Lunes, 20 de febrero de 2017

| 2017/02/15 13:21

Así es el El Castillo, el prostíbulo incautado por tener nexos con la mafia

A propósito de la operación del CTI que ocupó este bien por ser presuntamente del narcotraficante José Ricardo Pedraza, Semana.com revive una crónica de Soho sobre este lugar de la zona de tolerancia de Bogotá.

Así es el El Castillo, el prostíbulo incautado por tener nexos con la mafia

Un inesperado operativo sorprendió al barrio Santa Fe en Bogotá. El CTI llegó a la calle 22, en la que conviven frente a frente la Piscina y el el Castillo, los dos prostíbulos más conocidos del centro de Bogotá. Su ubicación y sus actividades nunca han sido un secreto para nadie. De hecho, ambos edificios se ven desde la Avenida Caracas y en especial desde los articulados de Transmilenio que día a día movilizan miles de personas frente a estos.

Sin embargo, la llegada del CTI al lugar generó una enorme expectativa. Se trataba de un operativo en el marco de un proceso de extinción de dominio que iría tras 35 bienes producto de dineros ilícitos. La investigación está relacionada con las actividades del narcotráficante José Ricardo Pedraza Díaz, quien dirigiría una red de lavado de activos y habría estado a cargo del manejo del lugar. 

El negocio quedará en manos de la Unidad de Extinción de dominio de la Fiscalía, que a su vez adelanta una investigación sobre esta y muchas otras propiedades de Pedraza.

La revista Soho realizó una crónica de una trabajadora del Castillo sobre cómo es por dentro este lugar que hoy está en la mira de las autoridades. 

"Unos años después, una amiga me dijo que se venía para Bogotá, me contó cómo era la vuelta y me vine".

El Castillo tiene cuatro pisos. El primero es donde funciona el Night Club. En el segundo están las suites donde atendemos a los clientes y en los pisos restantes están los 17 cuartos en los que vivimos las casi 60 niñas que trabajamos acá. En cada cuarto pueden vivir hasta cinco mujeres. En el mío viven tres niñas con las que, además, comparto el baño. Aunque se podría pensar que un baño para cuatro mujeres es el escenario perfecto para que nos agarremos de las mechas, debo decir que nunca hemos tenido problema al respecto. Este baño está lleno de maquillaje y calzones colgados.

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También dentro del edificio funciona una peluquería, que no es gratis pero que tampoco es muy cara, y hay una lavandería en la que cobran 500 pesos por pieza (aunque depende también de la prenda). Para el almuerzo, vamos a un lugar que queda al frente, acá nos dan un bono y sólo tenemos que pagar 1.000 pesos por un muy buen almuerzo (siempre comida casera, pollo o carne, papas y ensalada). Todo el negocio está siempre custodiado por 12 personas de seguridad, que se rotan todos los días.

Acá las cosas funcionan muy parecido al resto del mundo; lo que cambia son los horarios. Yo me despierto como a las 11 de la mañana, me baño, me lavo los dientes y me visto. Como a las 3 de la tarde vamos a almorzar. Los clientes llegan pasadas las 5, o sea que tenemos un tiempo para joder la vida y echar lora. En todos los cuartos tenemos un televisor, así que vemos muchas novelas.

Ya para eso de las 4 empieza el cuento de arreglarse. La idea es estar abajo ya entaconadas y maquilladas. Entre nosotras nos ayudamos para que todas nos veamos bien sexis. Entonces empiezan a llegar los clientes, y a trabajar. Cuando me va bien, atiendo unos cinco hombres… Pero hay días en los que apenas atiendo dos. Trabajamos más o menos hasta las 2 o 3 de la mañana y, si hay plata en el bolsillo y ganas en el cuerpo, nos vamos a un sitio que queda al ladito del Castillo y que es de los mismos dueños, que se llama Dolls House. Allá también podemos buscar clientes, y si la cosa pinta bien, nos pegamos una buena bailada.

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A eso de las 3 o 4 de la mañana la que no está borracha está mamada, entonces nos acostamos a dormir, para al día siguiente volver a empezar.

La verdad es que acá se vive muy bien. Dos de las niñas con las que comparto el cuarto son también paisas y llegaron casi al mismo tiempo que yo, nos hemos vuelto muy buenas amigas. Siempre hay buen ambiente, nos reímos todo el día. Además, los hombres que se encargan de nuestra seguridad son todos muy queridos con nosotras. Quiero trabajar acá, siempre y cuando pueda viajar algunas veces a donde mi familia, en Medellín, que es el único lugar en el que preferiría vivir". 

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