Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/06/09 00:00

Montoyas callejeros

Los piques ilegales son una amenaza para la seguridad de los bogotanos. Este fin de semana el Concejo iba a votar para legalizarlos. Este es el relato de dos noches de piques callejeros en el norte de la ciudad y de la acción de la Policía para evitarlos.

Montoyas callejeros

En cuestion de 45 minutos el Centro Comercial 184 se convirtió en un hervidero de testosterona. A las 10:15 de la noche del miércoles de la semana pasada, 20 carros estaban estacionados en el parqueadero de ese lugar. A las 11 de la noche, cuando dos porteros extendieron la cadena y pusieron un letrero amarillo de 'pare' para no dejar entrar más carros, ya había más de 100 vehículos. Entre la masa se destacaban una Explorer Coupe, un Mitsubishi Colt, una Subaru Impreza, dos Hyundai Tiburón y tres Chevrolet F-150. Todo el sitio era una exposición al aire libre, desordenada y sin reglas, en la que se exhibían los carros que participarían al filo de la medianoche en los piques callejeros, mientras sus conductores y su corte de acompañantes bebían trago y se pavoneaban, abrazados a niñas uniformadas con jeans descaderados y ombligueras escotadas. En total podía haber unas 500 personas, la mayoría hombres jóvenes que se reúnen allí los miércoles y jueves como preámbulo a los piques.

Los novatos se deslumbraban con la decoración de algunas máquinas. Los ojos se les iban tras las llantas de bajo perfil, los rines de magnesio, los cinturones de seguridad de cinco puntos, las sillas de competencia, los tacómetros electrónicos y los spoilers y faldones. Y quedaban boquiabiertos con los strobers (instalaciones de neón que se montan en la parte baja y hacen brillar los carros como el de Automan) y los equipos de sonido con pantallas de plasma de 10 pulgadas para los DVD, parlantes que ocupan todo el baúl, y subwofer, peceras multicolores en las que van sumergidos en agua los bajos para que suenen mejor. Juguetes costosos para niños grandes pues todo es importado y el detalle más barato, los rines y un spoiler económico comprado en el 7 de Agosto, vale 500.000 pesos.

Para los veteranos esto es pura chicanería. "Antes se veían carros rápidos, arreglados de verdad. Los de ahora son más decoración que potencia y así se pierde la esencia de las carreras que es el pique", dice un piloto que corre en estas competencias desde 1994.

Esa noche él y sus amigos estaban alejados del bullicio que salía de los equipos de sonido de los carros. Su alejamiento físico era un reflejo de la distancia conceptual que tienen también con los organizadores de los piques actuales. Ellos son puristas, no se emborrachan, corren por placer en un carro de bajo perfil al que le han mejorado la potencia hasta el límite. "Yo soy feliz si le gano a un carro potente de fabrica", dice. Para ellos la potencia está antes que la estética. Uno de estos puristas lleva un año y ocho millones de pesos invertidos sólo en el motor de un Renault 9 Brío. Un vehículo cuyo valor comercial, sin este arreglo, puede ser sólo de 12 millones de pesos.

Esa noche el dueño de este carro se topó con otro piloto con el que había competido a mediados de los 90, para muchos la época más gloriosa de los piques. Recordaron viejos tiempos y hablaron de verdaderos carros arreglados como La Petra, una Ford 150 roja, modelo 54 con motor V-8 modificado. Un auténtico monstruo que hacía el cuarto de milla en menos de 10 segundos. Ganó tantas veces que al final picaba sola por exhibición porque nadie se le medía. Esta misma fuerza fue su perdición. El conductor del Renault contó que La Petra ya no es la misma. Al picarla la fuerza desplaza la transmisión trasera, hace que saque la cola y pierda estabilidad. El grupo de veteranos se fue con la misma discreción que llegó. No se quedó a observar los piques que empezaron después de la medianoche sobre la Avenida Boyacá, en dirección norte-sur, desde la calle 170. El espectáculo duró poco. A las 12:50 nueve patrullas de la Policía le pusieron fin a la diversión.



Viernes, el desquite

El jueves se repitió la rutina. De nuevo el lugar fue un hervidero de testosterona, una vitrina para los carros y las mujeres y un bar a cielo abierto. Quince minutos después cuatro patrullas Vitara de la Policía y más de nueve motos de alto cilindraje bloquearon la salida de los vehículos que estaban en la berma. Al ver a las autoridades un joven gritó, en alusión a los piques: "¡Ya son legales!". Los agentes ni se inmutaron y se dedicaron a multar a algunos, como el conductor de un Fiat 147 rojo cereza, por obstrucción en la vía. Un parte que vale 166.000 pesos. Mientras los policías hacían su trabajo otros carros comenzaron a salir en grupos hacia la Avenida Boyacá con calle 170 para picar. Este es el sitio ideal. Son 10 carriles, cinco hacia el sur y cinco hacia el norte, con asfalto nuevo, bien iluminados y sin tráfico después de la medianoche. Los piques se hacen de semáforo a semáforo en dirección sur-norte.

A las 11:45 más de 100 carros se habían tomado los carriles lentos a ambos lados de la avenida. Estacionados en diagonal esperaban mientras algunas personas comenzaban a acomodarse en los andenes y sobre el separador. Los vehículos pasaban calentando motores a mayor velocidad que la permitida para la zona, 60 kilómetros por hora. A la medianoche 40 agentes cerraron con sus motos y patrullas el tramo de la Boyacá que desemboca en la calle 170. Los carros que estaban del otro lado huyeron como alma que lleva el diablo en busca de otro sitio para correr. Los que se quedaron atrás fueron sometidos a requisas del motor para ver si habían sido arreglados, para ver si tenían el equipo de carretera y los papeles en regla. Algunos fueron multados por obstrucción. Un policía que observaba desde la 170 resumió lo que iba a suceder luego: "Hasta que no corran no van a quedar tranquilos. Los saca uno de un lado y cogen para otro. Y así es toda la noche".

Y en efecto así fue. Algunos de los conductores se encontraron minutos después en una estación Mobil, en la carrera 52 con calle 170. Allí se regó la voz de que la carrera iba a ser en Guaymaral. Una caravana enfiló hacia allá por la autopista norte. Iban despacio para no llamar la atención. A la vanguardia iban un Twin Cam azul celeste y un Honda Civic verde, que tenían un pique casado desde hacía rato. Después de sobrepasar el resalto frente al cementerio Jardines de Paz los dos emprendieron la carrera. En segundos alcanzaron unos 180 kilómetros por hora. De repente, de la nada, aparecieron las motos policiales de persecución y los detuvieron. El resto del grupo se dispersó. Unos siguieron hacia Chía por Guaymaral y otros por el peaje. En este municipio los conductores se tomaron la variante Chía-Cota y picaron frente a los restaurantes San Barichara y El Arrierito. El espectáculo no duró mucho por la presión de los camiones lecheros, que quedaron represados a uno y otro lado de la vía. La caravana arrancó de nuevo hasta su destino final: la bomba Shell sobre la Central del Norte en dirección a Tunja. A la 1:30 de la madrugada del viernes casi 100 carros se tomaron la carretera para picar. Los primeros en hacerlo fueron dos Renault 18, uno rojo y uno amarillo. Se situaron en el punto convenido e hicieron luces para que el público abriera espacio. En la mitad de los dos carros se paró una niña para dar la partida. Levantó los brazos, contó hasta tres y cuando llegó a este número los bajó para que arrancaran. Quién ganó, no es importante. Sí lo es, en cambio, que el triunfador siempre se devolvía de primero, en contravía, por la berma izquierda. Este ritual se repitió en forma casi continua, pues sólo fue interrumpido por el paso de algunos camiones cerveceros, durante 45 minutos. La nota más alta de todo el espectáculo la puso un Toyota Cellica, que con su turbo humilló a quienes se le pusieron al lado, el arrancón que metió una conductora en un Celebrity, los trompos del piloto de un Alto gris y la desbandada final propiciada por la aparición de una ambulancia y de dos patrullas de la Policía Vial. Ahí terminó la descarga de testosterona y adrenalina. Esta semana y la próxima y la siguiente se repetirá este mismo libreto, casi sin variaciones, en el que jóvenes conductores salen a picar los carros de la casa para aumentar la añoranza de los veteranos por la vieja Petra.

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