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| 6/27/2014 12:00:00 AM

Murió el narco más viejo del clan Castaño

En una cárcel de Estados Unidos falleció Édgar Fernando Blanco, alias el comandante Emilio. Su historia en la mafia apenas está por contarse.

A Édgar Fernando Blanco le pareció muy normal encender un cigarrillo de marihuana en pleno vuelo entre Miami y Los Angeles. Aunque en la década de los ochenta aún era permitido fumar en algunos aviones, los policías gringos consideraron ya suficiente descaro el acto de aquel colombiano que se vestía con el rigor de un adinerado, y entonces le pusieron las esposas.

La escena es retratada por Max Mermelstein, en el libro “El hombre que hizo llover coca”. Pero más allá de la anécdota, aquel disparate habla mucho de la personalidad de Blanco, un hombre proveniente de una familia notable de Medellín, nacido en el mes de junio de 1951, según reposa en los archivos del FBI.
  
De Blanco no se supo durante casi toda la guerra de los carteles de la droga. Su nombre solo vino a ser mencionado por las autoridades de los Estados Unidos en el mes de marzo del año 2002.  Se trató de una operación en la que unieron esfuerzos el FBI y la DEA. Los directores de ambas agencias, Robert Mueller y Asa Hutchinson, respectivamente, presentaron en Washington la captura de Édgar Blanco como un golpe a las redes de traficantes de armas, emparentadas con los paramilitares de Carlos Castaño.

Agentes encubiertos le habían tendido una trampa no solo a Blanco sino a otro paramilitar con el alias de “César López” o “Napo”. Ambos personajes, según el FBI, intentaron comprar un cargamento de armas entre las que había lanzamisiles y lanzagranadas, 9.000 fusiles, 300 mil granadas, 300 pistolas y 53 millones de municiones, un material avaluado en 25 millones de dólares. La captura tuvo lugar en San José de Costa Rica. La importancia de Édgar en el negocio era tal, que la DEA decidió llamar a la operación “Terror Blanco”.

El 24 de octubre de 2004, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos informó que Blanco se declaró culpable de los cargos de conspiración para proveer armamento a las AUC, declaradas como un grupo terrorista por el secretario de Estado de los Estados Unidos, el 10 de septiembre de 2001. Alias “Comandante Emilio” también se declaró culpable de conspirar con la intención de distribuir cocaína. 

Lo más llamativo de la sentencia, si se quiere, fue que de todos los acusados en la operación, Édgar Fernando Blanco fue él único que mereció cadena perpetua por parte del juez David Hittner. Blanco pasó por varias cárceles en Estados Unidos. Sin embargo, en la tarde de este jueves a varios de sus familiares en Medellín les avisaron que Blanco había fallecido.

Pero, ¿quién realmente era este hombre que le valió a Max Mermelstein algunas líneas de su libro?

De manera errónea se ha dicho en algunos medios de comunicación que Édgar era hermano medio de Griselda Blanco, la llamada “Reina de la cocaína”, asesinada en el mes de septiembre del año 2012, en una carnicería del barrio Belén, de Medellín.

Sin embargo, si bien no eran familia, sí fueron muy cercanos, según se lo dijo a Semana un viejo amigo de Édgar. De hecho, un exagente de la DEA también asegura que Griselda alguna vez le pagó una fianza a Édgar cuando estuvo preso en Nueva York.

Dentro los círculos de la mafia paisa siempre se dijo que Édgar Blanco era un hombre culto, buen mozo, que se vanagloriaba de tener obras de arte avaluadas en precios incalculables. En el apogeo del narcotráfico, Blanco viajó a México con la intención de vender supuestamente un original de un huevo de Carl Fabergé, una de las 69 joyas que el artista creó para los zares de Rusia.

Nadie sabe a ciencia cierta si el huevo era original o una copia. “Es difícil de saber porque Blanco muchas veces le vendió a los narcos paisas -que eran tan ignorantes- obras de arte que era en realidad réplicas”, continúa la persona que durante años lo conoció.
 
Uno de los argumentos mediante los cuales Blanco fue condenado a cadena perpetua en Estados Unidos, tuvo que ver con sus relaciones de vieja data con traficantes de armas en varias partes del mundo. Fue por ese motivo que Carlos Castaño lo contactó. “Blanco no era un criminal, para nosotros era más que eso: era un enemigo de los Estados Unidos”,  prosigue el exagente de la DEA.

Pese a lo anterior, en Colombia Blanco no tuvo un récord judicial. En parte, porque un buen lapso de su vida adulta la pasó dentro de los Estados Unidos o viajando por distintas naciones, comprando obras de arte, tejiendo relaciones. Según su amigo, los libros favoritos de Blanco pueden también ser una clave para entender lo que pasaba por su cabeza: Los Reyes Malditos, El arte de la guerra y El Príncipe de Maquiavelo, era lo que más le gustaba leer.
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