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| 10/7/2013 12:00:00 AM

“Yo no vine a Bogotá a prostituirme”

Diana y Charlotte escalaron a pesar de las dificultades que les representan ser transgénero.

Diana Navarro llegó a Bogotá "volada" de su casa a los 14 años. Le había confesado su orientación sexual a su familia en Barranquilla y que, además, quería vestirse como mujer. Ellos le pidieron que no lo demostrara, pero ella "no le vio sentido a esconderse". Empacó sus maletas y se fue. 

Cuando llegó a Bogotá ya había empezado a tomar hormonas para feminizarse. Luego de tener problemas con a quien solo se refirió como un "reconocido estilista", se le cerraron las puertas a los salones de belleza y Diana empezó a prostituirse. 

“Yo le agradezco a la prostitución todo lo que sé sobre inequidad social y doble moral”, dice con una voz profunda, pero definitivamente femenina. Es altísima, con ademanes elegantes y negra, y así se define: “negra, marica y puta”, ya que no cree en estereotipos. “Lo 'trans' es una categoría política. Ser mujer es una forma de afrontar la vida”, agrega.
 
Con la prostitución pagó su carrera. Empezó estudiando en la Pontificia Universidad Javeriana, de la cual, dice, debió retirarse por presiones indirectas. Se fue a Medellín, a la Universidad de Antioquia, en donde una vez un portero le negó la entrada a la institución porque “para él, era inconcebible que una travesti fuera a la universidad". Al respecto, Diana comenta que "hay mujeres trans que van a la universidad viéndose como hombres, y esto también es válido”.

La mujer es abogada de profesión, dirige la Corporación por el Derecho a Ser y la Opción de nacer, es la Coordinadora de la Red Distrital y Nacional de Mujeres Transgeneristas, trabaja con el Ministerio del Interior en asuntos de personas LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgeneristas) privadas de la libertad y da asesorías legales independientes. “Seguimos imponiendo modelos de persona, y todo lo que se salga de eso, es mal visto y se le exige un cambio”, declara.

Un cambio

“Desde que tengo uso de razón me gusta todo lo femenino”, dice Charlotte Callejas sobre el tintineo de sus numerosas pulseras.  Ella conoce muy bien lo que es ser perseguida. Nació en Cuba y desde hace 16 años vive en Colombia, asilada política. 

En su país natal empezó un proceso con hormonas a los 14 años, el cual tuvo que revertir a los 19, afirma, por presiones de la Universidad de La Habana, en donde estudiaba Licenciatura en Bioquímica. “Nunca lo decían directamente, te decían que tenías que cuidarte”, explica Charlotte. 

A los 26 retomó su tratamiento hormonal y no volvió a mirar atrás. Cuando llegó a Colombia, vivió dos años de inestabilidad laboral. Fue celadora e hizo espectáculos en bares. “Muchas mujeres trans viven del show porque no tienen otra opción; a otras les gusta y hacen una carrera de eso. A otras ni siquiera les gusta arreglarse. Es un mito que somos iguales”.

Después de esos dos años, consiguió trabajo en la Liga Colombiana de Lucha contra el Sida como directora de proyectos de investigación. En el 2000 se vinculó al proyecto Planeta Paz, que trabaja con sectores populares y, a través de esto, hizo una carrera en el sector público.

De esta forma, Charlotte continuó su ascenso en el 2002 al hacer parte de la fundación de la mesa LGBT en Bogotá y participar en la movilización de las políticas públicas para esta comunidad. En el 2007 se convirtió en la primera persona transgenerista en obtener un cargo público en la Secretaría de Salud. Hoy es directora de la organización no gubernamental Transcolombia. 

“Las y los transgeneristas hemos sido históricamente discriminados. Dentro de la misma comunidad hay rechazo, hay peluquerías o establecimientos gays en donde no puedes trabajar o no te dejan entrar”, continúa Charlotte. 

“La discriminación a los transgeneristas es mayor porque son más visibles. Desde la cédula, en la que sale sexo femenino, hay violencia en contra de sus derechos”, dice Juan Carlos Prieto, director del departamento de Diversidad Sexual de la Alcaldía Mayor de Bogotá. 

La figura del transgenerista causa un fenómeno desestabilizante que Gustavo Subero, en su ensayo ‘Fear of the Trannies’ (El miedo a los transexuales), explica como “una ruptura de las construcciones hegemónicas de lo masculino y lo femenino”. Es decir, los transgeneristas son hombres o mujeres que se identifican con una identidad de género diferente a la estipulada por su genitalidad. Si nacen en un cuerpo masculino, se identifican con el género contrario y viceversa. 

Este contexto cultural les limita las posibilidades de ingresar a la educación, obtener un empleo y mejorar sus condiciones de vida. Así lo expone el informe para la implementación de una política pública LGBT de la Alcaldía Mayor de Bogotá del 2010, en el cual se entrevistó a 310 transgeneristas, en una edad promedio de 26 años y el cual reveló que el 81 % pertenece a los estratos 1 y 2 y un 11.9% ha ido a la universidad.  

Sin embargo, desde el 2007, en Bogotá se institucionalizaron las políticas que defienden los derechos de la comunidad LGBT, gracias al esfuerzo de la comunidad y la administración distrital.

"Después de 5 años trabajando, por primera vez contratamos de planta provisional a dos mujeres transgénero como auxiliares administrativas. Ellas están estudiando su carrera universitaria" dice Juan Carlos Prieto.

"También a través del programa Misión Bogotá Humana del Instituto de la Economía Social (Ipes) se ha focalizado el esfuerzo en la contratación de mujeres y hombres trans, en donde hay alrededor de 40 trabajando. Admite que, aunque la cifra es baja, es el inicio de un cambio.
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