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| 7/19/1982 12:00:00 AM

NEGRO DOMIMGO 13

Historia completa, hora por hora, de un episodio que conmovió al país

Seis y veinte de la mañana. Ernesto Correal no se levantaba tan temprano en un domingo desde dos meses atrás. Pero tenía una cita en el parque del barrio a las siete: era día de excursión.
Se sintió raro ante el espejo, al afeitarse; todavía no se acostumbraba a la ausencia del bigote. Se lo había quitado tres semanas antes. Pero no tuvo tiempo de meditarlo mucho; toda su familia --dos nihos y su esposa- estaba en movimiento.
No regresarían completos.
Exactamente media hora más tarde, la dueña de la tienda del barrio, doña Aleja, cruzaba la carrera treinta. No miró a la izquierda. Y no vió, por tanto, el gran Ford 71 que por evitar cogerla, se volcó.
Ernesto estaba en ese momento en el Parque La Fragua, a cuatro cuadras de la avenida. Lo rodeaban los veinticuatro niños del grupo 17 que lo acompañarían. Alguien llevó la noticia del accidente. Los "scouts corrieron y encontraron el Ford con las ruedas todavía girando. A doña Aleja no le había pasado nada.
Ernesto Correal y Ricardo Valenzuela, jefes del grupo, abrieron la puerta del carro volcado. Luego, con ayuda de los niños, sacaron a dos personas heridas.
Pero mientras llegó la ambulancia y se restableció el trafico, perdieron una hora. "Se está haciendo tarde" comentó Ernesto. Y en ese momento su amigo Ricardo pensó --aunque no lo dijo-- que el día empezaba mal.
Con 20 años, Ricardo Valenzuela es el jefe oficial del grupo 17. Ernesto -el señor Correal, como le decían todos- era presidente del grupo de padres "scout". Y era el único hombre mayor que participaba en todas las actividades programadas para los niños. Muchas veces era él quien las ideaba.
LA ULTIMA EXCURSION...
Se le consideraba una especia de "jefe ad honorem" de los 300 niños del grupo 17. Pero su última excursión la hizo sin ellos, dos meses atrás.
Se fue a pie hasta la laguna de Pedro Palo, acompañado solamente por Ricardo y Rafael Valenzuela, otro hermano del jefe de grupo.
Ese día comentó que deberían repetir ese paseo, pero con los niños. Hicieron planes. Hablaron de la posibilidad de salir a pie hasta Villeta por un antiguo camino colonial. Pero no concretaron una fecha.
Ocho días antes del 13 de junio decidieron, sin embargo, hacer una excursiónn corta por los cerros. Ni siquiera la inauguración del Mundial, en esa fecha, los detuvo.
Se reunieron, como siempre, en las casetas prefabricadas del colegio Santo Cura de Ars, frente al parque del barrio. Pensaron que era necesario ponerle cercas al colegio, que les ha servido como sede durante 17 años. Comentaron que el cura de La Fragua ya está un poco viejo, y no puede tomar decisiones como esa. Luego hicieron una fogata en el prado interior de la escuela, que da a la calle 15 sur. Y no volvieron a reunirse, hasta las seis y cincuenta de 17 nañana del domingo trece.
... Y LA ULTIMA FOGATA
El grupo "scout" 17 acababa de cumplir, curiosamente, 17 años. Los hermanos Valenzuela Obando, que acompañaron a Ernesto Correal en la excursión fatal, habían formado parte de él desde el año de su fundación. Y ahora ambos ocupaban los puestos más altos del grupo: jefe y subjefe de tropa.
"Don Ernesto" --tal como le decían ellos dos-- los había conocido tres años atrás, cuando su hijo mayor Orlando había entrado al grupo 17.
Correal se convirtió pronto en líder del grupo de padres de familia "scouts".
Correal llegó al barrio La Fragua hace diez años. Arrendó una casa en la carrera 3 1, y siguió trabajando, anónimamente, como técnico de mantenimiento en la planta de IBM. Cuatro años más tarde empezó a independizarse; hacía trabajos de reparación de máquinas en su tiempo libre, y poco a poco instaló un taller en el segundo piso.
Compró la casa, abandonó el empleo y consolidó el taller; casi simultáneamente entró al grupo 17 y conoció a los hermanos Valenzuela, que viven a dos cuadras de su casa. Cumplía 43 años.
Ricardo fue el que más se acercó a él. Lo hizo participar en los cursos de adiestramiento para instructores. "Don Ernesto --le dijo en la última reunión, el cinco de junio-- usted es el que me tiene que reemplazar, porque yo ya no tengo tiempo para los niños". Ricardo Valenzuela divide su tiempo entre su trabajo en el Banco del Comercio y sus estudios de diplomacia en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Ernesto tenía, en cambio, cada vez más ánimo. Las fiestas de recolección de fondos se hacían en su casa. Los programas de recreación en el parque eran manejados por él. Pero, en realidad, quien estaba detrás de ese dinamismo era su esposa Beatriz. Fue ella quien tuvo la idea de convertir a su hijo Orlando en "scout". Y, detrás de él, había llegado al cargo de responsable de los niños más pequeños, en las excursiones.
Y, en ese carácter, se colocó el pañuelo amarillo sobre la blusa azul, antes de salir llevando de la mano a su hijo, ese domingo trece de junio.
AL AIRE LIBRE
A las ocho de la mañana había terminado el lío del accidente. Los 24 niños, las tres madres de familia y los tres jefes de tropa llenaron por completo un bus de la ruta Salitre-Modelia que los llevó hasta el Parque Nacional.
Había un sol suave. Era un buen día. "Se hizo tarde", pensó Ricardo Valenzuela, cuando llegaron a la entrada de la carrera quinta, justo antes del camino que lleva a la estación retransmisora de "El Cable", un cerro imponente que sigue a Monserrate, hacia el norte.
Tres horas más tarde, pasadas las doce, llegaron al "bosque de los pinos", detrás del cerro. Tras el almuerzo, Ricardo, Iván y Ernesto organizaron una pequeña ceremonia. Se trataba de condecorar a los niños según su antiguedad en el grupo. Sacaron las estrellas y pequeñas insignias que había comprado Ernesto semanas atrás en un almacén de confecciones militares.
A las dos, Ricardo se adelantó, solo, dos kilómetros hacia el norte. Y le pareció que el terreno era más suave para los niños.
Regresó y ordenó la marcha. Empezaron a bajar por el punto donde Ricardo detuvo su exploración.
Estaban retrasados. La idea de Ricardo e Iván era estar de regreso a las cuatro. Esa hora ya había pasado y aún estaban lejos.
Fue entonces, a doscientos metros de la primera calle de la ciudad, cuando Iván Valenzuela se separó del grupo. Los niños se había disgregado un poco; casi que marchaban en dos grupos. Atrás, cerrando la formación y acompañado por un "scout" mongólico que forma parte del grupo 17, iba Ernesto Correal.

EL ENCUENTRO
José Gabriel Orjuela, Orlando Reyes y Luis Gutiérrez conformaban una melancólica banda de asaltantes. Muchas veces perdieron domingos enteros en el monte, sin que apareciera nadie a quien robar. Y su máximo botín --algunas joyas-- apenas les produjo 2.500 pesos. Ese domingo esperaban desde las dos y media de la tarde.
Pasadas las cuatro, Iván Valenzuela se separó del grupo. Trataba de llegar a tiempo a un curso "scout" en la ciudad. Bajó trotando. Si hubiera corrido un poco más, habría chocado con José Gabriel Orjuela, que súbitamente lo encañonó.
Cuando sintió llegar al resto de la tropa, Iván con los brazos en alto, trató de hacerles señas con las manos. "Aléjense", pensaba con fuerza. Pero nadie le entendió.
Tres hombres, un revólver, un cuchillo y un machete fueron suficientes para dominar a los 24 niños y a los seis adultos.
Orjuela dominó a Iván; lo hizo recostar contra una piedra, retrocedió y esperó a que fueran llegando, uno a uno, los niños y los otros dos jefes de tropa.
Luego aparecieron Orlando Reyes y Luis Gutiérrez. Lenta, metódicamente, fueron despojando a los que llegaban. El último fue Ernesto Correal, acompañado de su esposa, su hijo y el "scout" mongólico.
Entonces se produjo el estallido de violencia. Orjuela le pidió a Mónica Sarmiento, prima de los Valenzuela, que le entregara una cadena que llevaba al cuello. La niña de trece años, intentó obedecer, pero los dedos le temblaban. La cadena cayó al suelo. Orjuela la encañonó. "Usted la quiere esconder" le gritó, y trató de golpearla. Entonces, Ernesto Correal, que estaba a sus espaldas, lo cogió por un brazo. Y Reyes, el asaltante más joven, hirió con su machete a Correal. Ernesto cayó al suelo, de espaldas. Orjuela, sin titubear, le disparó dos veces; una al pecho y otra a la sien.
En ese momento, toda la tropa se desbandó. Ricardo Valenzuela se enfrentó a Reyes y fue herido profundamente en la axila izquierda.
Luego de que los hermanos Valenzuela vieron que Ernesto Correal estaba muerto, fueron a buscar ayuda para Ricardo. Solo el "scout" mongólico se quedó al lado del cadáver. Se quedó largo rato, hasta que los niños consiguieron hacerse creer de los transéuntes, y se llamó a la policía.
PETIT COMITE""
Orjuela, Reyes y Gutiérrez se fueron, entretanto, hasta la casa del primero, a cinco cuadras del lugar del crimen, en la calle 66. Allí tuvieron una pequeña discusión. Concluyeron, finalmente, que ninguno hablaría sobre los demás, y se repartieron las pocas cosas que habían obtenido.
Reyes entregó sus ropas a la mujer de Orjuela, Cecilia Moreno. Esa noche, entre los árboles, Cecilia quemó las "sudaderas" que los dos llevaban durante el asalto.
Ese detalle los perdió.
Al día siguiente, el país amaneció indignado. Los barrios nororientales sufrieron intensas batidas. Un periódico ofreció cien mil pesos de recompensa por "los asesinos". El presidente Turbay envió un mensaje de condolencia a la viuda y ofreció una condecoración póstuma. Ministros y coroneles se pronunciaron sobre la inseguridad.
Los noticieros y los vespertinos tomaron el asesinato como cosa personal. Y la secretaria nacional de la organización "scout", que agrupa a cincuenta mil personas, dijo amargamente: "Diez años buscando prensa, de repente la tuvimos toda"
Los restos de las sudaderas quemadas y la colaboración de los vecinos permitieron al F-2 identificar rápidamente a los tres muchachos. Uno de ellos, Orlando Reyes, fue arrestado en su casa, también a menos de un kilómetro de la calle 71. El otro, Luis Gutiérrez, cayó en su casa del barrio Santafé, con varios de los objetos robados y el revólver en su poder.
Hasta el cierre de esta edición, José Gabriel Orjuela, el asesino, no había sido capturado.
Un vespertino confundió los nombres de los arrestados, y los llamó "degenerados asesinos". Rápidas encuestas de prensa produjeron un inquietante consenso alrededor de la "necesidad" de la pena de muerte, y el grupo MAS resurgió, condenando a muerte a los asaltantes.
La policía, en un hecho sin precedentes, organizó ruedas de prensa con los dos detenidos. Sus rostros, sus nombres y sus declaraciones aparecieron en radio, prensa y T.V. durante toda la semana.
Pero el barrio La Fragua no vio trastornada su tranquilidad de clase media. Apenas se ven dos carteles mortuorios en la casa de Ernesto Correal. Y la huella de lo que sucedió sólo se nota en la mirada solidaria de los vecinos hacia Ricardo Valenzuela cuando recorre el parque, examina las cenizas de las fogatas y mira a lo lejos, con su brazo en cabestrillo, como tratando de exorcizar los recuerdos.
No ha podido.
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