Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/01/23 22:00

Juan Manuel Prieto: el abogado que dejó huella

A los 64 años falleció Juan Manuel Prieto Montoya, uno de los abogados más importantes del país, quien será también recordado por sus calidades humanas.

Juan Manuel Prieto. Dos rasgos marcaron su vida: su optimismo y su generosidad. Foto: Alejandro Acosta

En Colombia pocas personas partiendo de cero logran crear en pocos años una empresa líder no solo a nivel nacional sino internacional. Juan Manuel Prieto fue una de ellas. Sin embargo, las docenas de amigos que acompañaron a su familia en el último adiós, en la capilla del Gimnasio Moderno la semana pasada, evocaban nostálgicamente no tanto al abogado como al hombre.

Que fue un gran jurista no hay duda. Dada su gran visión comercial y de negocios, fue un innovador. Se inventó nichos para su firma que no eran tradicionales para los bufetes colombianos en ese momento. Por ejemplo, fue un pionero en la asesoría de planeación tributaria, sucesoral (estate

planning) y en protocolos de familia. Ese conocimiento le permitió granjearse la confianza de las cabezas de varios de los principales grupos económicos del país (Santo Domingo, Sarmiento, Sanford etcétera). Esto lo convirtió en asesor para procesos de estructuración y reorganización de esos conglomerados, particularmente de empresas de familia.

Su firma jugó papeles claves en múltiples financiaciones, fusiones y escisiones que tuvieron lugar en los grandes en los últimos 30 años en Colombia. Ese talento le permitió convertir al bufete que él creó en uno de los dos o tres más importantes del país y, posteriormente, de Iberoamérica, en sociedad con la española Uría y la chilena Philippi.

Pero más que un gran talento, Juan Manuel Prieto fue ante todo una gran personalidad. Era una persona muy especial. Dos rasgos dejaron una huella imborrable en todos los que tuvieron el privilegio de conocerlo: su optimismo y su generosidad. En ambos frentes era como un tsunami. A todo le veía el lado bueno y ese sentimiento era contagioso. En los últimos días de su vida, cuando los achaques de salud dejaban claro que se acercaba el fin, hablaba con mucho entusiasmo del reto profesional que le acababa de ofrecer el presidente: ser el principal asesor en todo lo relacionado con el rescate del galeón San José. Hablaba de un 2016, rodeado de su familia y sus nietos, en el que tendría que alternar su casa de Anapoima con largas temporadas en Cartagena y en Madrid trabajando sobre ese tema.

Y en cuanto a su generosidad, esta parecía ser simplemente una extensión natural de su físico corpulento y bonachón que irradiaba calor humano desde el momento en que hacía su entrada en cualquier ambiente. Esa generosidad que tenía con todo el mundo hacía de él una persona que siempre unía. Tanto en familia, como en amigos, como en negocios, Juan Manuel congregaba. En un mundo de rivalidades como es el de los abogados siempre gozó del respeto y el afecto de todos sus colegas. Fue uno de los pocos de quien se podría decir que en su vida tuvo contrapartes pero nunca enemigos. El vacío que deja será difícil de llenar.

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