Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2003/03/24 00:00

Morir en Arauca

La muerte de un periodista que debería estar protegido confirma el peligro que corre el derecho a la información en esta zona de rehabilitación.

Todos los dias, 15 minutos antes de las 5 de la mañana, Ernesto Rincón subía hasta las oficinas de la estación radial Meridiano 70, abría la puerta y le echaba un vistazo a los escritorios vacíos. Para Rincón, un vigilante privado al que los comerciantes del sector le pagan para que cuide sus locales durante la noche en una de las calles del centro de Arauca, esta era una labor rutinaria antes de la llegada de Luis Eduardo Alfonso, uno de los dos codirectores del noticiero Actualidad Informativa, que se emitía por esa emisora a las 6 de la mañana. Alfonso, a quien sus amigos más cercanos llamaban 'Pinino', salía siempre a las 4:40 de la mañana de la casa de sus papás y caminaba tres cuadras hasta la sede de la emisora. Madrugaba a escribir en computador las noticias que había conseguido la noche anterior y a llamar al gobernador, Oscar Muñoz, uno de sus amigos de infancia. "A las 5 me llamaba por primera vez en el día, hablábamos siete u ocho veces, e intercambiábamos información", recuerda el funcionario, acongojado. Sin embargo el martes de la semana pasada Alfonso no pudo cumplir la cita con el teclado y el teléfono.

Ese día, a las 4:45 de la mañana, el vigilante Rincón oyó una discusión afuera del edificio de la emisora. Mientras bajaba corriendo las escaleras para averiguar lo que sucedía, escuchó varios disparos en la calle. El gobernador Muñoz y los dos policías que custodiaban su residencia, localizada a una cuadra de Meridiano 70 y conocida como la 'Casa Blanca de Arauca', también oyeron las detonaciones. Rincón salió a mirar y en cuestión de segundos subió de nuevo a la emisora. Llamó a Mabel Varela, la hija del fundador de la emisora, quien fue asesinado el año pasado, y llorando le dijo descontrolado: "Lo mataron? ahí está? ahí está". Dos hombres le hicieron tres tiros a la cabeza a Alfonso y huyeron en una moto que luego apareció a orillas del río Arauca.

A las 5:05 de la mañana Narda Guerrero, gerente de Radiodic y una de las personas más cercanas a Alfonso, iba en su moto camino del gimnasio. En el centro la policía no la dejó pasar. Cuando preguntó por qué estaba cerrada la vía un agente le respondió que acababan de matar a alguien de Meridiano 70. Narda sintió un escalofrío y de inmediato pensó en su amigo. Le pidió al uniformado que la dejara pasar. Al ver el cuerpo tendido sobre el pavimento pensó que había quedado en la misma posición que el de Efraín Varela, el jefe de ambos que también fue asesinado, y en los dos mensajes de texto que le había enviado a su celular al filo de la medianoche del lunes. "Eran muy bonitos, como de despedida. Uno decía que la vida es a corto plazo?", recuerda Narda entre sollozos.

Arauca, silenciada

Luis Eduardo Alfonso tenía 29 años y mucho miedo a la muerte. No el normal que sienten los seres humanos, sino el de los que se saben condenados. Y él lo estaba por el trabajo periodístico que realizaba en los últimos tres años. Alfonso se metió en este oficio, a mediados de la década de los 90, como comentarista deportivo. En 2000 comenzó a incursionar en espacios noticiosos de Meridiano 70 de la mano de Efraín Varela, un veterano abogado y periodista de reconocida trayectoria en el departamento de Arauca. Mejor mentor no pudo tener. Varela, según un informe sobre libertad de expresión que realizaron en noviembre del año pasado cinco organizaciones de prensa, "era conocido como un periodista polémico, que cuestionaba tanto a la guerrilla como a los paramilitares, los militares y la administración pública. (?) Su emisora tenía gran sintonía en el departamento y para muchas organizaciones sociales era un ejemplo de periodismo de denuncia".

De la mano de Varela, Alfonso se volvió un hábil reportero de orden público y temas de corrupción. Era una de las personas mejor informadas de Arauca. Su oficina era una mesa de la cafetería Los Portales, un lugar en el que se sentía seguro porque quedaba al frente de una estación de Policía y muy cerca de las oficinas del DAS. En ese sitio se sentaba a tomar tinto, atender llamadas en su celular de la red de fuentes que tenía en el departamento, tomar apuntes en su agenda, oír noticias radiales (siempre tenía un audífono pegado al oído) y, como él solía decir, "atender comunidades". Su estilo era polémico pero, en palabras de su colega Miguel Angel Rojas, "era el mejor del gremio". Los problemas de Alfonso comenzaron en septiembre de 2001. En esa ocasión las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) le enviaron a él y a Varela un correo electrónico en el que los declaraban objetivo militar. Su situación se enredó aún más en marzo de 2002 luego de que recibió una llamada intimidatoria de las Farc, según contó en la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip). Sin embargo sus verdaderos líos empezaron después del asesinato, al parecer por grupos paramilitares, de Varela.

El 4 de julio del año pasado Alfonso, junto con otros tres periodistas, tuvo que salir de Arauca por amenazas de las autodefensas. Estuvo en Bogotá un tiempo y hasta manifestó su intención de quedarse en la capital para estudiar derecho. Pero el apego por su tierra y por el oficio pudo más que la prudencia. Mientras su caso era estudiado por el Comité de Evaluación y Reglamentación de Riesgos para Periodistas (Crer), Alfonso regresó a Arauca a la codirección del noticiero Actualidad Informativa. Para entonces, como quedó consignado en el citado informe de libertad de expresión, el asesinato de Varela había cambiado la forma de hacer periodismo en el departamento: "La mayoría de los informativos se limitan a leer comunicados que produce el Ejército y a publicar información 'ligth', como los cumpleaños y actividades sociales". Esto significaba, según el mismo documento, que los araucanos tenían restringido su derecho a recibir información.

En los últimos meses del año pasado Alfonso no recibió ningún tipo de protección permanente en Arauca. En diciembre el Crer, después de un estudio de nivel de riesgo, dictaminó que era medio-bajo y recomendó que como medida preventiva de seguridad se hicieran rondas policiales en su casa y que se le "realice acompañamiento esporádico o temporal". Esto nunca se llevó a cabo. El pasado 27 de febrero 19 de los 30 periodistas que se calcula hay en Arauca se reunieron para discutir su situación. En el encuentro Alfonso contó, según el acta de ese día, que había hablado con el coronel Luis Alcides Morales, comandante de Policía de Arauca, y "me dijo que no había suficiente personal para la asignación de escoltas. Sin embargo le hice entrega de copia de la carta que me llegó del Ministerio del Interior, en mi calidad de amenazado, para que se procediera, pero hasta el momento no he tenido respuesta no obstante el peligro que estamos corriendo". Diecinueve días después el peligro que lo acechaba lo alcanzó a la entrada de la emisora, justo antes del amanecer.

El asesinato de Alfonso, tal y como lo dijeron en un comunicado tres organizaciones defensoras de la libertad de expresión, representa un fracaso para el programa de protección de periodistas. Por eso solicitan que se tomen medidas urgentes para que esto no vuelva a ocurrir. Por lo pronto en Arauca el daño ya está hecho y el mensaje, sin saber de dónde provinieron las balas, para los periodistas es claro: no informen sobre lo que está ocurriendo en esta zona de rehabilitación, en la que, con su propia muerte, Alfonso comprobó que tenía razón cuando decía con pesimismo: "Vamos a morir como las gallinas criollas, bien preparadas".

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