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| 9/5/2015 10:00:00 PM

Netflix se rinde ante Pablo Escobar

La televisión sigue cautiva ante la imagen del temido capo del narcotráfico. El mundo comenta la nueva serie “Narcos”. Controversia en Colombia.

Hay verdades incómodas. Una de ellas es que Pablo Escobar seguirá siendo por mucho tiempo el colombiano sobre el que más se escriba en el mundo. Claro, después de Gabriel García Márquez. Su historia es tan compleja que parece no tener fin. Así lo demuestra Netflix con su nueva serie Narcos, cuya primera temporada de diez capítulos fue lanzada el pasado 27 de agosto. En la primera semana al aire ha sido elogiada por The New York Times por su profunda investigación y la narrativa al estilo Martin Scorsese. El Washington Post la considera una apuesta arriesgada que le salió muy bien a Netflix; el diario británico The Independent dice que será más adictiva que la famosa serie Breaking Bad; el Wall Street Journal la define como ideal para aficionados a la vida del capo; y la revista Milenio de México la califica como un “portento”.

Claro que también ha recibido crítica. Atlantic considera que sacrifica el drama por el documental. Y en Colombia ha caído mal el acento extranjero de los actores. “La cacareada globalización ha creado un producto bastante inverosímil”, dice la revista Arcadia.

Narcos está hecha para un público universal, pues Netflix está en 50 países y tiene 65 millones de usuarios, de los cuales medio millón están en Colombia. Justamente por ser pensada para el mundo, no necesita advertir desde el principio que Pablo Escobar es el villano de la película. No busca dar lecciones sobre el bien y el mal. Despojada de todo moralismo, muestra a personajes ambiguos, capaces de hacer cualquier cosa con tal de lograr sus objetivos, así trabajen para un cartel de las drogas o para la DEA. En el primer capítulo se establece ese código: aquí los buenos también harán cosas horribles en nombre del bien. Muy al estilo de 24 o The Wire.

La serie, contada desde el punto de vista de Steven Murphy, un anodino agente de la DEA, no es una clásica historia gringa de la ley contra el hampa. Tal como dijo The New York Times en una de las diez extensas reseñas que le ha dedicado a Narcos, “este no es un espectáculo sobre el ascenso y caída de Pablo Escobar, tanto como sobre las circunstancias que lo hicieron posible”.

La historia comienza con un dato sorprendente. Chile era el país destinado a ser el centro del narcotráfico en América Latina. Pero Augusto Pinochet mandó a fusilar a los primeros narcotraficantes y con ello, erradicó el problema. Cucaracha, un sobreviviente de la purga, escapó a Colombia y le enseñó a Escobar a ‘cocinar’ la cocaína en las selvas de la Amazonia.

No debe ser casual que la coca haya prosperado en Colombia, pues a mitad de los setenta era justo uno de los países de América Latina que no tuvieron dictadura. En la democracia más antigua del continente echaron raíces los dos fenómenos más violentos de América: guerrilla y narcotráfico.

¿Un bandido social?


En la serie de Netflix, Pablo Escobar se siente humillado por la “oligarquía”. Según el investigador Gustavo Duncan, autor del libro Más que plata o plomo, en Colombia es imposible hacer una serie de este tipo porque el país no está dispuesto a reconocer el carácter “reivindicativo” que tuvo Escobar. “Ante un Estado que no daba oportunidades, en lugar de crear un partido, creó una organización criminal”, dice. Su respuesta ante la exclusión no fue hacerse revolucionario sino bandido. Si bien no logró ser presidente, como deseaba, se convirtió durante largo tiempo en el hombre más poderoso de Colombia. Usó las armas, sin compasión; logró crear un apoyo social a su alrededor y era muy astuto para negociar. Esta tensión entre violencia y tácticas políticas, entre guerra y tregua, es otro de los aciertos de la serie.

En Narcos, Pablo Escobar casi todo el tiempo calcula y tiene bajo control sus instintos. Sus decisiones, por crueles que sean, están en función de doblegar a los poderosos que le ha cerrado las puertas. “No soy rico, soy un pobre con plata”, dice. Un hombre que desprecia a la clase política, pero anhela un lugar en ella. “Quería hacer algo bueno por este país”, le dice a Diana Turbay mientras la tiene secuestrada: “Pero no lo hizo”, le responde ella. Así el Escobar de Narcos encarna al extremo el anhelo de ascenso social, usando el bien más preciado por el sistema: el dinero.

Su única actuación realmente emocional, fuera de control, llega cuando asesina en La Catedral a sus socios Gerardo Moncada y Kiko Galeano. Por fuera de la guerra que ha desatado contra sus enemigos, contra la sociedad, matar a los amigos se convierte en un giro abismal en su vida. Por primera vez dice “me equivoqué”. Y no es casual que dicho desafuero ocurra cuando ha muerto su alter ego, Gustavo Gaviria, su primo y estratega. En La Catedral se crea el espejismo de que Pablo le está ganando al Estado. Pero allí empieza a derrumbarse su imperio.

Intriga política


Más que un relato policiaco, Narcos es un drama político y por eso quizá le ha valido comparaciones tanto con Breaking Bad como con House of Cards. Buena parte de la historia transcurre en la embajada de Estados Unidos y en la Casa de Nariño, donde se va moldeando el carácter de la guerra colombiana.

En la serie se resalta de manera irónica que Estados Unidos solo se interesó en los narcotraficantes de Colombia cuando vio salir miles de millones de dólares hacia este país. No importaban los muertos que la guerra entre narcos ya estaba arrojando en Miami.

Eran tiempos de Ronald Reagan y había una doble preocupación: narcotráfico y guerrilla. Y los gringos no tenían claro cuál era su enemigo principal. Narcos retrata, fiel a la realidad, las tensiones que se suscitaron entre la DEA y la CIA en la embajada de Bogotá. Las mutuas traiciones y la lucha de cada uno de estos por lograr los recursos para su intervención en Colombia.

Sobre los métodos usados por unos y otros, la serie muestra que no había mucho recato. Para algunos críticos internacionales las escenas de torturas, protagonizadas por Carrillo, el policía colombiano ‘bueno’, apoyado por la DEA, evocan a Abu Grahib. En cuanto a métodos de tortura, los gringos de la serie no tienen resquemores. Tampoco en alianzas macabras. Es lo que Javier Peña, el otro agente de la DEA encarnado por Pedro Pascal, llama “jugar a fondo”.

¿Docudrama?

Sobre la narración hay posiciones encontradas. La historia está contada con la voz en off del agente Murphy que en ocasiones se desliza hacia el documental. Sin embargo, para algunos críticos, esta narración es un acierto pues pone distancia con el personaje central y permite concentrarse en él, sin irse por las ramas. Así, se hace posible interpretar a Pablo, y las circunstancias que lo rodearon, sin que se produzca empatía o asco. No obstante, no hay que olvidar que la televisión siempre es un espectáculo, y este es uno de ficción. Aunque esté basado en hechos reales, no pretende tener exactitud histórica. La realidad está subordinada al drama.

En esta historia todo gira en torno a Escobar y por eso los personajes secundarios no tienen vidas propias. A pesar de que al público colombiano le molesta el acento del actor brasileño, Wagner Moura, nadie discute que ha construido un gran personaje. Es un Pablo arquetípico del mafioso contemporáneo, que tiene algo de Al Capone y otro tanto del Chapo Guzmán.

Es un gran mérito que Moura, con solo cuatro meses de aprendizaje de español en Medellín, haya logrado rodar la película, como él mismo confesó, con medio cerebro en el idioma y el otro medio en la trama. El actor le dijo a El País de España que “la preocupación ética que yo tenía con Pablo era contar esta historia de forma bien documentada, correcta, para honrar a Colombia y a las víctimas de este conflicto, que en primer lugar es colombiano”.

A pesar de que en el elenco hay una mezcla de idiomas y acentos, y que algunas actuaciones son bastante flojas, el lente descarnado del director José Padilla, que dirigió Tropa de Elite, y su mirada amoral, le dan mucha fuerza. Puede que no llegue a ser un fenómeno como House of Cards, pero será sin duda un gran éxito.

Narcos deja en evidencia que Pablo Escobar representa un fenómeno global e inquietante: el poder que puede llegar a tener el narcotráfico en sociedades con profundas desigualdades. Y que si la gente sigue devorando series y libros sobre su vida es porque en él hay claves para entender la historia reciente, no solo de este país, sino del continente entero.

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