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| 4/12/2014 7:00:00 AM

El Jonathan Vega que conocí

Juan Sebastián Lozano*, quien conoció al atacante de Natalia Ponce de León, hace un crudo retrato del siniestro personaje.

Conocí a Jonathan Vega hace tres años en un retiro campestre organizado por una psicóloga que trataba a jóvenes con problemas de depresión y abuso en el consumo de drogas. Llegó con el libro Filosofía del tocador del Marqués de Sade bajo el brazo, con lo cual se ganó la simpatía de los que ya estábamos ahí. Llevaba puestas unas gafas grandes (tipo hipster), tenía un saco negro de capucha, pantalón de dril y botas Dr. Martens negras. Nos contó que había empezado a estudiar cine en Argentina, pero que debido a problemas psicológicos había abandonado la carrera.

La psicóloga nos contó más tarde que Jonathan (que en ese momento se hacía llamar Wolf, en un intento por renovar su identidad) sufría de esquizofrenia y había sido maltratado por algunos psiquiatras. Ella era una cristiana convencida e insistía en que podía sacarlo de sus problemas con terapias psicológicas y técnicas orientales como los masajes Reiki, sin necesidad de pastillas fuertes que, según ella, le hacían más daño. Por aquel entonces Jonathan estaba interesado en el misticismo oriental, en especial en el hinduísmo, tema que lo apasiona. Decía que su problema era espiritual y se mostraba de acuerdo con la postura antipsiquiátrica de la psicóloga.

Su comportamiento era relativamente normal. Era el de un joven interesado en la expresión artística, algo que teníamos en común los seis pacientes que estábamos en el retiro. El espacio físico a las afueras de Bogotá era muy cómodo, pero la postura religiosa y anticientífica de la psicóloga no nos agradó a algunos. Solo en ciertos momentos Jonathan mostraba actitudes fuera de lo común: hablaba solo, caminaba alrededor de la casa, pero nada que indicara una esquizofrenia avanzada.

Después de esa experiencia nos vimos en Bogotá un par de veces y ya en la vida ordinaria mostró un comportamiento más extraño. No podía quedarse quieto en un mismo lugar por muchos minutos, caminaba con mucha ansiedad y fumaba de manera compulsiva. En un momento su comportamiento me resultó molesto y hasta asfixiante, y decidí no volver a buscarlo, negarme cuando venía a mi casa y no contestarle el teléfono. Al principio insistía en buscarme, pero finalmente entendió el mensaje y dejó de hacerlo.

Volví a verlo hace seis meses. Hablamos por Facebook y decidimos encontrarnos. Lo vi mucho más tranquilo y reflexivo, me dejó una buena impresión, como si tuviera controlada su enfermedad. Me dijo que estaba yendo al psiquiatra, aunque al parecer no estaba tomando pastillas. En ese momento los dos estábamos leyendo al psicomago chileno Alejandro Jodorowsky y planeábamos hacer unos performances o actos teatrales con dos objetivos en mente: modificar la rutina y superar conflictos psicológicos.

Finalmente, nos ganó la timidez y no hicimos nada, nos conformamos con desarrollar cada uno por su lado la actividad que lo apasiona, él la pintura y yo la escritura. Como compartíamos el gusto por el cine, empezamos a ver películas dos veces a la semana.

Caminamos un par de noches desoladas en las que parecía ganarnos el tedio. Ambos habíamos dejado de consumir drogas y buscábamos razones que nos motivaran a vivir. Hablábamos del futuro incierto de este país dominado por la frivolidad y el individualismo, con la gran mayoría de sus habitantes atrapados en la ciega carrera por el dinero.

No me cabe en la cabeza que la misma persona con la que vi más de una decena de películas en mi casa, leí en voz alta poesía y fragmentos de Nietzsche (su autor favorito) y hablé de mujeres –nunca mencionó a Natalia Ponce de León–, haya cometido tan cobarde crimen; que haya perjudicado gravemente la existencia de una bella joven que, según sus allegados, es una mujer noble y alegre.

El tema de las mujeres le generaba mucha ansiedad. Decía que necesitaba una novia con urgencia y que ya le aburría acostarse con prostitutas. Yo hablo del Jonathan que conocí. Pocas veces me he encontrado con alguien tan amable, pacífico y receptivo. Parecía incapaz de matar una mosca. Sin embargo, sí parecía estar rodeado por una nube negra. Algo lo atormentaba, sospeché más de una vez.

Compartíamos el gusto por las películas de individuos outsiders o marginales. Quizá como una suerte de anticipación inconsciente al atroz crimen que cometería, la última película que vimos fue Bronson, de Nicholas Winding Refn, una excelente historia que habla de un hombre que quería ser famoso a cualquier costo, y como no sabía cantar ni actuar, se convirtió en el preso más peligroso de Inglaterra, un tipo con inquietudes artísticas no estimuladas a quien el sistema carcelario lo transforma en alguien cada vez más monstruoso. Es una crítica a la sociedad del espectáculo actual, que idealiza cualquier tipo de fama.

Después de ver cada película, yo le insistía a Jonathan en que las personas inteligentes descargaban su rabia hacia la sociedad que criticaban a través de la expresión artística: el arte como una venganza simbólica del rechazado o marginado social. Todo parece indicar que para Jonathan la posibilidad de convertir en arte o en reflexión su descontento social no fue suficiente y cruzó el límite hacia lo real, atacó lo que odiaba de la sociedad: la belleza autocomplaciente, la vida burguesa aparentemente feliz, la sociabilidad. ¿Acaso Natalia Ponce representaba lo que él odia y a la vez desea? ¿Al no poder acceder a ella quiso dañarla?

No hay justificación. Jonathan cometió un crimen abominable contra una persona inocente que no tenía por qué estar obligada a aceptarlo. Yo también rechacé a Jonathan varias veces. Hace dos meses tuve que hacerlo de nuevo. Últimamente, cuando estaba con él, sentía una energía pesada, una depresión al cuadrado, y por eso concluí que no me convenía volver a verlo. Aunque me parecía interesante conocer a alguien como él, yo sentía que debía mantenerme alejado. Una vez me soltó una frase en tono agresivo que me dejó pensando: “Si yo fuera asesino en serie, lo mataría a usted, porque es un gordo narcisista y egocéntrico”. En seguida se echó a reír y dijo que era una broma. Ese fue el único comentario hostil que sentí como un ataque personal.

Soy testigo de que Jonathan Vega es un hombre enfermo. Un par de veces me dijo que lo atormentaban voces. En una ocasión me dijo que las voces que escuchaba le decían que no querían que fuera un hombre feliz, y que por eso debía vencer a los fuertes demonios que lo atormentaban.

No sé cuál es su grado de esquizofrenia, pero es claro que su condición influyó en su nefasta decisión. No estaba recibiendo un tratamiento adecuado. A pesar de vivir en el norte de la ciudad y tener ciertos privilegios seguramente no tenía los recursos suficientes para eso. Jonathan vivía solo con la abuela, una señora de avanzada edad que debió asumir el peso de su enfermedad, al parecer, su madre lo dejó a temprana edad para irse a Los Ángeles, no conoció a su padre y su hermano estudia en Argentina. La soledad excesiva es otro elemento de su tragedia.

Los jueces y los médicos determinarán cuál será la pena para el ‘Monstruo del Batán’. Jonathan pasará varios años en la cárcel o quizá será internado de por vida en un hospital psiquiátrico. Por supuesto, debe pagar por su crimen. Algunos considerarán que se hizo justicia y otros que no.

Este acto de violencia extrema no se debería ver como un suceso aislado de los problemas que nos aquejan como sociedad. Colombia, ya lo sabemos, no es un paraíso, es un país con el porvenir cerrado para muchos. Si no superamos el estado de inequidad, la ley del más fuerte, la violencia prevalecerá. Y mientras el negocio de la salud esté por encima del bienestar colectivo, enfermos mentales como Vega seguirán representando un peligro. 

*Juan Sebastián Lozano es periodista y columnista. En la actualidad escribe en la revista ‘Cartel urbano’.
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