y encendió las velas junto a una cruz de hierro oxidado que lleva más de tres siglos incrustada en un costado del santuario. Salió en silencio y empezó el descenso sin detenerse a contemplar la ciudad que se mostraba imponente frente a sus ojos. Regresó ensimismada pero con un afán distinto, con el gesto aliviado y, tal vez, con la esperanza recompuesta después de haber concluido el ritual.

La fe de los bogotanos se empezó a dirigir hacia Monserrate en el siglo XVII. Recogiendo la tradición muisca de venerar las montañas y la costumbre católica de edificar santuarios en las alturas, la Hermandad de la Santa Cruz retomó los viejos caminos indígenas, en los que construyó estaciones e instauró una eremita en el pico del cerro. Un lugar preciso para recordar el viacrucis de Cristo en su camino final hacia El Calvario.

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A los 750 metros de camino, en la tercera estación, a muchos les flaquea el aliento y se devuelven. Un jadeo cansado se generaliza entre la muchedumbre. Los que deciden seguir encuentran a los los 1.710 metros a un pregonero ciego que se dedica a recomponer los bríos: "Ánimo, que ya sólo les falta una pendiente, ¡ánimo, ánimo!", grita con el bastón en la mano. Un hecho que confirma que el sendero peatonal es la ruta de los piadosos: cuando no está abierto, las ventas de los locales que hay en la cima se concentran en recuerdos para turistas que llegan en teleférico o funicular. Y ahora, con el sendero reabierto, los vendedores volvieron a abastecerse de objetos religiosos, que son los que compran los caminantes.

Aunque es su esencia, los motivos para subir a Monserrate no se agotan en la fe. A medida que se asciende, muchos hacen la parada obligada para volver la mirada y captar la postal de la ciudad que se queda abajo, como en el fondo de una copa. Esta vez, la recompensa del paisaje fue incompleta. La niebla cortó el alcance de la vista. Y con el paisaje imponente aparece también la tentación de las fotos peligrosas. Sobre las barandas, en los bordos de los barrancos: hay quienes llegan hasta allá sólo en busca de un buen marco para retratarse.

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También están los que prefieren la algarabía de los vendedores al silencio del santuario. Entonces se dirigen a los puestos de fritanga o a las ventas de mochilas o porcelanas. El mercado y el templo, como en los viejos relatos bíblicos, convergen en la misma callejuela. Y están los atletas y los deportistas aficionados que suben trotando para entrenar su resistencia en la altura.

Los motivos para subir a Monserrate son tnatos, que ya no sólo es la canela y el tamal chocolate. Eliana Rangel lo hizo descalza porque estaba pagando una penitencia que ella misma se puso y que había quedado aplazada hace varios meses, con el cierre del sendero. Los niños suben a la par que cuentan los escalones. Otros, incluso, lo hacen de rodillas o caminando de espalda. Y uno, gordo y vestido de camuflado, ascendió bailando, con un parlante montado al lomo, donde reproducía merengues noventeros.

La reapertura del sendero peatonal reactivó una de las tradiciones más viejas de los bogotanos. Durante 18 meses estuvo suspendida por las obras de mitigación de riesgo que el Distrito llevó a cabo y en los que invirtió $4.300 millones. Hoy el camino está totalmente empedrado, recubierto de asfalto en muchos tramos y rodeado de barandas de madera. Varios taludes fueron anclados a la tierra para evitar su desprendimiento. Se les cubrió con mallas de concreto que tienen bases hasta de nueve metros de profundidad. Y sobre los 1.500 metros del trayecto se construyó un túnel que sirve de refugio ante un eventual derrumbe.

Pero entre la alegría de tantos por la reapertura, emergen voces preocupadas. César Ricaurte y Viviana Ramos son una pareja que creció, al igual que sus padres y abuelos, en el cerro. Allí se conocieron, se casaron y se han ganado el sustento, en uno de los muchos puestos de comida que hay en el trayecto. Él, incluso, trabajó en las obras que acaban de concluir. Subió maquinaria en sus espaldas cuando las mulas no daban abasto. Ahora, saben, la intención del Distrito, en su plan de recuperar el espacio público, es desalojarlos. Ellos piden que los oigan y les ofrezcan alternativas de reubicación. Su clamor es el de la mayoría de vendedores que se ganan el sustento en esa montaña.

Una leyenda cuenta que el espíritu del Señor Caído anda por los senderos de Monserrate junto a los de los antiguos dioses chibchas. Tal vez del mito viene la fuerza de la tradición de esa montaña como sitio de peregrinaje. Hoy lo concreto es que, desde este fin de semana, miles de almas volvieron a recorrer los caminos de Monserrate. Los paquetes de cotudos, roscas recubiertas de azúcar, se volvieron a ver por el centro de la ciudad.  

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