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| 11/12/2010 12:00:00 AM

"No hemos sabido digerir Armero, Armenia, Popayán y otras tragedias"

El periodista Juan David Correa cuenta cómo reconstruyó en su libro 'El barro y el silencio' la historia de sus abuelos, quienes murieron en la tragedia de Armero.

El novelista y periodista Juan David Correa lanza El barro y el silencio, una crónica de largo aliento que intenta reconstruir los hechos ocurridos el 13 de noviembre de 1985 en Armero, donde murieron sus abuelos.

Testimonios, documentos y una dolorosa conversación con su madre componen este relato de no-ficción en el que el silencio y los recuerdos se cruzan para lograr un relato en donde se dignifica esta tragedia.

Semana.com: ¿Cómo surgió la idea de hacer esta gran crónica? El libro comenzó como la idea de una novela, pero fue cambiando. ¿Por qué se dio esta transformación?

Juan David Correa: En la presentación del libro surgió la misma pregunta. Aquí el problema no es de pensar que un género es más importante que el otro, sino de cómo cada escritor encuentra las estrategias y la voz de su relato. La ficción que había comenzado hace años se empantanó por una razón: cuando comencé a imaginar los personajes, a construir un conflicto en torno a ellos, me parecía que, de alguna manera, estaba falseando una historia muy dolorosa para mi familia.

Intenté navegar por las páginas de una novela que a su vez salió de un primer cuento incluido en el libro. Sin embargo, el tono no me salía, sentía que algo me molestaba profundamente. Yo soy un lector de no-ficción y alguien que escribe, que cree que los géneros son híbridos, y por eso admiro tanto el periodismo norteamericano, como a los buenos cronistas colombianos. Así que decidí que debía enfrentar la idea del libro sin buscar aguas arriba. Así, dejé atrás la novela y comencé a pensar cómo sería un texto sobre mi familia, con sus nombres propios, con sus dolores y todo lo que ello implicaba.

Y resulta que descubrí, la primera vez que me senté a hablar con mi mamá, de manera sistemática y pidiéndole que buscáramos una distancia en donde ella me concediera el papel de periodista, y yo a ella el de entrevistada, que los dos nos debíamos una conversación aplazada. Que yo le debía este libro y me lo debía a mí, y a ella, y a la gente que quiero, tan solo para tratar de comprender.

Semana.com: ¿Cómo se da el paso de contar una tragedia tan personal a hacer algo que da cuenta de un momento del país? ¿Qué testimonios se recogieron? ¿Qué otros procesos de investigación hubo?

J.D.C.: El libro se hizo como se hace el periodismo. Yo no quería solo el testimonio de mi mamá, pero tampoco aspiraba a hacer el gran reportaje de investigación sobre Armero. Digamos, en gracia de discusión sobre los géneros, que la crónica permite una voz más personal dentro del periodismo. Eso no implica, no obstante, que sea mero impresionismo. Yo trabajé buscando lo que había escrito para revistas como Cromos, Semana o el diario El Espectador, y puse en orden ese material.
 
Después hice un mapa de quiénes podrían aparecer en el libro, buscando las voces de diversas generaciones y de distintos momentos del pueblo. Hablé con mi tío sobre la llegada de mis abuelos a Armero en 1948; con César Murad, un hijo de emigrantes libaneses que nació en los años 30 en Armero; con María Eugenia Caldas, sobre su tragedia personal, antes y después del 13 de noviembre, y con Francisco González, una de las pocas personas que han trabajado silenciosamente durante años buscando la memoria del pueblo a través de exposiciones y propuestas plásticas.

El libro comenzó entonces a configurar un pequeño caleidoscopio de miradas a ese 13 de noviembre en que todo se acabó. Sin embargo, yo tenía la prevención de cómo iba a contar esa noche desde adentro. Y ocurrió lo que no esperaba: encontré la voz de espléndido narrador, el médico Juan Antonio Gaitán, que ha guardado a buen recaudo esa demoledora noche en la cual, entre otras cosas, se quedó con el brazo de su papá en las manos, perdió a su mamá, a sus seres más queridos, y a su esposa, una alemana que jamás había venido a Colombia y que estaba a punto de dar a luz cuando la tragedia ocurrió.

Paralelamente a ese proceso, leí todo lo que pude sobre Armero. Hay que decir que no hay una bibliografía sistematizada sobre el tema. Hice investigación en periódicos sobre las noticias que aparecieron de noviembre de 1984 a 1985, después sobre la época de la Violencia. Leí libros de corte sociológico como los de Gonzalo Sánchez, Donny Merteens y María Victoria Uribe. Un puñado de libros que existen sobre Armero, entre los cuales se encuentran los de Gustavo Álvarez Gardeazábal, Germán Santamaría, Carlos Orlando Pardo, Javier Darío Restrepo y Hugo Viana Castro.

Vi muchos documentales piratas que se venden en las calles de Bogotá con las imágenes de la época, una película que no incluí en el relato, pero a la que me parece que el país cinematográfico le debe hacer justicia, que es Soplo de vida, de Luis Ospina.

Después de toda esa investigación, de meterme a ver las Noticias Historiales de Pedro Simón, sobre la avalancha del siglo XVI, armé el libro como si fuera una especie de relato largo, con las técnicas propias del periodismo y una estructura dramática que me permitiera acercarme a algo más literario, si cabe el término.

Semana.com: Teniendo en cuenta que el libro parte de una experiencia personal, ¿qué tan difícil fue encontrar el tono? ¿cómo se logra ese balance entre lo personal, lo periodístico, lo histórico y la denuncia?

J.D.C.: Creo que el tono de una crónica depende en buena medida del juego entre una primera persona, que cuenta, y unos personajes, que son los verdaderos protagonistas de la historia. Como ya lo dije, admiro profundamente el periodismo norteamericano, y creo que esa idea del libro de no-ficción es lo que quise hacer. Además, claro, corregí mucho para que no quedara un libro lastimero. Quité adjetivos, los que pude; pulí los relatos que recogí, e intenté, pero eso ya no lo juzgo yo, dar una imagen serena de ese pasado tan doloroso. Es un libro triste, pero no autocompasivo, creo yo.

Semana.com: ¿Por qué atreverse a contar este capítulo tan doloroso en la historia del país y en su historia familiar?

J.D.C.: Porque creo que es una manera de asumir mis duelos. El duelo, lo que queda, lo que no se puede decir, hay que convertirlo en memoria. Yo sentía que me debía esa historia. Que no podía pasar por alto algo con lo que había convivido desde los 10 años de edad. Saltarme eso, quizá, no me habría permitido seguir haciendo otras cosas. Además, siento que soy parte de una generación que hasta ahora está digiriendo una historia terrible, de años y años en los que lo único que hemos visto es desgracias, como si fueran parte de un paisaje natural.

Semana.com: Uno de los temas que atraviesan el libro es el silencio y la manera como los recuerdos son silenciados para que no sean tan dolorosos. ¿Cree que de alguna manera el país también ha silenciado un poco su memoria frente a Armero y a otras tragedias? ¿Se puede recuperar la memoria a través de la escritura?

J.D.C.: Yo no estoy seguro de que la memoria tenga que ver solo con la escritura. Esa sería una postura algo arrogante. La memoria está en otras formas del conocimiento. Y quizá, el lenguaje no basta para dar cuenta del horror. Siempre pienso en Primo Levy cuando decía que su tarea de escribir el padecimiento y la maldad en los campos de concentración nazis había fracasado porque el lenguaje, a veces, es insuficiente. De todos modos, creo que escribir es pelear en contra del olvido. En cuanto a si el país ha olvidado, yo creo que nuestra realidad es tan apabullante, que no ha habido cómo digerir Armero, Armenia, Popayán, o las tragedias que inundan a diario el país.

Una de las funciones clave del periodismo es ser eso, precisamente, una historia del presente. Cuando yo leí los archivos de prensa sobre Armero, antes y después, agradecí saber que, aunque en muchos casos había informaciones erradas, nunca malintencionadas, ahí estaban las fichas de un rompecabezas que estaba por armar. La idea de este libro es solo reunir un puñado de fuentes, y de entrevistas, para insistir en que Armero fue una tragedia anunciada a la que, como suele ocurrir a diario en este país, no muchos le prestaron atención.
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