Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1989/06/19 00:00

NO HAY PEOR SORDO...

Doce años después de sus crimenes, condenados los sordomudos que asesinaron a ocho taxistas.

NO HAY PEOR SORDO...

Todo estaba listo para la boda.
Mercedes Beltrán y Vicente Castíblanco Saldaña se iban a casar ese domingo 14 de agosto de 1977 a las 11 de la mañana. Pero al contrario de lo que hacen todas las parejas en la víspera del matrímonío, ellos salieron con su amigo, Luis Augusto Churchill a conseguir la plata para la luna de miel. Y cuando se disponían a abordar un taxi a la una de la mañana, al frente de la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes de Chapinero, les cayó la policía y los cogió presos.

No dijeron ni una sola palabra. Sabían por qué los buscaban. Eran los tres integrantes de una banda de sordomudos que durante el ultimo año se había dedicado a estrangular taxistas. Los mismos que 12 años despues, el pasado miércoles, fueron hallados culpables de haber asesinado a,por lo menos,cuatro de los ocho conductores de taxi que aparecieron ahorcados y despojados de todas sus pertenencias, cuyas muertes estremecieron a los bogotanos en el año de 1977.

La amistad de los sordomudos se había iniciado cuando Ana Mercedes y Luis Augusto Churchíll se conocieron en un instituto especializado para este tipo de personas. Después de algun tiempo, Churchill le presentó a Vicente Castiblanco, quien se convertiría a la postre en el tercer integrante de la banda de mudos. Aun cuando Mercedes trabajaba en una fabrica de medias y Vicente en "Volmo", decidieron abandonar sus puestos y los tres se dedicaron a cuidar quintas en la sabana. De Churchill lo único que se sabía era que había sido latonero y que su nombre se lo dio un pastor gringo,que lo recogio cuando él era pequeño y que le había ensenado a comunícarse por señas pero con base en el ídíoma inglés. Mercedes y Vicente rápídamente se enamoraron y termínaron viviendo juntos en una habitacion de las Residencias Jamaica, ubicadas en la carrera 9a. entre calles 7a. y 8a, mientras que Churchill habitaba el cuarto contiguo. Tan pronto comenzo el romance entre Mercedes y Vícente, los sordomudos empezaron a andar para arriba y para abajo juntos y tenían como sitio de reunion una cafetería llamada El Dorado, ubicada en la calle 8 a con carrera 10a. Allí, casi siempre "hablaban" de lo que irían a hacer en el futuro y un buen día Vicente les conto que él odiaba a los taxistas porque un familiar muy cercano había muerto arrollado por uno de ellos. A partir de ese momento se comenzo a diseñar toda una estrategia que combinaba el resentimiento, la necesidad de sobrevivir y la busqueda de dinero para la boda, que ya estaba dentro de los planes de los tres. El blanco escogido fueron los taxistas.

Dos meses antes de ser capturados habían cometido su gran error. Los sordomudos abandonaron a una de sus víctimas, el taxista Oscar Hernán Laverde, cuando éste se desmayó luego de que intentaron estrangularlo. El taxista había logrado interponer su mano entre la soga y el cuello en el momento en que fue atacado y sus victimarios lo dieron por muerto. A la postre, el sobreviviente se convertiría en la persona que identifico a quienes, hasta ese momento, se tenían como extraños sicópatas. Como los asaltantes mudos le habían pasado una improvisada tarjeta con una direccion en el barrio San Blas, el conductor supo que eran sordomudos, y como para ese momento ya se hablaba de los estranguladores que se habían convertido en el terror de los taxistas, la voz de alerta y la descripcion de los homicidas se rego como polvora entre el gremio.

Y fueron los propios taxistas los que se propusieron encontrar a los sordomudos asesinos. En combinacion con agentes del F-2 y de la Policía montaban guardias voluntarias y tendían anzuelos que, varias veces, fueron burlados por los atracadores mudos. Pero en la víspera de la boda el operatívo denominado "sin palabras" resulto exitoso. Tanto que, cuando las autoridades ubícaron las Resídencías Jamaíca, sítio en donde vivían los tres sordomudos, encontraron prácticamente todo lo que necesitaban: relojes y anillos de algunas de las víctimas, adornos de sus carros, tarjetas escritas a mano con diferentes direcciones y, como sí fuera poco, sogas y cuerdas de nylon de todos los tamaños, lo que en el buen romance de los abogados se conoce como el cuerpo del delíto.

Aunque cualquíera de los objetos encontrados, pertenecíentes a los taxistas muertos, pudiera tener una coartada perfecta, los investigadores descubrieron la que podría ser la prueba contundente. El vestido de Guillermo Sastre Nieto, el taxista asesinado un día antes de la captura de los sordomudos;era el que se íba a estrenar el padre de la novia el día que la entregaría a su prometido en el altar. Esto, sumado al hecho de que una de las viudas de los taxistas reconocio como de su esposo la chaqueta con la que aparecía Churchill en la foto después de la detencion, y agregado el hecho de la prueba de ídentificacion realizada por el taxista sobreviviente, se convirtio prácticamente en la evidencia que demostraría la culpabilidad de los sordomudos.

El problema venía por otro lado.
En prímer lugar, a los sordomudos se les inicio un juicio por concierto para dilinquir, figura jurídica que la mayoría de las veces ha sido aplicada a la subversion, y como el país en esa época se encontraba bajo estado de sitio, el caso lo asumio la Justicia Penal Militar. El consejo verbal de guerra duró dos años, al cabo de los cuales fueron condenados a 144 años de cárcel, es decir, 48 para cada uno. Los tres sordomudos fueron juzgados por los delitos de asociacion para delinquir, asesinato y robo agravado contra los taxistas Juan Alfonso Garcia Garzón, Pedro Pablo Moreno Sarmiento, César Rodríguez y Guillermo Sastre Nieto, ocurridos entre el 10 de junio y el 13 de agosto de 1977.

A pesar de que la justicia habría podído cantar victoria porque tenía detenídos a los culpables, contaba con testigos que los identificaban y poseía las pruebas y los indicios suficientes para comprometerlos, el caso de los sordomudos resultó más accidentado de lo que se esperaba. Tres años después del fallo de la corte marcial, el Tribunal Superior Militar declaro la nulidad de la sentencia, por considerar que el proceso contra los mudos atracadores le correspondía a la justicia ordinaria. En 1984, antes que se realizara la primera audiencia publica del nuevo proceso que se había iniciado en el Juzgado 20 Superior, los abogados defensores de oficio, Héctor Táutiva Centuche y Fernado Arboleda Ripoll, renunciaron con el argumento de que un caso complicado como ese merecía una dedicacion de tiempo completo.

El caso sí era complicado. Unos sordomudos que escasamente se lograban comunicar entre ellos, con una version particular del alfabeto para mudos, entre otras cosas porque dos de ellos son prácticamente analfabetos. Todos tres con la apariencia del retardo mental que en la mayoría de los casos caracteriza a los sordomudos y que tenían un modus operandi que hacía pensar que se trataba de sicopatas y no de atracadores comunes, no pintaban para nada un juicio normal. De acuerdo con las investigaciones, las víctimas eran ahorcadas por el que se hacía en la parte trasera del taxi; el que se hacía adelante le daba golpes en el abdomen, y la tercera persona, en muchos de los asesinatos, marcaba en la cara a la víctima con un objeto cortopunzante. Al contrario de la mayoría de atracadores de taxistas de la epoca, para quienes lo más importante era el producido del día, el taxímetro y el radio, para los sordomudos su botín consistia en los adornos del carro, la ropa del conductor, su reloj, su anillo y el dinero. Estas características, atípicas en el robo contra los taxistas, significaban para las autoridades que quienes cometían estos delitos debian tener algún grado de perturbación mental.

Como dijeron los abogados que renunciaron, el caso requería de una dedicacion de tiempo completo y esto fue precisamente lo que hizo la delegada de la Procuraduria, o fiscal 20 superior, abogada Lina María Rodríguez Martínez. Con un estricto sentido de profesionalismo, y asumiendo con todo el rigor su papel de representante de la sociedad, se dedico a investigar qué tipo de antecedentes historicos existían en caso de sordomudos criminales. Rastreo los archivos de los juzgados nacionales y escribio cartas a Estados Unidos, Japón y varios países de Europa y Latinoamérica, pidiendo informacion sobre el tratamiento judicial que se da a los sordomudos. Se propuso estudiar cuanto libro existía en el país sobre el mundo de los que no oyen, hizo contacto con casi todas las entidades de sordomudos que funcionan en Colombia y pidio consejo a varios sicologos, siquiatras o terapeutas expertos en el tratamiento de este tipo de personas, con el fin de establecer "hasta que punto un sordomudo puede ser un sicópata".

Esta disyuntiva se convirtio practicamente en el motor del juicio. Los abogados defensores consideraron que los sordomudos no gozaban de todas las facultades mentales y que por lo tanto merecían un tratamiento especial. Sin embargo, la fiscal argumento que, de acuerdo con jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia, tanto las personas que actuan consciente y voluntariamente como las que lo hacen en condiciones de enajenación son responsables ante la ley. Además, las pruebas realizadas por los siquiatras forenses de Medicina Legal indicaron que ninguno de los tres individuos tenía un nivel mental inferior al del promedio de la población y que en el momento de cometer los crímenes actuaron en pleno uso de sus facultades.

Los argumentos jurídicos y los dictámenes médicos hicieron del juicio un caso sui generis. No solo despertó la pasion de la fiscalía sino que, como casi nunca sucede, los jurados de conciencia asumieron cabalmente su papel. Un ingeniero, un médico y un odontólogo, que segun la fiscal constituyeron uno de los jurados más calificados que se pueden conseguir, se metieron tanto en el proceso que nunca dejaron de asistir a las audiencias.
Y a pesar de que este juicio tomo 12 años para producir un veredicto y conto con toda clase de tropiezos, entre los que se incluían la dificultad de comunicacion en las audiencias, los aplazamientos debido a la inasistencia de los interpretes o a las peticiones de nuevas pruebas, el caso de los sordomudos se convírtio en uno de los procesos en donde más se ha puesto a prueba la capacidad de la justicia colombiana. No solo en materia de jurisprudencia, sino en intensidad de trabajo. Y a pesar de que se afirma que llega aunque cojea, tambien se puede afirmar que se hacen oír hasta de los sordos.-

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