Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/10/06 00:00

No estaba muerto...

A pesar de las reformas y de las múltiples campañas para erradicarlo, el clientelismo, vieja forma de hacer política, se resiste a desaparecer.

Hace 45 años en la política reinaban el bipartidismo y el clientelismo. El primero murió, pero al segundo no lo desterrierran ni los años, ni la crítica, ni las reformas. Sigue siendo el rey.

Un fantasma recorre los municipios de Colombia en los que habrá elecciones el próximo 28 de octubre: el clientelismo. Aunque durante años se han hecho múltiples reformas en las reglas de juego y en la mecánica electoral para combatirlo y erradicarlo, hay viejas costumbres que se resisten a morir. Ya no existen los caciques que llevaban de la mano a los votantes y les suministraban las papeletas impresas por su propia campaña. Pero con tarjetón y todo, con prohibición de pregoneros y con sanciones drásticas para quienes afectan el ejercicio libre del voto, el clientelismo vive.

Hay muchos factores que lo alimentan. Como, por ejemplo, una arraigada cultura según la cual "hay que lograr algo por el voto". Y ante los electores que demandan 'algo', los candidatos ofrecen lo que pueden: promesas, almuerzos, ventiladores, o dinero. Es evidente que en Colombia la pobreza y la falta de educación en los valores de la democracia son condiciones objetivas que permiten que un grueso de la población crea que de eso se trata la política. Y hay que agregar la evidencia contundente de que intercambiar votos por favores resulta rentable: competir a punta de voto de opinión contra las maquinarias es muy difícil. Sobre todo cuando no hay partidos fuertes y definidos ideológicamente.

Es probable que el porcentaje de sufragantes que actúa por un interés directo haya disminuido con el tiempo. En especial en los grandes centros urbanos. Y tampoco se puede descalificar, como clientelismo nocivo, cualquier vínculo directo entre los candidatos y los electores. Pero hay muchas señales de que miles de electores no se movilizan por las propuestas de los candidatos, por la fe en un partido o por la atracción de una figura. SEMANA reproduce tres experiencias concretas, en diferentes lugares del país, que revelan ejemplos de conductas clientelistas del actual proceso electoral.

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